No fue un golpe de suerte ni un año irrepetible. El mejor Cabernet Sauvignon del mundo es el resultado de casi cuatro décadas de ciencia aplicada al terroir y visión del vino entendida como oficio, arte y activo estratégico. Enrique Tirado, su enólogo y gerente general, comparte con “Forbes Chile” cómo posicionó a Don Melchor en la élite global de los vinos ultrapremium.
Era de esperar. Cuando el sitio web de la influyente revista Wine Spectator anunció que Don Melchor 2021 era el mejor vino del mundo del 2025, varias botellas se descorcharon. No podía ser otro el despunte de las celebraciones en torno a la etiqueta ultrapremium —el precio ronda los 300 dólares— que en años anteriores ya había logrado instalarse en la lista de los finalistas. Para el equipo detrás de cabernet sauvignon Nº 1 había quedado demostrado que la paciencia, en este negocio, es mucho más que una virtud.
“Este reconocimiento es el resultado de la cosecha número 35 y de un trabajo largo, de varias generaciones, de un gran equipo que nació con una idea muy clara: hacer un gran vino”, explica Enrique Tirado, enólogo y gerente general de Viña Don Melchor.
A lo largo de todo el año 2025, Tirado recorrió el mundo dando a conocer su exclusivo producto y aceptando los reconocimientos de una de las industrias más competitivas del agro. Tras ese road show que incluyó 36 países, Tirado está de vuelta para compartir con Forbes Chile los secretos de un vino que es mucho más que una cosecha excepcional. Es toda una trayectoria —la de su propia vida— donde hay método, creatividad, obsesión persistente por el detalle y, claro, paciencia también.
Visión centenaria
Don Melchor Concha y Toro fue un abogado, empresario, político y diplomático chileno que en 1883 fundó Viña Concha y Toro, con una ambición poco habitual para la época: producir vinos de nivel mundial en Chile. Importó cepas francesas —principalmente de Burdeos— y contrató enólogos europeos, replicando estándares del Viejo Mundo en el Valle del Maipo.
Todo gran vino nace de un lugar. En Don Melchor, ese lugar es Puente Alto, en la terraza norte del río Maipo, a los pies de la cordillera de los Andes. Tiene suelos de origen andino, volcánicos, pobres y pedregosos; sus noches frías bajan desde la montaña una amplitud térmica decisiva. “Ese contraste de temperaturas es vital para que la uva concentre aromas, sabores y textura”, afirma Tirado.
El cabernet sauvignon encontró aquí su mejor expresión. “Naturalmente, el cabernet demostró que era la variedad que mejor se daba en este lugar”, dice. Explica que la base genética de la cepa local no es un clon, sino una selección masal: una técnica vitícola tradicional para propagar vides que consiste en tomar sarmientos de varias plantas madre (las mejores y más adaptadas) dentro de un viñedo y replantarlas, creando así viñas con una gran diversidad, que resultan en vinos más complejos, únicos y adaptados al entorno.
La primera cosecha de Don Melchor fue en 1987, pero no fue hasta 1997, cuando Tirado asume la responsabilidad directa de la vendimia de Don Melchor, que se afianza la estrategia de desarrollo del proyecto ícono.

“No buscamos solo un vino correcto”, dice Enrique Tirado. “Buscamos ese vino que genera una emoción especial. Ahí sabes que es Don Melchor”, define.
La independencia de la matriz
Enrique Tirado cuenta que nació en una familia marcada por el arte y la conexión con la tierra. Creció en una parcela, inmerso en los ciclos de la naturaleza. Estudiar Agronomía fue una decisión lógica para él. Recién egresado, llegó a trabajar a Viña Concha y Toro con etiquetas como Casillero del Diablo y Marqués de Casa Concha.
En 1995 se integró al equipo de Don Melchor. Dos años después la familia Guilisasti, descendiente del fundador, le encomienda el vino en honor al patriarca. “Yo era un enólogo operativo, iba a los viñedos, hacía los remontajes, estaba ahí”, recuerda sobre su primera etapa. “Siempre supe lo que era Don Melchor, el vino que era y la responsabilidad que había detrás”, agrega, instalando sus propios recuerdos en medio de uno de los salones de la casa patronal construida en el siglo XIX por quien le dio el nombre al producto que ha marcado su vida.
Tirado aprendió en esos dominios a entender la escala industrial de la producción y a manejar la operación vitivinícola completa.
En términos de negocio, uno de los giros más relevantes ocurrió en 2019, cuando Don Melchor se transformó formalmente en una viña independiente dentro del grupo Concha y Toro.
“Desde hace muchos años lo técnico ya funcionaba de manera autónoma: el viñedo, la vinificación, la bodega, la embotellación. Pero para comunicar, para llegar al consumidor, al cliente o al crítico, era necesario hablar solo de Don Melchor”, explica. La independencia no fue un quiebre, sino un hito del desarrollo.
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Biodiversidad como estrategia
Las primeras cosechas a su mando fueron climáticamente extremas. Los años 1997 y 1998, el valle central de Chile recibió el impacto de las lluvias del fenómeno de El Niño, que provoca el calentamiento de las aguas oceánicas normalmente enfriadas por la corriente de Humboldt. 1999 fue extremadamente seco. Y ese contraste aceleró su aprendizaje: “Eso me obligó a caminar mucho el viñedo, conocerlo, probar la uva, entender los tiempos”, recuerda sobre cómo dio con un método singular.
Desde hace años, Don Melchor trabaja con un manejo agroecológico que busca aumentar la vida del viñedo. “Cuando hay solo suelo y planta, el sistema es frágil. Cuando hay un ecosistema —flora, fauna, insectos—, la planta está más sana, más equilibrada, y eso se traduce en mejor fruta”, explica Tirado.
El trabajo incluye especialistas en flora y fauna, creación de hábitats y alimento continuo para polinizadores. Por ejemplo, en Viña Don Melchor las abejas no corren riesgo de extinción: “Fomentamos la fauna, fomentamos la flora para las abejas. Pero no solo alimento: sombra, vida, lugares donde puedan moverse los insectos y los animales, para que exista un ecosistema vivo. Queremos biodiversidad viva toda la temporada”, agrega.
La lógica es clara: no imponer tecnología sobre la naturaleza, sino entenderla mejor para que se exprese. “No queremos hacer un vino porque existe una técnica o un estanque. Queremos expresar un lugar”, resume.




El secreto de las parcelas
El corazón del método Don Melchor está en las parcelas. Tras años de caminar, observar y probar el fruto de cada parra, el viñedo se dividió en 151 unidades, cada una con identidad propia. Cada parcela se vinifica por separado, dando origen a entre 200 y 250 vinos base cada año.
La mezcla final —el “arte de la composición”— es una semana completa de catas intensas junto a un enólogo francés. “No hay laboratorio. Solo copa, lápiz y cuaderno”, resume Tirado. Mientras, a su alrededor, se despliegan una serie de imágenes de arte creadas con IA sobre la base de esos apuntes, y que van a representar la expresión de cada una de esas parcelas con vides de colores, flores, insectos y aves. Ninguna es igual a otra. Así como tampoco ninguno de los mostos que provienen de ellas es igual.
Como un alquimista, Enrique Tirado irá depositando delicadamente en las copas desplegadas frente a Forbes Chile los vinos que inspiraron cada ilustración.
La magia de Don Melchor es inmediata: una seda cae fresca sobre el paladar, con aroma a frutos rojos y notas florales de violetas. Así es el vino de la parcela Nº 1, un concentrado de fineza y suavidad. La parcela Nº 3 aporta estructura y mineralidad, con aromas de frutas más oscuras y notas minerales, taninos de granito y ceniza propias de un suelo volcánico. La parcela Nº 5 traerá energía y frescura. Y así, el vino de cada parcela traerá su propio carácter a la mezcla: elegancia, estructura, energía, frescor… Todo al servicio de una mezcla que sería difícil de describir desde la razón.
“No buscamos solo un vino correcto”, dice Tirado. “Buscamos ese vino que genera una emoción especial. Ahí sabes que es Don Melchor”, define. Cuenta que, en promedio, solo un 60-70% del viñedo entra en la mezcla final. El resto no se descarta: espera otro destino.
Impacto económico del Nº 1
El reconocimiento global de ser elegido como el mejor cabernet sauvignon del mundo tuvo un impacto inmediato en el negocio. La cosecha 2021 —la que alcanzó el primer lugar— tuvo una producción de 18.300 cajas de 9 litros, superior al promedio histórico. En términos comerciales, el efecto fue contundente: las ventas del tercer trimestre de 2025 tuvieron un aumento de 119,4% y las ventas acumuladas al tercer trimestre de 2025 subieron 159,4%. Las cifras consolidadas a diciembre serán divulgadas en marzo, junto con los estados financieros, pero al interior del proyecto el diagnóstico es claro: Don Melchor entró en otra liga.
“Hoy te miran como el número uno del mundo y eso significa más exigencia en todo: en el vino, en la presentación, en la comunicación”, admite Tirado. “Ser número uno no es un punto de llegada: es una responsabilidad”, define quien, pese al éxito mundial, entiende su trabajo como un oficio: “He concentrado mi vida en Don Melchor. Conocer el suelo, el viñedo, el vino. Ese saber hacer que te sale natural, casi de las venas”. Lo describe como un equilibrio entre ciencia y arte, herencia familiar y convicción personal: “Buscamos energía y fineza al mismo tiempo. No es fácil lograr ambas, pero Puente Alto te lo permite”.
VIÑEDO SOLAR:
CIENCIA APLICADA AL FUTURO

Durante sus primeros años a cargo de Don Melchor, Enrique Tirado entendió que lo impredecible del clima era un desafío que le abría una oportunidad para asegurar
la sustentabilidad de la operación. En 2018, su búsqueda se volvió aún más precisa con el desarrollo del Viñedo Solar, una plantación experimental dentro del viñedo
Don Melchor.
Emulando un reloj de sol, se plantaron líneas de parras en distintas orientaciones, densidades y arquitecturas. La idea es medir cómo responden las plantas frente a los constantes cambios. “No hablamos solo de calentamiento global; hablamos de variaciones climáticas”, explica Tirado. Y agrega: “El promedio histórico de temperaturas se mantiene, pero hoy tenemos años con extremos más marcados”.
El objetivo es doble: modelar cómo plantar nuevas parcelas en el futuro y, al mismo tiempo, aplicar ese conocimiento al viñedo histórico, que hoy tiene entre 40 y 45 años. “Ese viñedo es nuestro mayor patrimonio. No lo podemos arrancar. Entonces usamos esta información para ajustar el manejo: la canopia, la orientación del follaje, la exposición al sol”, enumera.
También se apoyan en la inteligencia artificial para procesar los datos que se recolectan: “La usamos como herramienta, nunca como reemplazo. Siempre con cabeza”, define.
