El DOGE de Elon Musk recortó drásticamente el personal y los presupuestos de la NOAA y del Servicio Meteorológico Nacional a principios del año pasado, dejando a las flotas pesqueras, a los agricultores y a las aseguradoras de Estados Unidos expuestos a las consecuencias.
Cuando Brian Ritchie lleva su barco de pesca chárter de 53 pies a las aguas frías y agitadas de la ensenada de Cook, cerca de Homer (Alaska), con una docena o más de pescadores que esperan capturar halibut del Pacífico, presta especial atención a las condiciones meteorológicas. Esto se debe a que una estación automatizada del Servicio Meteorológico Nacional, que proporcionaba informes detallados sobre el viento local, está fuera de servicio y no volverá a funcionar hasta al menos el mes de noviembre.
«Es una temporada larga y llevamos medio año sin saber cómo sopla el viento en una zona de la ensenada donde pescamos a menudo», comentó Ritchie. «Es un dato muy importante, sobre todo en la pesca chárter. Porque a la gente que llevo a pescar le gusta ver el programa *Deadliest Catch* [La pesca más peligrosa], pero no vivirlo en carne propia».
El problema con la estación meteorológica de Ritchie —que hasta ahora no ha provocado desastres— no es un contratiempo aislado. A nivel nacional, se ha reducido el lanzamiento de globos meteorológicos, lo que disminuye la cantidad de datos sobre temperatura, presión atmosférica, humedad, velocidad y dirección del viento que alimentan los modelos de predicción meteorológica y los pronósticos para incendios y condiciones marítimas, además de servir de apoyo a la industria de la aviación. Frente a las costas de EE. UU., hay menos boyas midiendo el oleaje que en 2024. Mientras los incendios forestales arrasan los estados del oeste, existe una escasez de meteorólogos especializados capaces de proporcionar datos detallados que ayuden a las comunidades y a los bomberos a tomar decisiones tácticas vitales, según informaron a Forbes personas familiarizadas con el asunto. Se ha cancelado un programa de veinte años de antigüedad que medía el hielo del Ártico, y se han paralizado los planes para desarrollar satélites meteorológicos de nueva generación destinados a reemplazar a dos unidades críticas que podrían empezar a fallar a principios de la década de 2030.
Esto es lo que sucede cuando el gobierno desmantela el vasto sistema de inteligencia ambiental del país. La extensa red de satélites, globos, boyas, estaciones de radar y científicos de la NOAA —construida a lo largo de décadas— sustenta gran parte de la economía estadounidense. Los pescadores la utilizan para decidir si es seguro navegar; los agricultores, para determinar cuándo sembrar y cosechar; y las aerolíneas, para trazar las rutas de sus vuelos. Las aseguradoras y reaseguradoras la emplean para evaluar el riesgo de pérdidas derivadas de grandes eventos, como huracanes, incendios y accidentes de gran magnitud. Por su parte, las empresas de servicios públicos, las constructoras y los responsables de emergencias la utilizan para gestionar las redes eléctricas, proteger las infraestructuras y salvaguardar vidas.
«A veces, sus efectos son algo más difusos, a menos que uno trabaje directamente en esos sectores», señaló Costa Samaras, director del Instituto Scott para la Innovación Energética de la Universidad Carnegie Mellon, quien asesoró a la administración Biden sobre la modernización de infraestructuras ante el calentamiento global. «También hay cuestiones sencillas como: “¿Se inundará mi calle? ¿Se acerca un huracán? ¿Estoy a salvo de los tornados?”. Todos estos son impactos muy tangibles que la gente de todo el país suele comprender».
Los sistemas de la NOAA rara vez anunciaban su valor. Simplemente funcionaban… hasta que dejaban de hacerlo. Ahora, los fallos se producen silenciosamente: una estación meteorológica inactiva, un globo perdido, un mapa desactualizado, un sitio web sobre el clima fuera de servicio; todo ello, poco a poco.
En decenas de entrevistas con empleados actuales y antiguos de la NOAA, así como con representantes de sectores que dependen de sus datos, Forbes descubrió que, a medida que la capacidad de inteligencia ambiental de Estados Unidos se va apagando gradualmente, aumentan los riesgos para vidas y propiedades, al tiempo que se trasladan nuevos costos a empresas y consumidores. Puede que los sistemas y los recortes aplicados a ellos parezcan cuestiones técnicas u oscuras, pero la factura que habrá que pagar no lo será.
La causa fundamental es el programa DOGE de Elon Musk, que a principios de 2025 emprendió una drástica reducción de empleos, presupuestos y programas —una auténtica masacre— en todas las agencias federales. En la Administración Nacional Oceánica y Atmosférica (NOAA) —organismo que alberga al Servicio Meteorológico Nacional y se encarga de proporcionar información crucial sobre patrones meteorológicos y climáticos—, el proceso comenzó con un recorte presupuestario del 10 % y la eliminación de cerca del 17 % de la plantilla, lo que afectó a unas 2.500 personas. Peor aún: entre quienes se marcharon figuraban cientos de investigadores veteranos de la NOAA y del Servicio Meteorológico Nacional que aceptaron acuerdos de jubilación anticipada.
«DOGE destrozó la agencia», afirmó Craig McLean, investigador de carrera de la NOAA y exjefe científico, quien se jubiló en 2022 tras más de 40 años de servicio. «En el conjunto de la NOAA, para abril del año pasado se había perdido un total de 27.000 años de experiencia».
El Congreso evitó recortes más profundos, pero la administración Trump busca una reducción adicional del 27 % para el año fiscal 2027, con el objetivo de recortar el presupuesto de los 6.170 millones de dólares actuales a unos 4.400 millones; una medida que, según los críticos, causaría daños aún más generalizados.
«Aún más perjudicial es la interrupción —no de servicios futuros, sino de productos de información— que se están volviendo obsoletos en todos los ámbitos», afirmó Stephen Volz, físico que se jubiló en junio como administrador adjunto de la NOAA. «Ahí es donde se percibe esa acumulación de pequeñas carencias informativas que, poco a poco, van socavando la capacidad operativa».
El Servicio Meteorológico Nacional (NWS, por sus siglas en inglés) está reforzando su plantilla y ha contratado a 321 meteorólogos, hidrólogos, técnicos en electrónica y especialistas en ciencias físicas desde finales del año pasado, según indicó el portavoz Christopher Vaccaro. Este no ofreció detalles sobre la dotación de personal total de la NOAA. Asimismo, Vaccaro señaló que las 122 oficinas locales de pronóstico meteorológico del NWS cuentan con personal suficiente para mantener operaciones de predicción las 24 horas del día, los siete días de la semana.
Por su parte, Rachel Hager, representante de la división de Pesca de la NOAA (NOAA Fisheries), declaró que la agencia no se pronuncia sobre «cuestiones de personal o de gestión interna» y que está optimizando los recursos disponibles.
La estación meteorológica disfuncional de Homer, Alaska, es solo un ejemplo de cómo los datos recopilados por la NOAA sirven de base no solo para las aplicaciones meteorológicas, sino también para las rutas de navegación, los modelos de seguros y las decisiones agrícolas. Esta información orienta las decisiones de construcción de arquitectos, constructores de carreteras e ingenieros municipales, además de activar alertas ante desastres. Las condiciones meteorológicas influyen en hasta un 6 % del PIB de Estados Unidos, lo que representa un valor de hasta 1,34 billones de dólares anuales. En 2024, el Servicio Meteorológico Nacional estimó que generaba 73 dólares de valor para los contribuyentes por cada dólar invertido en la institución.
«Quizás ninguna otra entidad federal facilite una mayor actividad económica y comercial que la NOAA y sus fuentes de datos», declaró ante el Congreso en 2025 Frank Nutter, expresidente de la Asociación de Reaseguros de Estados Unidos (RAA) —el sector financiero que respalda a las compañías de seguros—, mientras abogaba por restablecer la financiación de la NOAA que el DOGE pretendía recortar.
Por eso la NOAA forma parte del Departamento de Comercio. «El clima afecta básicamente a dos tercios de nuestra economía de una forma u otra», afirmó John Morales, exmeteorólogo del Servicio Meteorológico Nacional (NWS) y fundador de la consultora ClimaData Corp. «Y hoy en día hay más elementos expuestos a riesgos. Sin duda, ese es un factor que contribuye al aumento de los desastres que causan pérdidas millonarias».
Cuestiones como la reducción del número de globos meteorológicos y boyas oceánicas, así como la incertidumbre sobre el futuro de los satélites meteorológicos, tienen en vilo a algunos sectores. «La observación de riesgos naturales y el acceso a datos son responsabilidades federales fundamentales y una capacidad nacional crítica que beneficia a todos los estadounidenses», señaló Karalee Morell, vicepresidenta ejecutiva y asesora jurídica general de la RAA. A Morell le preocupa especialmente la escasez de personal y cómo esta afecta a la capacidad de la NOAA para recopilar datos destinados a los modelos y pronósticos meteorológicos; dicha información es esencial para sectores como la construcción, el inmobiliario, la aviación y los seguros, que aportan cientos de miles de millones de dólares anuales al PIB de Estados Unidos.
Los meteorólogos ya se han visto sorprendidos por situaciones imprevistas. En el centro de Kansas, nadie predijo dos tornados que azotaron la región la primavera pasada, al parecer debido a la falta de personal. Las lagunas en la cobertura de globos meteorológicos —también derivadas de la reducción de la plantilla de la NOAA— provocaron predicciones menos precisas sobre la intensidad y la trayectoria del tifón Halong en el oeste de Alaska el pasado mes de octubre. Los modelos elaborados por Alan Gerard, exmeteorólogo del NWS, muestran un descenso en la precisión del modelo meteorológico global del NWS entre 2024 y 2025.
A raíz del huracán DOGE, las quejas de grupos del sector y de diversos estados impulsaron iniciativas bipartidistas para recuperar fondos destinados a la NOAA. Por ejemplo, tras las inundaciones mortales ocurridas en Texas el verano pasado, el Servicio Meteorológico Nacional (NWS) recibió autorización para contratar a 450 empleados; sin embargo, al parecer solo había incorporado a unos 275 para finales de junio. La mayoría de ellos cuenta con menos experiencia que el personal que aceptó indemnizaciones por retiro voluntario el año anterior, señaló Margaret Cooney, especialista en política energética y climática del Center for American Progress, una organización de tendencia progresista.
«Han afrontado esta temporada de clima extremo con un déficit de unos 300 empleados y con menos conocimiento institucional del que tenían antes de la llegada de DOGE», afirmó. «Además, al contar con menos recursos y personal, los empleados actuales están sobrecargados de trabajo y carecen de las herramientas necesarias para desempeñar sus funciones con éxito de manera constante».
Hoy en día, a menudo no se autoriza a los investigadores de la NOAA viajar para visitar los sitios de medición a largo plazo —como la estación meteorológica de Homer, Alaska— y realizar tareas de calibración y mantenimiento, según un miembro del personal de la NOAA que solicitó el anonimato.
En los últimos 18 meses, se han desactivado varios sitios de datos de la NOAA, incluidos Climate.gov, *Billion Dollar Weather and Climate Disasters* (Desastres climáticos y meteorológicos de miles de millones de dólares), Radar Next y conjuntos de datos marinos y climáticos regionales (aunque algunos de los trabajos de investigación están siendo mantenidos por voluntarios externos en sitios web no gubernamentales).
«El último año ha sido una auténtica montaña rusa», comentó Chad Berginnis, director ejecutivo de la Asociación de Administradores Estatales de Llanuras de Inundación (Association of State Floodplain Managers). Su organización depende de los datos de la NOAA para orientar el diseño de infraestructuras —como alcantarillas, sistemas de saneamiento y canales de drenaje— capaces de resistir lluvias intensas e inundaciones. Tras los recortes de personal, se interrumpieron durante meses los informes de estado sobre una actualización crítica de dicha base de datos, conocida como Atlas-15, aunque el proyecto ya ha retomado su curso.
Del mismo modo, los satélites meteorológicos cuya planificación lleva años siguen operativos, pero actualmente no se están realizando las actualizaciones futuras previstas, señaló Volz, exadministrador adjunto de la NOAA. «La construcción de programas de satélites requiere mucho tiempo. Son sistemas de naves espaciales de carácter generacional; se trata de actualizaciones por bloques que se llevan a cabo cada 10 o 20 años. Y nos encontramos aproximadamente a la mitad, o tal vez a dos tercios, del proceso de implementación de los bloques para los satélites de órbita terrestre baja», explicó. Sin embargo, la planificación de los reemplazos se detuvo la primavera pasada, tras la llegada del equipo de DOGE, y «mi mayor preocupación es que no estén listos… para cuando deban estarlo en 2032», advirtió Volz.
No todo el mundo está sufriendo interrupciones. Carolyn Olson, quien cultiva maíz, soja, trigo y alfalfa orgánicos en Cottonwood (Minnesota) y es vicepresidenta de la Oficina de Agricultores de Minnesota (Minnesota Farmers Bureau), afirmó que las previsiones del Servicio Meteorológico Nacional (NWS) a 10 días —en las que se basa para decidir cuándo sembrar— no se han visto afectadas por los recortes presupuestarios ni de personal. Y la estación del NWS en Sioux Falls, Dakota del Sur, que los elabora, incluso «tuvo una importante actualización de radar este verano», señaló.
«Puede que tenga más suerte que algunas personas de otras zonas», comentó Olson, quien se define como una apasionada de la meteorología, se formó con el NWS como observadora de tormentas y aporta datos diarios de precipitaciones desde su granja a la red CoCoRaHS de la NOAA.
Más recortes
A pesar del valor de la NOAA para la economía, la administración Trump pretende ampliar los recortes presupuestarios y de personal impulsados por el DOGE. Antes de ocupar su cargo actual como director de la Oficina de Administración y Presupuesto, Russell Vought fue el artífice del Proyecto 2025, un controvertido conjunto de propuestas para un segundo mandato de Trump; aunque negó conocerlo durante la campaña electoral, en gran medida se ha ceñido a él como presidente.
La NOAA «debería desmantelarse y muchas de sus funciones eliminarse, transferirse a otras agencias, privatizarse o ponerse bajo el control de los estados y territorios», declaró. Esto no sucedió bajo la gestión de Musk, pero Vought sigue impulsando la medida en la solicitud presupuestaria para 2027 que presentó al Congreso en abril.
La propuesta, que busca recortar el presupuesto de la NOAA en 1600 millones de dólares y, al mismo tiempo, aumentar el gasto en defensa en 500.000 millones —llevándolo a un total de 1,5 billones de dólares— para el año fiscal 2027, eliminaría lo que Vought denomina «programas de la estafa del “Green New Deal” en la NOAA»; entre ellos, subvenciones educativas que «financiaron sistemáticamente iniciativas para radicalizar a los estudiantes contra los mercados, promover la diversidad, la equidad y la inclusión (DEI), y difundir alarmismo medioambiental infundado».
El rechazo de la administración a la ciencia climática ha obligado al personal restante de la NOAA a sortear obstáculos lingüísticos. «Hemos tenido que dedicar tiempo extra a evitar la palabra “clima”», según comentarios anónimos de empleados compartidos con Forbes. Por ejemplo, al solicitar financiación para investigaciones, esto implica sustituir el término «clima» por expresiones como «ecosistemas cambiantes» o «cambios estacionales», según personas familiarizadas con el asunto.
«Intentamos realizar el mismo tipo de trabajo relacionado con el clima (aunque con menos personal), pero tenemos que movernos con cautela para pasar desapercibidos», comentó una de estas personas.
Esa postura militante contraria a la cuestión climática ha afectado a proyectos que nada tienen que ver con la ciencia del clima. Bill Dewey, portavoz de la empresa acuícola Taylor Seafood y propietario de una granja de mariscos frente a la costa de Washington, explica que su explotación formaba parte de un proyecto subvencionado por la NOAA para recolectar algas y trasladarlas a cultivos terrestres con el fin de enriquecer el suelo.
«Pero como el título del proyecto era “Del carbono azul a los campos verdes”, la administración lo canceló», dijo. La subvención de 5 millones de dólares de la NOAA, destinada a un estudio que debía realizar la Universidad de Washington, tenía como objetivo determinar si las algas resultan beneficiosas para los cultivos agrícolas. El proyecto se ha retomado parcialmente, pero sin financiación para la investigación científica.
«Me van a dar una pequeña cantidad de dinero para recolectar mis algas y entregárselas a algunos agricultores», comentó Dewey. «Esperamos poder llevar a cabo cierto nivel de investigación para determinar si realmente existe algún beneficio o no».
Los desafíos que enfrenta la NOAA también afectan a Taylor Seafood, empresa que vende 80 millones de dólares anuales en ostras, almejas, mejillones y almejas de generosa (geoducks) cultivados frente a la costa del estado de Washington. Dewey señaló que las investigaciones de la NOAA sobre la acidificación de los océanos —un fenómeno que perjudica sus cultivos— probablemente salvaron a esta empresa centenaria (con 136 años de historia) allá por 2009. Sin embargo, ahora un nuevo plan de investigación sobre restauración de hábitats presentado por Taylor a la NOAA no avanza tan rápido como se esperaba, al parecer debido a la escasez de recursos científicos en la agencia.
«El ritmo nos resulta frustrante», afirmó.
Datos privados
La propuesta de Vought de desmantelar la NOAA se basa, en parte, en su deseo de privatizar las funciones de la agencia. Los especialistas en gestión de llanuras aluviales, como Berginnis, así como ingenieros civiles y urbanistas, temen que esto aumente los costos y derive en datos poco fiables.
Las ciudades y los estados tendrían que empezar a pagar a empresas privadas por información que antes se financiaba con impuestos federales, señaló Marsha Anderson Bomar, presidenta de la Sociedad Estadounidense de Ingenieros Civiles y veterana ingeniera de la ciudad de Atlanta y su agencia de transporte. Tanto ella como Berginnis temen también que las empresas privadas no sean tan transparentes con su metodología como lo es la NOAA, lo que restaría credibilidad a los datos.
«¿Qué confianza tenemos en que cuenten con los expertos necesarios para garantizar que disponemos de los datos correctos, en el formato adecuado, y que sean precisos, verificados y validados? Todas esas cuestiones que preocupan a los ingenieros», declaró a Forbes. «Porque si utilizo una fuente de datos cuya validación no está confirmada, podría equivocarme enormemente. Basta un pequeño error en un cálculo inicial para que las cosas salgan muy mal».
Puede que Musk y Vought no valoren la labor de la NOAA, pero mantener el alcance de su trabajo es una prioridad para múltiples sectores.
«Recopilar datos básicos no es algo llamativo; no capta la atención ni el interés del público, pero le aseguro que constituye la base no solo de nuestros esfuerzos para reducir riesgos, sino, en mi opinión, de nuestro propio éxito como país», afirmó Berginnis, especialista en gestión de llanuras aluviales.
«Contar con datos y una base científica sólida nos permite desarrollar programas, políticas y todo tipo de iniciativas a partir de ellos. Si se elimina ese cimiento, me preocupa enormemente el rumbo que podríamos tomar».
