Chilote Shoes partió en 2010, cuando Francisca Apparcel y su esposo Stiven Kerestegian, regresaron a Puerto Varas tras vivir en Estados Unidos, para emprender con productos hechos a mano por mujeres tejedoras del sur de Chile. Tras 15 años de fundada, ahora el foco es hacerla crecer desde y para el territorio chileno.

La calceta chilota —usada en Chiloé, al sur de Chile— fue la inspiración. Francisca Apparcel nació en Osorno, a 90 kilómetros de Puerto Varas, rodeada de naturaleza y de las mujeres del campo que tejían su propia ropa y calcetas. Se mudó a Santiago para estudiar ingeniería comercial y luego a Nueva York, Estados Unidos. Fue allí que descubrió que las prendas tejidas hechas en Chile, llamaban mucho la atención: “La gente me paraba en la calle por mis tejidos de lana, y en tiendas como Soho un chaleco podía costar 300 dólares”, cuenta la emprendedora en conversación con Forbes.

En 2010 decidió regresar a sus raíces. Volvió a Puerto Varas con su esposo, Stiven Kerestegian, y emprendieron con el tejido a mano enfocado en pantuflas. Así partió Chilote Shoes con un crédito bancario de 40 millones de pesos chilenos y las ganas de crear impacto local. “Queríamos hacer algo utilitario y atemporal, no fast fashion“, señala.

Iniciaron un modelo de producción artesanal descentralizado donde las mujeres tejedoras trabajan desde sus casas, en comunidades como Lago Maihue, Lago Ranco y Río Frío, zonas aisladas del sur de Chile, para finalmente vender las pantuflas a tiendas de Estados Unidos y Japón, sus mercados más consolidados. “Trabajamos con líderes locales y hacemos talleres para intercambiar técnicas”, explica.

En los 15 años de fundada, Chilote Shoes ha levantado unos 150 millones de pesos en fondos Corfo (Capital Semilla 1 y 2), Sercotec (Capital Abeja) y apoyo de ProChile. A la fecha, Apparcel asegura que son rentables y que han llegado a producir en un mes 500 pares de pantuflas, con foco B2B, pero ahora cada vez más abriéndose al B2C desde su página web. El precio de un par de pantuflas es de 100 dólares aproximadamente.

“No todos los negocios deben buscar ser un ‘unicornio’ o entrar a la bolsa. Hay negocios que impactan directamente la vida de comunidades locales rescatando capacidades olvidadas. Eso nos hace muy felices”, indica.

Los zapatos son hechos de lana de oveja local y tienen suelas de cuero de salmón, un desecho de la industria salmonera que reutilizan, o cuero de vacuno. Incorporan un código QR para que el cliente vea quién hizo el par y dónde, además de un kit de reparación para que el producto dure más.

“De niña veía cómo las mujeres, además de todas sus labores domésticas y de crianza, estaban siempre tejiendo; ellas mismas esquilaban, hilaban y tejían la lana de sus propios corderos. Con mi marido decidimos ser un puente para valorar esos oficios que estaban desapareciendo. En vez de mirar a estas mujeres rurales por lo que no saben (abandono temprano de las escuelas), las miramos por lo que sí saben: una técnica de tejido que han perfeccionado por más de 30 años”, dice la emprendedora.

Las mujeres de estas comunidades escogen una líder, que es quien que se encarga de organizar el proceso y recibir el material, y les pagan por pieza producida. Apparcel asegura que han llegado a capacitar a más de 100 mujeres.

“Nosotros fuimos de los primeros en certificarnos como empresa B. Creo que las generaciones jóvenes tienen más conciencia sobre el origen de los materiales y el impacto social. El lujo se está rediseñando hacia la historia y la experiencia detrás del producto”, agrega.

Mujeres al sur de Chile fabrican las pantuflas. Foto: Chilote Shoes.

¿Por qué se enfocaron en mercados fuera de Chile?

Chilote Shoes se enfocó más en el retail de Estados Unidos, Asia y Europa, que en el chileno. De hecho, en la feria internacional de Nueva York, NYNOW, fueron premiados por la sostenibilidad del negocio y eso los impulsó a directamente a la internacionalización.

“Nos enfocamos inmediatamente en el mercado externo, principalmente Estados Unidos -ahora se conseguirán en Shoppe Object- y Japón -Ron Herman-, porque afuera se valora más lo hecho a mano con materiales locales”, cuenta la emprendedora.

En Chile, las condiciones comerciales hace 15 años “eran pésimas: nos pagaban a 60 días o con valevista, mientras que afuera todo era más fácil y valorado”, añade.

Además, Stiven Kerestegian fue fichado por Lego para trabajar en Dinamarca en el Future Lab, y allí se establecieron durante 7 años, mientras Apparcel buscaba más capital y desarrollaba el negocio; luego se mudaron a Suecia, donde Kerestegian se desempeñó como Head of Innovation de IKEA.

Tras toda esa experiencia, y manteniendo a Chilote Shoes, volvieron a Chile para inyectar lo aprendido. “Además, queríamos darle arraigo a nuestros hijos en Chile y yo quería volver a las comunidades artesanas”.

A la par de la compañía y el foco en hacerla crecer en terreno, Apparcel empezará a trabajar en Rewilding Chile, uno de los proyectos de conservación ambiental más ambiciosos de Latinoamérica.