El relato de la sostenibilidad defensiva ya no es suficiente; se necesitan métricas que demuestren impacto real y gobernanzas que premien a quienes regeneran más de lo que consumen.

La próxima COP30 que tendrá lugar en Belém, Brasil, del 10 al 21 de noviembre, no será recordada por el anuncio de nuevas promesas, sino por una implementación real. En un mundo marcado por crisis entrelazadas entre sí -clima, biodiversidad, plásticos, agua y confianza-, el éxito se medirá por resultados concretos más que discursos. 

Los datos científicos son claros. La humanidad ya sobrepasó seis de los nueve límites planetarios, el Día del Sobregiro (Overshoot Day) se adelanta cada año y el costo de la inacción es cada vez más tangible en forma de riesgo físico, regulatorio, de mercado y reputacional. Las empresas que se limitan al “cumplimiento” corren el peligro de quedarse atrás frente a consumidores, inversionistas y reguladores que exigen resultados verificables. El relato de la sostenibilidad defensiva ya no es suficiente; se necesitan métricas que demuestren impacto real y gobernanzas que premien a quienes regeneran más de lo que consumen. Ignorar esta realidad significa comprometer la resiliencia de la propia empresa y la estabilidad de los mercados en los que opera, afectando no sólo su reputación, sino también su capacidad de acceso a capital y oportunidades de crecimiento global.

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Por eso, hemos estado trabajando activamente en contenidos que serán parte de los temas a discutir en esta COP desde la óptica del sector privado, y nos unimos a otras voces que proponen una agenda pragmática para acelerar este tránsito. Primero, gobernanza basada en métricas materiales que midan resultados socioambientales con la misma rigurosidad que los financieros. Es fundamental que estas métricas estén directamente vinculadas al negocios, y sean comprensibles y transparentes, de modo que toda la organización, desde la alta gerencia hasta los equipos operativos, pueda monitorear avances y ajustar estrategias con rapidez. Segundo, alineamiento de incentivos, incorporando objetivos de descarbonización, circularidad y regeneración en bonos ejecutivos, KPIs de equipos y criterios de inversión. Tercero, escalamiento a través de cadenas y finanzas, porque ningún actor será protagonista por sí solo: la articulación con proveedores, clientes, inversionistas y comunidades es el motor real del cambio. Pasar de minimizar daños a maximizar beneficios netos exige rediseñar el mercado para que cuidar sea mejor negocio que destruir.

La próxima COP 30 en Belém es la ventana para demostrarlo. La Agenda de Acción deberá priorizar ámbitos como la transición energética e industrial -incluida la economía circular-; bosques, biodiversidad y océanos; sistemas alimentarios sostenibles; resiliencia urbana y gestión del agua; desarrollo humano y transición justa; y finanzas que orienten capital hacia resultados regenerativos. El Sur Global tiene aquí una oportunidad única: mostrar soluciones innovadoras que nacen de nuestros territorios y atraer financiamiento internacional. Chile, con su NDC actualizada y un tejido empresarial cada vez más articulado en coaliciones como Race to Zero u otras de tipo sectorial, puede ser un actor relevante en esa conversación.

Ahora, si se trata de acción desde las empresas que están integrando la sostenibilidad en la esencia de su negocio desde el mundo en desarrollo, hay casos como el de la multinacional de cosméticos Natura que son un buen ejemplo e inspiración, porque demuestra que la regeneración ya es parte de una estrategia competitiva y de negocios. Su Integrated Profit & Loss (iP&L) monetiza impactos naturales, sociales y humanos junto al desempeño financiero. Hoy, por cada dólar de ingresos, se generan aproximadamente 2,5 dólares en valor socio ambiental neto. La meta es alcanzar 4:1 al 2030 y ser positivo en cada capital al año 2050.

A lo anterior la empresa agrega otras medidas como el vincularse en la reducción de emisiones Scope 3 con sus proveedores y se ha fijado Net Zero para 2030 en alcances 1 y 2, y para toda la cadena en 2050. Los bonos ejecutivos ya incluyen variables de carbono, para asegurar alineamiento interno, y mientras desde el punto de vista de los embalajes sigue avanzando en su enfoque circular, en términos de productos e insumos la integración con la Amazonia y las comunidades a través de la línea Ekos agrega acciones que, sumadas, demuestran que la regeneración no es una aspiración lejana, sino una estrategia medible y escalable. 

Los aprendizajes del sector privado, bien documentados y basados en métricas creíbles ilustran un principio que debería guiar a todas las empresas camino a Belém: dato mata relato. La credibilidad no se construye con compromisos futuros, sino con métricas verificables hoy. Si la política multilateral tropieza —como ocurrió recientemente en las negociaciones del tratado de plásticos— deben entrar con más fuerza las empresas, el sector financiero, las ONG y los gobiernos subnacionales para implementar y escalar soluciones.

El desafío es enorme, pero también lo es la oportunidad. Proteger los ecosistemas debe convertirse en el estándar. Directorios, cadenas de valor e inversionistas tienen la tarea de alinear capital e incentivos con resultados regenerativos. Belém puede ser el punto de inflexión: la COP donde pasemos del relato a la implementación.

En un contexto donde la competitividad está siendo redefinida, es fundamental que el sector privado se oriente hacia la regeneración, generando valor natural, social y humano, además de financiero. Si ya existen casos concretos de que esto es posible, con mayor razón debemos escalar esa lógica en más empresas, para que los negocios prosperen al mismo tiempo que lo hacen el planeta y las comunidades. Ese es -ni más ni menos- el verdadero camino de la competitividad en el siglo XXI.

*Los autores son cofundadores de Manuia Consultora

Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes Chile.