Tras formarse en Stanford y dirigir operaciones de uno de los bootcamps más grandes de Estados Unidos -Coding Dojo-, Sebastián Espinosa regresó a Chile para crear Skillnest, una academia tecnológica que hoy forma talento en siete países y apuesta por la inteligencia artificial con foco social.

Cuando Sebastián Espinosa llegó a Stanford tenía 30 años y un propósito claro: impactar en Latinomérica. “Quería emprender. Quería llevar adelante lo mío. No me cuadraba mucho esto de estar moviendo una tuerquita dentro de una gigante”, dice sobre el motor interno que lo llevó a poner sus ojos en Stanford, la universidad semillero del mundo tech gracias a egresados como Larry Page y Sergey Brin (Google), Elon Musk (Tesla/SpaceX), Reid Hoffman (LinkedIn) y Jawed Karim (YouTube).

Como ingeniero comercial, Espinosa trabajaba en el mundo corporativo —Latam.com— y antes había pasado por Techo para Chile, donde su inquietud social ya estaba instalada. Pero sabía que necesitaba un salto mayor. Postuló a Stanford dos veces. La primera falló. La segunda, lo logró.

“La primera vez fue súper técnica. Tienes que estudiar para una prueba que es como estudiar para la PSU, pero más compleja, el GMAT. Pero luego no quedé. La segunda vez cambió todo: conté quién era yo. Vendí la narrativa. Tienes que venderte como se vende un gringo, y acá no estamos acostumbrados a eso. Les conté que venía armando un concurso nacional de emprendimiento escolar con CORFO, con la Universidad San Sebastián, les conté del impacto que quería hacer. Y no solo entré, sino que me dieron financiamiento”, dice sobre el comienzo de la ruta que hoy lo tiene al frente de Skillnest, una de las Edtech más relevantes a nivel regional.

Silicon Valley: inspiración y alerta

Espinosa cuenta que Stanford lo expuso a un ecosistema brutalmente competitivo y estimulante. “El clima es competitivo. Hay una cultura gringa fuerte, de networking intensivo. Tú te juntas con alguien y él está esperando algo de ti; y tú algo de él. Es bien transaccional y transparente a la vez. Para un latino la diferencia cultural se siente. Hay que tener cuero chancho, meterte”, describe.

Parte de su aprendizaje también pasó por conocer los riesgos de la burbuja tech: “Uno ve genios en cada esquina: los que estaban armando nuevas criptomonedas, doctorados en biotecnología armando startups de comida para guaguas ultra científicas. Es una incubadora tremenda. Pero también vi cómo se inflan historias. Hay gente que agarra demasiada confianza de los inversionistas, se transforman en el niño símbolo, la startup símbolo, y resulta que después no había tanto detrás. Es un mundo que empuja full, pero también es peligroso si te crees demasiado tu propia narrativa”, declara.

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En Stanford conoció a Michael Choi, fundador de Coding Dojo, uno de los pioneros del modelo bootcamp: 14 semanas intensivas, tres lenguajes de programación y salida directa al mercado laboral. Un nuevo modelo de formación superior.

“Era una locura. En vez de irte cinco años a la universidad, por 14 semanas casi no duermes, tomas clases en un galpón, aprendes con profesores en línea Python, Java y JavaScript, y te gradúas listo para encontrar pega. Me encantó el modelo. Sentí que eso era lo que quería traer a Latam”, recuerda.

Se quedó tres años más en Estados Unidos. Dirigió operaciones en California, fue parte del equipo directivo y recibió acciones. Vio cómo la empresa facturaba cerca de US$25 millones y luego se vendía por alrededor de US$70 millones. Le tocó capitalizar.

Pero su idea de regresar a Latinoamérica seguía intacta:

“Siempre tuve la idea de volver. Cuando llegó la pandemia y todo se volvió online, dije: este es el momento. Necesito menos capital para empezar en Chile y ya sé cómo funciona el modelo”.

El regreso y la reinvención

Volvió a fines de 2019. Partió con un proyecto Sence cercano a los $100 millones y armó Coding Dojo Latam como franquicia. El primer año formó entre 300 y 400 personas.

Pero rápidamente entendió que el modelo estadounidense no funcionaba igual en Chile: “Allá la gente pagaba 4.000 o 5.000 dólares por un bootcamp. Acá no. La mayoría no puede pagar eso, menos si está desempleado. Entonces tuve que rearmar el modelo. Meterme con empresas, con gobiernos, con colegios”.

Cuando la matriz de Coding Dojo fue adquirida por el conglomerado de educación estadounidense Pearson, Sebastián Espinosa tuvo que buscar su propia marca: Skillnest.

“No era solo cambiar el nombre. Era crear mi propia plataforma, mi propio contenido, mi propia tecnología. Fue correr. Estrategia con el equipo, rebranding, construir todo interno. Pero también fue natural, porque ya veníamos cambiando el modelo hacia más B2B, más impacto con empresas y gobiernos. Además, pude seguir con profesores excelentes, mexicanos por ejemplo, que Pearson no retuvo porque se concentraron en EE.UU.”, describe.

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Hoy la empresa ha formado cerca de 7.000 estudiantes, opera en siete países, facturó alrededor de US$1,5 millones en 2024 y proyecta cerca de US$1,8 millones este año. Entre sus clientes figuran BHP, Banco de Chile, BancoEstado, Accenture y Sonda.

Contra el desempleo ilustrado

Más que hablar de tecnología, Espinosa habla de impacto: “Nosotros no estamos produciendo salchichas. Estamos formando personas en una nueva habilidad. Estamos ayudando a encontrar pega. El equipo ve el cambio día a día. Eso motiva distinto”.

Cuenta que las tasas de empleabilidad de sus egresados oscilan entre 70% y 95%, según programa.

Su diagnóstico es directo: “Ha aumentado el acceso a la educación superior, pero no necesariamente a la empleabilidad. Tenemos desempleo ilustrado, más de 8%. Y con la inteligencia artificial tocándonos los talones, el problema puede empeorar. Nosotros venimos a ayudar en el upskilling, para que la gente no se quede atrás en el cambio tecnológico brutal que viene”, dice.

Parte de ese enfoque se traduce en programas financiados por empresas para terceros: mujeres en tecnología, reconversión para comunidades mineras, alfabetización digital avanzada. “Cuando una empresa me paga para formar mujeres en TI que no trabajan ahí, o para reconvertir jóvenes desempleados, eso mueve la aguja de verdad”.

MatildeX y la ética de la IA

Obsesionado con la educación, en 2024 Espinosa lanzó MatildeX -bautizado en honor a su hija-, un tutor de inteligencia artificial que no entrega respuestas, sino que guía el razonamiento. La herramienta ya se implementa en casi 20 colegios técnico-profesionales y considera un tutor gratuito para preparar la PAES de matemáticas.

“El desafío hoy es aprender a aprender. La mayoría está usando la IA como reemplazo del pensamiento: ‘hazme la tarea’. Eso no ayuda. Hay estudios que muestran que perjudica el razonamiento. Entonces diseñamos un tutor que no te da la respuesta, sino que te empuja a llegar a ella. Una especie de aprendizaje socrático”, dice sobre el método de razonamiento que usa las preguntas como respuesta ante una pregunta.

“La promesa es que cada estudiante tenga un tutor personalizado que entienda cómo aprende, que adapte los ejemplos, que mida su progreso. Pero siempre como complemento del profesor, no como reemplazo”, agrega.

Crecer sin perder el foco

Justo en tiempos en que la burbuja de la IA rentabiliza miles de millones de dólares en el mundo, Espinosa cuenta que hoy Skillnest está valorada en torno a US$7,5 millones y recién evalúa abrirse a incorporar advisors o inversionistas estratégicos. Pero Espinosa es cauteloso con la euforia del capital:

“Vi muy de cerca lo que es levantar venture capital en Silicon Valley. Es potente, pero también te puede empujar a crecer por crecer. Nosotros hemos crecido orgánicamente, administrando bien. Eso también es una decisión”, declara.

Dice que después de Stanford, Silicon Valley y la venta millonaria de Coding Dojo, su apuesta no es deslumbrar al mercado. Es algo más simple y más ambicioso a la vez: “Formar personas para que cambien su trayectoria”.