Blik nació en medio del estallido social, sobrevivió la pandemia y estuvo al borde de la quiebra. Hoy es la marca de audio número uno en unidades vendidas en Chile. Esta es la historia de Alejandro Amon, de una empresa construida a fuerza de sincronías y de una vocación musical que tuvo que esperar casi 30 años para llegar a grabar un disco.

En octubre de 2019, mientras Chile ardía, Alejandro Amon estaba en China despachando el primer embarque de Blik: medio millón de dólares en parlantes y audífonos que no sabía si tendrían a dónde llegar. “Estaban quemando los locales, todo el retail cerrado. Pero yo les dije a mis socios: nosotros no tenemos nada que perder. O nos quedamos paralizados, o apostamos”, recuerda el ingeniero comercial.

Seis años después, Amon ya es socio mayoritario y Blik vendió más de 450.000 unidades en 2025; para 2026 proyecta llegar a 600.000. Facturó US$10 millones el año pasado y espera alcanzar US$14 millones este año. La marca está presente en más de 800 puntos de venta a lo largo del país, desde Falabella hasta ferreterías regionales. Y, según cuenta su también CEO, en la categoría de parlantes bluetooth, superó en participación de mercado a marcas como Sony, Samsung y JBL.

La historia de cómo llegó hasta ahí es, en palabras de Alejandro Amon, una sucesión de sincronías. El propio nombre de la marca nació así: los socios querían llamarla Blink, pero Amazon ya tenía esa marca registrada. Buscando en el Urban Dictionary, encontraron que “blik” significa “something that happens once in a lifetime”: algo que ocurre una vez en la vida. Como cuando vas en el auto y la radio toca exactamente la canción que venías cantando. “Eso es un blik”, dice Amon. “Una sincronía. Y justo todo lo que nos pasó después fueron puras sincronías”.

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El hombre detrás del parlante

Amon lleva más de la mitad de sus 47 años relacionado con los sonidos de alta fidelidad. Pasó una década en Samsung y en la chilena Master G aprendiendo el retail desde adentro. Cuando salió de la multinacional coreana en 2015, sabía exactamente cómo funcionaban los grandes: qué compraban, cuánto pagaban y, sobre todo, dónde no llegaban.

“JBL es muy bueno en parlantes chicos, pero los parlantes grandes son tan caros que no los venden, no compiten ahí. Sony tiene parlantes bluetooth pero no lo hace bien, es muy bueno en los más grandes. LG es muy bueno en ese tipo de parlante, pero en audífonos no compiten, no existen”, describe. Con ese mapa mental en la cabeza, sabía qué oportunidades de negocio había cuando entró en agosto de 2019 a Esturión SpA, una empresa que llevaba diez años sin escalar, que subdistribuía cables, power banks y accesorios, y que tenía una bodega llena de productos imposibles de vender.

Su jugada inicial fue ir a China. Recorrió Hong Kong, Guangzhou y Shenzhen buscando proveedores. Cuenta que diseñó el logo de Blik en una planilla de Excel en el aeropuerto de Hong Kong. Y armó un lineal de productos propio y displays donde los clientes del retail pudieran escuchar antes de comprar. “Llegamos con una propuesta distinta: ‘yo te vendo un display donde tú pones el producto, lo puedes escuchar y te vas a dar cuenta de la calidad’. Eso nos iba a ganar contra el resto de las marcas, poder vender más caro”, explica. Y negoció una primera orden de medio millón de dólares con las fábricas.

Fue entonces cuando su señora lo llamó para contarle que Chile estaba en llamas.

Primera crisis: el estallido

La reacción instintiva de cualquier empresario habría sido frenar. Amon hizo lo contrario. “Si yo fuera proveedor, si yo fuera el resto de las marcas, yo no traigo nada nuevo. Restrinjo el stock hasta que esta cuestión se regularice. No lo debería hacer, sería tremendamente irresponsable traer si están quemando todos los locales”, razonó frente a sus socios. “Pero nosotros no tenemos nada que perder. Si esta cuestión se suelta, vamos a ser los únicos que nos ganemos seis meses de producto”, les propuso.

La apuesta salió bien. Cuando el estallido cedió, Blik era prácticamente el único actor con mercadería disponible. Ganaron seis meses de ventaja sobre la competencia. El 8 de marzo de 2020 llegaron los primeros contenedores a Chile.

Pero el 14 de marzo cerraron las tiendas por la pandemia.

Segunda crisis: el COVID-19

Lo que parecía el golpe de gracia resultó ser, una vez más, una oportunidad disfrazada. Amon cuenta que entendió rápido que los supermercados eran los únicos locales que permanecerían abiertos, y que la demanda de entretenimiento hogareño iba a explotar con el encierro. Negoció con Walmart, Jumbo y Tottus para ingresar sus productos al retail de consumo masivo.

“La demanda se iba a ir cien por ciento para acá porque estaba todo el resto del retail cerrado”, explica. “Y el consumo iba a cambiar porque no podías viajar, no podías ir a restaurantes, estabas en tu casa. Entonces al final se iba a consumir en bienes durables. Los supermercados lo supieron leer muy bien”.

El resultado fue una curva de ventas que se disparó durante el confinamiento. En 2021, Blik facturó ocho millones de dólares, levantando desde el millón del año de inicio. Con 18 personas en el equipo, la empresa ganó más de lo que esperaba.

Tercera crisis: el año de la pérdida

El 2022 fue brutal. Los fletes marítimos, que en condiciones normales costaban US$2.000 por contenedor, llegaron a US$22.000 en el peak pandémico. La mercancía pedida con anticipación llegó tarde, el mercado se saturó de importaciones y las bodegas de los clientes colapsaron. Las ventas cayeron más del 50%. Dice Amon que la empresa perdió un millón 300 mil dólares en doce meses.

En ese momento, los socios fundadores decidieron salir. Le ofrecieron a Amon quedarse con la empresa a cambio de asumir la deuda. “Yo no suelto la empresa”, fue su respuesta. Así recuerda ese momento: “Yo ya había vendido mis departamentos, estaba hasta el cuello, pero esto es mi tercer hijo. Ya tengo dos, este es el tercero, y no lo iba a botar”. El equipo, que en los mejores momentos llegó a 18 personas, se achicó a 12.

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Cuenta que se fue a China a renegociar con los proveedores mientras tenía fiebre de 39 grados, ocultándose de las cámaras para cruzar la frontera de Hong Kong a Guangzhou. Logró conseguir 60 días de crédito después del despacho —algo inaudito en el mundo de los fabricantes chinos, donde lo estándar es exigir un 30% anticipado antes de producir y el 70% contra la entrega— y volvió a Chile con el ciclo financiero saneado y un nuevo socio inversionista bajo el brazo.

“Un chino que te da 60 días de crédito después de que te despacha es una locura”, dice. “Yo ya había vendido la mercancía cuando él me estaba pagando. Entendía mi ciclo del negocio, el ciclo financiero”.

En 2023, la empresa creció un 78%. En 2024, un 70%. En 2025, duplicó sus ventas.

La marca que nadie vio venir

Las oficinas de Blik funcionan como un moderno cowork donde la música está en cada rincón. Hay una gran sala de reuniones, un espacio de pruebas de sonido y otro donde se construye el set de lo que será un podcast donde invitarán a los amantes de la alta fidelidad.

La empresa ha crecido en metros cuadrados y en acción comunicacional, porque Blik prepara su mayor ofensiva comercial: una inversión de 900.000 dólares en publicidad y rebranding para el segundo semestre de 2026, con comerciales de televisión y una nueva línea de productos con moldes propios desarrollados en China. El empaque rojo que los distinguió en sus primeros años da paso a una paleta negra y a un nuevo posicionamiento: Sound Culture, la cultura del sonido.

La apuesta no es solo estética. “Hoy día ya no competimos en precio-calidad”, afirma Amon. “Nosotros nos vamos a posicionar como Sound Culture. Cuando tú vayas al punto de venta y te encuentres un audífono o parlante Blik, quiero que te lleves la sorpresa”.

Amon, músico desde los 12 años, ha construido una empresa donde el oído manda. Sus ingenieros de sonido estudian qué géneros escuchan los chilenos —pop urbano, rock, cumbia— y ecualizan cada producto de acuerdo a esas frecuencias. Los parlantes se testean durante meses antes de lanzarse. Todo producto con menos de 4,7 estrellas en las plataformas online se elimina del catálogo.

“A diferencia de otras marcas que simplemente importan parlantes para comercializarlos sin ningún valor agregado, nosotros innovamos desde el origen”, dice el CEO. “Entendemos muy bien el mercado local y lo que quiere el mercado local, lo estudiamos. Sabemos que un cierto porcentaje de gente consume rock, otro consume música urbana y pop, y la ecualización de pop y música urbana es distinta a la del rock. Entonces dijimos: vamos a homologar y sacar toda una nueva línea de productos con toda la tendencia”.

En paralelo, Blik da sus primeros pasos en Colombia a través de Falabella y MercadoLibre, con 4.500 unidades en una primera fase. La región espera. Pero primero, dice Amon, hay que tener el mercado local blindado.

Porque quien estuvo tres veces al borde del abismo sabe que no conviene correr antes de tiempo.

Cuando el CEO también es músico: el álbum que completa el círculo

Alejandro Amon empezó a tocar guitarra a los 12 años. A los 18 quería ser músico profesional; su padre lo convenció de que no era lo más sensato. Pasó una década peleado con la música —“internamente, conmigo mismo”, aclara— hasta que un colega en Samsung lo invitó a tocar en una fiesta y el reencuentro fue definitivo.

Ese músico latente es también el que explica buena parte de lo que Blik es hoy. Pero en 2024 Amon decidió que ya era hora de cerrar el círculo de otra manera: sacar su propio disco.

Empezó a componer en noviembre de 2024, durante las vacaciones en Puertecillo. Ahí conoció a un vocalista —“como un híbrido entre Chris Cornell y Scott Weiland”, lo describe— con quien empezó a desarrollar canciones. La cadena de sincronías que caracteriza su historia empresarial se repitió en el plano musical: al tomar la representación de Audio-Technica para Chile, comenzó a relacionarse con músicos de primer nivel. El luthier Marco Plaza lo conectó con Alain Johannes, el productor y multiinstrumentista chileno-estadounidense que grabó y mezcló el último disco de Chris Cornell antes de su muerte, y con quien Cornell y su esposa Natasha vivieron siete meses mientras hacían el álbum.

Johannes aceptó mezclar el disco de Amon. El bajista de Lucybell, el tecladista Felo Foncea y el baterista de Los Tetas se sumaron a la grabación, que se realizó en Los Lobos Records, un estudio en Pichilemu que Amon describe como “el más trendy de Latinoamérica”. Diez días de encierro creativo entre músicos que, en su mayoría, no se conocían antes.

“Cuando logras llegar a este nivel, cuando lo haces con la pasión que corresponde, eso se permeabiliza en la empresa, se permeabiliza con la gente que tenéis al lado”, reflexiona Amon. “Una persona no va y saca un disco así nomás. El disco es caro, cuesta harta plata. Y juntar a estos músicos y hacer buena música para que se sumen, para que no digan que esto es una porquería, sino que te digan: está bueno, están increíbles las canciones, vamos —eso es lo que uno busca”.

El resultado: un álbum que ya lanzó su primer single y que Amon presentará en vivo junto a la banda y, eventualmente, en fechas compartidas con Alain Johannes. La idea es que la música no sea un proyecto paralelo a Blik, sino parte constitutiva de su identidad de marca: una empresa creada por músicos, que habla el idioma del sonido desde adentro.