Puerto Varas se consolida como el principal polo de empresas B en Latinoamérica. Un ecosistema impulsado por migración, naturaleza y colaboración público-privada está redefiniendo cómo se construyen empresas con impacto benéfico en Chile.
Un macizo andino inmenso, nevado, imponente —con una altura de 2.652 metros—, rodeado por el Lago Llanquihue, domina el majestuoso paisaje. Es el volcán Osorno, que, seguido del volcán Calbuco —de 2.006 metros de altura—, son los íconos de la Región de Los Lagos. Ambos marcan el inicio de la Patagonia chilena y son el hipnótico marco de la ciudad de Puerto Varas, al sur de Chile, a mil kilómetros de la capital.
Aquí todo es más verde. Más vivo. Más puro. Atrás queda el denso aire que se respira en Santiago y se abre paso a una vida más pausada, donde todos se miran a los ojos y responden el saludo. El valor y respeto por la naturaleza se escuchan en casi cada conversación.
Esta, precisamente, es una de las razones que ha impulsado a que Puerto Varas sea la ciudad con más empresas B per cápita de Chile y de Latinoamérica, con un total de 15 compañías certificadas. La ‘B’ tiene que ver con beneficio: generar beneficios para todas las personas y el planeta más allá de los propios del negocio.
En el mundo hay más de 10.500 empresas de este tipo —que cumplen altos estándares de desempeño social y ambiental, transparencia, responsabilidad y con el propósito de generar un impacto positivo—. De esas, 1.300 están en Latinoamérica, y Chile es el país con más de estas per cápita, con un total de 268 que acumulan casi 6.500 millones de dólares en ventas, aportando 1,8% al PIB nacional.
“Es increíble cómo estas empresas van corriendo el cerco y mostrando que es posible hacer las cosas de una manera distinta, considerando a las personas y el planeta en el centro de su negocio. No es solo hacer un negocio para lucrar, sino para impactar positivamente”, explica a Forbes Zdenka Astudillo, directora de Sistema B Chile.
Para Astudillo, lo que está pasando en Puerto Varas asombra. “Considerando que la Región Metropolitana agrupa el 70%, que un 10% esté en Los Lagos es muy importante”, dice, apuntando a la concentración geográfica que se da en un país que se extiende por 16 regiones a lo largo de sus casi 4 mil kilómetros.
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EL EFECTO MIGRACIÓN
Puerto Varas supera los 70.000 habitantes y, tan solo en nueve años, el incremento ha sido de más de 26.000 (59%). La migración es parte de su historia. La comuna y ciudad fueron creadas a partir de la colonización de alemanes que llegaron por una política de poblamiento de zonas extremas, entre los años 1852 y 1853, y su desarrollo económico siempre estuvo muy marcado por la agricultura, ganadería y turismo. Sin embargo, un siglo después, una industria lo cambió todo y posicionó al territorio como un lugar sumamente atractivo para vivir.
Se trata de la salmonicultura, una explotación que inició en Chile hace aproximadamente 40 años y que ha sido clave para la innovación del país. Chile es el segundo país productor de salmón a escala mundial, por detrás de Noruega, concentrando poco más del 30% de la producción mundial y alcanzando los casi 7.000 millones de dólares en 2025; y esta ha pasado a ser la primera actividad económica del sur del país.
Puerto Varas se convirtió en un lugar atractivo para el talento de la industria del salmón. La primera ola de migración hacia la comuna durante los últimos años fue esa. Y luego llegó el boom de la migración emprendedora durante la pandemia.
“Desde el inicio de nuestra gestión, el ecosistema emprendedor ha crecido de manera significativa, tanto en cantidad como en sofisticación”, dice a Forbes Chile Tomás Gárate, alcalde de Puerto Varas. “Hemos impulsado programas de apoyo, redes de colaboración y espacios de formación que han permitido que más emprendedores pasen de ideas a negocios consolidados.
Además, se ha fortalecido la articulación público-privada, lo que ha sido clave para generar oportunidades, atraer talento y posicionar a Puerto Varas como un polo de emprendimiento en el sur de Chile”, agrega.
Para Gárate, la conexión con la naturaleza ha hecho que, tanto emprendedores como empresas, incorporen de manera más natural la sostenibilidad y la economía circular como ejes centrales de su desarrollo. “No es solo una tendencia, es parte de nuestra identidad territorial”, asegura.
MÁS MUJERES LIDERANDO
Andrea Opitz nació en Puerto Varas y se mudó a Santiago para estudiar y desarrollar una carrera como ingeniera civil. Trabajó ocho años como gerente de negocios para Walmart, pero renunció y decidió volver a su ciudad con el objetivo de emprender y ser una de las siete empresas B con liderazgo femenino de las 15 existentes en la comuna.
Así nació Thermikhaus, hace diez años, con la idea de generar aislación térmica con residuos para evitar la contaminación por el uso de leña y eliminar los desechos —como papel y cartón—. Construyó una planta productora de estos materiales hechos de celulosa reciclada.
“Revalorizamos cerca de 500 toneladas al año de residuos y el 100% de ellos son de la zona. Lo transformamos en un material de alto desempeño que permite mejorar la eficiencia energética de las viviendas, reducir el consumo de calefacción y evitar que los residuos lleguen a rellenos sanitarios”, indica. En 2023 se certificaron como empresa B y, lejos de lo que se pudiera pensar, desde entonces asegura que ha duplicado sus ventas.

Lo mismo hicieron Francisca Apparcel y su esposo, Stiven Kerestegian. Tras un tiempo viviendo en distintas partes del mundo, regresaron a Puerto Varas y fundaron Chilote Shoes, con el tejido a mano de mujeres del sur enfocado en pantuflas. Con un crédito bancario de 40 millones de pesos chilenos y las ganas de crear impacto local, iniciaron un modelo de producción artesanal descentralizado, donde las mujeres tejedoras trabajan desde sus casas.
Desde comunidades como Lago Maihue, Lago Ranco y Río Frío —zonas aisladas del sur de Chile—, salen las pantuflas que venden a tiendas de Estados Unidos y Japón, sus mercados más consolidados.
Una de las startups con mayor crecimiento y relevancia tecnológica que nació en Puerto Varas es Kura Biotech. Manuel Rozas, santiaguino, quería emprender desde un lugar donde quisiera vivir y no en el que le tocara. Tras titularse como biólogo, con una mención en bioprocesos, también tenía claro que con su trabajo quería darle circularidad —es decir, nuevos usos— a productos biológicos ya existentes.
Así, en 2013, nace Kura con el propósito de profundizar en genética —industria con un potencial de crecimiento entre 15 y 20 billones de dólares—, toxicología —que ellos estiman que mueve hasta 35 billones de dólares en el mundo—, reactivos para testeo de drogas y testeo genético, incluyendo aplicaciones como secuenciación de DNA y PCR, e inocuidad alimentaria. En esta última área desarrollaron un sistema integral de testeo que permite detectar patógenos como Listeria o Salmonella, identificar su origen dentro de una planta productiva y apoyar su erradicación.
“En Puerto Varas y lugares fuera de la metrópolis se reconocen cosas que no ven quienes se quedan en las ciudades, porque alguien que sale de una ciudad dura está buscando sostenibilidad. Acá hay una comunidad muy viva y hay harta conexión y colaboración. Es más fácil ver el efecto de tus acciones en lugares como Puerto Varas y eso te empuja a tener una mirada sostenible. Desde aquí entendemos mejor lo que tenemos que hacer en el futuro para salvar este mundo”, dice el founder y CSO (Chief Scientific Officer) de Kura Biotech.

Frente a este escenario emprendedor, este mismo año —el 16 y 17 de abril— se realizó la primera edición del Transforma: Innovation & Technology Summit, con foco en innovación —que une tecnología, ciencia y biotecnología— y que está transformando los negocios con valor en el territorio: soluciones nacidas en comunidad para problemas locales.
El fundador de este evento fue Rodrigo Rodríguez, quien también emigró de Santiago a Puerto Varas en 2017 por una oportunidad de trabajo en la industria del salmón. Fue en el sur donde consiguió un momento de pausa para repensar lo que quería hacer y crear su propia consultora. De allí partió la idea de reunir a los emprendedores, el sector público y académico para generar conversación y relacionamiento.

“El sur nos da un espacio de pausa creativa que no logramos tener en Santiago. Ese espacio provoca que las cosas se hagan con algún propósito y no surjan sentadas detrás de un computador, sino en un entorno natural”, dice.
No es que esté de moda entonces la sostenibilidad, como indica Astudillo: “Es que queremos que las empresas sean una fuerza transformadora del sistema económico, que usen su capacidad de movilizar recursos para hacerse cargo de los desafíos sociales y ambientales a través de los negocios, no con acciones complementarias”. Y Puerto Varas ha sido un ejemplo para Chile y para la región.
