Aunque la nueva Ley Celíaca obliga a las tiendas a disponer los productos gluten free en góndolas especiales para ayudar a su identificación, el empresario advierte que la medida terminará aislándolos de sus principales competidores. “Hemos crecido a tasas de entre 30% y 40% durante los últimos cinco o seis años porque, en el fondo, no solo nos eligen las personas celíacas”, comenta.

Mizos nació hace 13 años de la mano de Gonzalo Aspillaga, en un garaje. Ahí comenzó a hornear —literalmente— sus primeros productos: galletas de arroz que, más de una década después, permitieron a la empresa pasar de siete a cien trabajadores, levantar su propia fábrica y consolidar una marca que hoy crece a tasas de dos dígitos.

Justo cuando la compañía comenzaba su consolidación, tras ingresar a grandes cadenas de supermercados y acelerar su expansión, Aspillaga se encontró con Cristóbal Yuraszeck —hijo del empresario José Yuraszeck—, quien buscaba abrirse camino fuera de las empresas familiares. Mizos encajaba perfecto. En 2019 se sumó oficialmente al proyecto.

La sociedad ha sido virtuosa. De ser una pyme, la compañía se ha consolidado como un actor reconocido en el segmento de alimentación saludable. Galletas, granolas, cereales, barras de proteína y snacks salados forman parte de las cinco líneas de negocio que manejan desde Santiago, con headquarters ubicados en la Ruta 5 Norte.

La espiga de la discordia

En la planta de la empresa, ubicada en Quilicura, todas las materias primas cuentan con una certificación especial: son libres de gluten. Esto, pese a que solo cerca del 20% de los consumidores corresponde a personas celíacas. Yuraszeck explica que, aunque un producto libre de gluten no necesariamente es sinónimo de saludable, cada vez más consumidores han incorporado este tipo de alimentos a su dieta habitual.

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El mercado crece a pasos agigantados. Un reporte de la consultora Valuates Reports estima que, hacia 2027, esta industria moverá alrededor de US$ 7.500 millones. Algunos productos de Mizos, como sus galletas de arroz bañadas en chocolate —gluten free, por supuesto—, registran crecimientos de ventas cercanos al 40%.

Por eso Yuraszeck sigue con atención la implementación de la Ley Celíaca. Tras diversas modificaciones, la normativa implicará que, desde marzo de 2027, todos los productos certificados con la “espiga” tachada —el símbolo que identifica a los alimentos libres de gluten— deberán exhibirse separados de aquellos que sí contienen este ingrediente.

El artículo 2° de la ley obliga a todo tipo de comercios a disponer los productos gluten free en góndolas especiales. Aunque el empresario reconoce que el espíritu original de la norma era facilitar la identificación de estos alimentos para las personas celíacas, advierte que la medida terminará aislándolos de sus principales competidores: los productos tradicionales con gluten.

“Al final se va a reducir la oferta, porque lo que nos están diciendo los supermercados es que, al tener que separar estas góndolas para cumplir la ley, el espacio destinado a productos certificados como libres de gluten será mucho más acotado. Además, la disposición nos saca de la competencia en las categorías donde operamos”, explica.

Certificar o no certificar

En Chile, las empresas deben autogestionar la certificación libre de gluten. Para ello realizan trazabilidad y estudios de laboratorio que acrediten ante sus clientes —como supermercados y retailers— que tanto las líneas de producción como los insumos utilizados están libres de gluten.

Yuraszeck sostiene que la ley podría terminar atentando contra el objetivo de ampliar el acceso de las personas celíacas a este tipo de productos y facilitar su identificación en supermercados. “La alternativa que tenemos las empresas, para poder seguir compitiendo en los mismos espacios donde están los alimentos que vendemos, es simplemente sacar el logo de libre de gluten”, afirma.

El socio de Mizos explica que, para que el negocio sea sostenible, sus productos deben convivir en las mismas góndolas que aquellos con los que compiten directamente. Eso permite, por ejemplo, que un consumidor compare y eventualmente elija un cereal sin gluten frente a uno tradicional. Todo dentro del mismo espacio.

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Y es que en el retail la ubicación puede significarlo todo. La rotación de ventas suele depender de la visibilidad de un producto. Por eso, advierte, trasladar los alimentos sin gluten a espacios segregados podría tener fuertes efectos comerciales y, al mismo tiempo, significar un retroceso en la masificación de su consumo.

La propuesta

Tras advertir los efectos de la normativa, Yuraszeck comenzó conversaciones con parlamentarios y también con las principales asociaciones de celíacos del país. Asegura que la recepción ha sido positiva y que ya se exploran fórmulas para conformar una mesa de trabajo que permita corregir algunos aspectos de la implementación. La inquietud, añade, también es compartida por otros productores del segmento, la mayoría de menor escala.

¿La propuesta? Mirar modelos internacionales. En países como España o Australia existen sistemas de diferenciación mediante logos, etiquetas especiales en los precios y señaléticas visibles que identifican los productos sin gluten, pero sin exigir góndolas exclusivas.

Hemos crecido a tasas de entre 30% y 40% durante los últimos cinco o seis años porque, en el fondo, no solo nos eligen las personas celíacas”, comenta. Y agrega: “Tenemos la esperanza de que esta opinión sea escuchada, porque nadie quiere que el mercado para los celíacos se achique”.