Ernesto Mosso es el empresario tras la marca que lleva su apellido, célebre por las joyas y relojes más exclusivos del país. Más que una joyería, hoy es una boutique ligada al lujo. Y quiere ir más allá. Trajo la exclusiva tienda de Audemars Piguet a Chile y, junto con ello, trabaja en un ambicioso centro de experiencias en Vitacura. Acá lo revela.

En la entrada, un guardia de seguridad y una puerta sobria apenas dejan entrever lo que ocurre al interior. Sin embargo, las vitrinas anticipan que tras la mampara sucede algo distinto. Colores, brillo y piezas de alta joyería —anillos, collares y relojes de lujo— dominan la fachada de la casa matriz de Mosso, en Luis Pasteur, Vitacura.

Adentro, la elegancia parece un código compartido entre vendedores y clientes. Los espacios están organizados por marcas y diseñados para recibir piezas exclusivas: relojes de millones de pesos, anillos hechos a medida y colecciones limitadas. En el segundo piso, una pequeña cafetería y copas de espumante acompañan la experiencia.

“Muchos esperan toda la vida para comprarse un reloj de colección; otros lo hacen porque les gusta estar a la vanguardia. Cada uno tiene sus razones, y acá todos son bienvenidos”, dice el empresario Ernesto Mosso.

Tal como la elegancia se despliega con discreción por este lugar. Con la misma reserva se han manejado los detalles del nuevo proyecto de la firma, uno que implicará trasladar la operación a unas cuadras de distancia.

Providencia, el origen

Mosso heredó de su padre la joyería que hoy lleva su apellido, aunque se involucró en el negocio desde muy joven. Argentino, de acento marcado, construyó en Chile tanto su vida laboral como personal. Fundó formalmente la empresa a los 31 años y abrió su primera tienda en Providencia, cuando la joyería aún era un consumo reservado para una elite acotada.

Su estilo está plasmado en todos los rincones de la oficina. Una elegante chaqueta a cuadros cuelga del perchero y él viste impecable traje. De ojos azules, impone presencia. Su oficina la decoran artículos y fotos de sus otras dos pasiones, dos de acceso tan restringido como alguna vez fue la joyería: el polo y los autos de lujo.

Pero hoy, dice, el mercado del lujo cambió. Figuras como Justin Bieber, Bad Bunny o Lionel Messi han impulsado el interés por relojes de alta gama entre públicos mucho más diversos. Mosso representa en Chile marcas como Audemars Piguet —conocida como AP— cuyos modelos más codiciados se transformaron en símbolos de estatus para los más jóvenes.

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“Las nuevas generaciones ya no son tan austeras como el tatarabuelo o el abuelo que fundó una compañía”, dice Ernesto Mosso. “Y eso es natural: nacen con gran parte de los problemas resueltos. Además, hoy el chileno tiene acceso a información global. Las modas se transmiten de inmediato a través de redes sociales y de una sociedad que viaja mucho más”, agrega.

El acceso, sin embargo, no es inmediato. Para comprar ciertas piezas es necesario construir una relación de confianza con la marca. Un modelo Royal Oak —insignia de AP— puede costar desde US$50 mil, mientras que ediciones limitadas alcanzan hasta US$350 mil. Incluso teniendo el dinero, no siempre basta: algunos clientes esperan meses o años antes de recibir una oferta de compra.

Generaciones menos austeras

La masificación del acceso al consumo premium ha obligado a las marcas a replantear su relación con los clientes. Algunos buscan comprar; otros simplemente quieren vivir la experiencia.

Vinos, autos, carteras, relojes y alta gastronomía forman parte del “wishlist” de una generación que ve el lujo no solo como patrimonio, sino también como recompensa personal.

Según la Asociación de Marcas de Lujo, la industria mueve en Chile cerca de US$1.500 millones al año. De acuerdo con Statista, el segmento de joyería representará alrededor de US$85 millones en 2026, con tasas de crecimiento sostenidas cercanas al 3,4% anual. Aunque Mosso es una sociedad cerrada (que no reporta sus cifras de manera pública), informan que han experimentado un crecimiento de 25% entre los ejercicios de 2024 y 2025.

“No todos se casan o forman familias tradicionales, por lo que muchas personas tienen más holgura financiera y capacidad para consumir lujo”, afirma. Y añade: “Chile es mucho más rico que hace 40 años. Si bien hay temas pendientes, gran parte de quienes hoy tienen patrimonio lo construyeron meritocráticamente”.

Entre sus clientes, cuenta, hay empresarios, ejecutivos del sector minero, emprendedores, jóvenes aficionados a la moda y coleccionistas. Por eso, además de su emblemática tienda en Vitacura, la firma apostó por expandirse a centros comerciales como Alto Las Condes y Parque Arauco, acercando el lujo a públicos más amplios.

“Hay clientes que prefieren el lujo silencioso y otros que, después de años de trabajo y ahorro, se compran su primer reloj de colección. Y qué bueno que lo hagan. También están quienes quieren tener todos los modelos. Todos son bienvenidos”, comenta Mosso.

Relojes, joyas, café y Porsche

Con esa mirada del lujo nació uno de los proyectos más ambiciosos de Mosso: en marzo abrió, en la esquina de Nueva Costanera con Alonso de Monroy, la primera boutique de Audemars Piguet en Chile y la única de la marca en América Latina.

“Les presenté un proyecto muy optimista, casi imposible”, declara. “AP había cerrado gran parte de sus operaciones en América Latina, así que convencerlos no era fácil. Pero la propuesta era distinta: crear una especie de lounge, una house donde las personas pudieran comer, tomar algo y vivir una experiencia antes de llegar a los relojes”, relata.

Dice que pasar los filtros de la marca fue complejo. Desde las servilletas hasta los estándares de atención son supervisados cuidadosamente por la firma suiza. La relación de confianza entre Mosso y AP, explica, se construyó durante más de 25 años.

“En los años 2000 vender uno de estos relojes era muy difícil. Hoy cambió completamente: las marcas quieren saber quién es la persona que recibe la pieza”, afirma. Actualmente la empresa representa 24 marcas suizas de las casas de relojería más prestigiosas del mundo. “No entiendo la gente que usa cosas falsas, me parece rarísimo. Qué tiene de malo tener un Casio si es lo que puedas pagar”, define.

Pero el proyecto que se levanta en Nueva Costanera con Alonso de Monroy, a pasos de Alonso de Córdova, va más allá de la relojería. Ernesto Mosso busca construir un ecosistema de experiencias de lujo en torno a esa esquina. Ahí levantará Mosso House, una nueva boutique de joyería y relojería; un café de especialidad; y una exhibición dedicada exclusivamente a Porsche.

El espacio, llamado Mosso 911 Collection Club, aspira a convertirse en el mayor museo de memorabilia privado de objetos Porsche del mundo. La curatoría incluirá desde vehículos icónicos hasta artículos de colección tan pequeños como posavasos originales de la marca alemana.

Detrás de la iniciativa está también Daniel Necker, amigo de Mosso, coleccionista de Porsche y dueño de más de 12 mil artículos originales de la firma, además de una colección de vehículos.

“Estamos desarrollando el proyecto junto a un restaurante muy gourmet, con un chef de enorme reconocimiento que todavía no puedo revelar, además de una cafetería exterior”, adelanta el empresario. “La idea es que alguien pueda disfrutar un croissant, un brunch o un happy hour al lado del museo, junto a la joyería y la boutique de AP. Queremos crear un centro de experiencias”, define.

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En la sociedad también participa el empresario Boris Garafulic, mientras que Necker asumirá como gerente general del proyecto. La apertura completa está prevista para el segundo semestre de 2026.

“La primera misión es ofrecer experiencias superlativas y de alto estándar”, concluye Mosso.

Portafolio diverso

Alguna vez Mosso fue un apellido que se relacionó únicamente con la joyería. Hoy su portafolio es un variado referente del lujo en Chile.

La gama de productos Mosso se ha ampliado hacia pañuelos de seda y algunas piezas de accesorios, como carteras de cuero natural de pitón y diseñadas por el mismo Ernesto. También completa la gama con lapiceras con zafiro, billeteras de nobles materiales, y cinturones y corbatas. Todo de diseños exclusivos.

Pese al paso de los años a cargo del negocio y su expansión, Ernesto Mosso cuenta que sigue haciendo lo que le gusta: dibujar en servilletas —o en el papel que encuentre a mano— anillos y piezas cuyo diseño él mismo crea y que sus joyeros forjan a la vista en el primer piso de su casa central en Vitacura.

Linaje familiar

El componente familiar es central en la empresa Mosso. La esposa de Ernesto, Claudia, es voz en la empresa y hace 25 años apoya cada paso del negocio. Tienen cuatro hijos. La mayor, Emiliana, vive en Argentina. Y los tres que le siguen son Ernesto Mosso Larraguibel, quien trabaja en el área de Marketing de la firma; Mariana Mosso Larraguibel, quien se integró al área de ventas y Giulianna Mosso Larraguibel, quien lidera el proyecto de AP, como Boutique Manager del negocio de alta relojería.

Dice que ninguno de sus descendientes tiene obligación de continuar el legado ni tiene asegurado un cargo dentro de la empresa. Deben pasar por varias áreas hasta alcanzarlo. Y es que el retiro, admite Ernesto, no está entre sus planes. “Aún nadie está preparado para reemplazarme”, sentencia.

No se trata de una intención de omnipresencia, sino que a Ernesto Mosso le apasiona lo que hace. No deja de sumar nuevas ideas desde la creación en el año 1990 de su primer anillo a pedido, el que bautizó como Victoria. Acaba de lanzar Mosso sessions, un espacio de canales digitales para hablar de automovilismo y de su interés por el arte, los autos, el lujo.

Su vida personal se mezcla con el interés por el deporte. Vive en Colina mucho antes que la zona se pusiera de moda y ahí tiene su campo de polo y sus caballerizas, Santa María Polo. Con orgullo en la oficina está la foto del año 2021, cuando tras reclutar al polero profesional Adolfo Cambiaso, ganaron el Alto Handicap de Chile.