La firma suiza, en alianza con Mosso, trasladó la experiencia personalizada del lujo desde el Vallée de Joux al corazón de Nueva Costanera.

En el Vallée de Joux, el valle suizo donde los inviernos eran tan crudos que sus habitantes
aprendieron a fabricar relojes para sobrevivir, nació en 1875 una manufactura que lleva el apellido
de dos familias. Ciento cincuenta años después, Audemars Piguet abre por primera vez una
boutique en Chile.
La elección de Santiago no es casual. La capital chilena se ha consolidado en los últimos años como
uno de los mercados de lujo más dinámicos de América Latina, y Avenida Nueva Costanera, con su densidad de experiencias gastronómicas y culturales, era el entorno lógico para una marca que entiende el reloj como objeto de cultura tanto como de precisión.

Un espacio que narra un origen

Con más de 150 metros cuadrados, la boutique fue concebida como una extensión del paisaje
jurasiano que vio nacer a la marca. La piedra y la madera, materiales que evocan el terreno
accidentado de Le Brassus, conviven con una arquitectura interior de líneas limpias y luz cálida. No
hay estridencia. Hay precisión, quizás la virtud más honesta de la manufactura relojera.
El resultado es un espacio que dialoga con el carácter de su barrio sin perder su identidad propia.
Los visitantes pueden explorar una selección que va desde los modelos que continúan la tradición de complejidad mecánica hasta aquellos que amplían los límites del diseño contemporáneo. La boutique se suma así a una red global de espacios propios de Audemars Piguet en ciudades como París, Londres, Nueva York, Tokio y Miami.

La alianza con Mosso

La operación local se apoya en Mosso, una de las referencias más reconocidas del lujo en
Chile. La colaboración entre ambas instituciones —una manufactura familiar suiza con siglo y
medio de historia, y una joyería con décadas de presencia en el mercado chileno— le otorga a la
boutique una doble legitimidad: la del origen y la del arraigo local.

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