En Chile, el 70% de las personas apoya prohibir el uso de redes sociales a menores de 14 años. Sin embargo, cuando se pregunta por herramientas de inteligencia artificial en las aulas, las opiniones son bastante menos categóricas: menos de la mitad cree que deberían prohibirse.

Si hay una conversación recurrente en colegios, sobremesas y reuniones de apoderados, es la relación de los jóvenes con la tecnología. Durante años tratamos todo como parte del mismo fenómeno: celulares, redes sociales, pantallas e inteligencia artificial parecían representar el mismo desafío. Sin embargo, algo está cambiando.

La explicación habitual sostiene que la sociedad está desarrollando un rechazo cada vez mayor hacia lo digital. Que, frente a los crecientes problemas de salud mental y bienestar, la respuesta es simplemente restringir la tecnología. Pero la evidencia muestra una realidad más interesante.

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En Chile, el 70% de las personas apoya prohibir el uso de redes sociales a menores de 14 años. Sin embargo, cuando se pregunta por herramientas de inteligencia artificial en las aulas, las opiniones son bastante menos categóricas: menos de la mitad cree que deberían prohibirse. Lejos de rechazar toda innovación tecnológica, las personas parecen estar distinguiendo entre tecnologías diferentes.

La diferencia es relevante porque revela un cambio en la manera en que imaginamos el futuro de las nuevas generaciones. Las redes sociales son percibidas cada vez más como espacios asociados a riesgos para el bienestar, la comparación permanente y la distracción. La inteligencia artificial, en cambio, aparece vinculada al aprendizaje, la productividad y la adquisición de nuevas capacidades. Esta mirada adquiere aún más relevancia en un país donde la salud mental juvenil es la principal preocupación pública. Chile registra la evaluación más crítica entre los 31 países medidos: un 68% describe la salud mental de los jóvenes como mala y un 42% la identifica como su principal desafío.

Por eso, probablemente no estamos observando un rechazo a la tecnología, sino una demanda por diferenciar aquello que consume atención de aquello que desarrolla capacidades. Es una señal de que la conversación está madurando.

Durante años nos preguntamos cuánto tiempo pasan los jóvenes conectados. Hoy la pregunta parece ser otra: ¿qué están haciendo mientras están conectados? La inteligencia artificial está acelerando ese cambio. A medida que las máquinas son capaces de responder preguntas, resumir información o automatizar tareas, las habilidades más valiosas dejan de ser la memorización o la repetición. Comienzan a ganar importancia el pensamiento crítico, la creatividad, la capacidad de formular buenas preguntas y el criterio para tomar decisiones.

Eso tiene implicancias profundas para la educación. El debate ya no debería centrarse únicamente en sí la IA entra o no a las salas de clase. La verdadera discusión es cómo preparamos a una generación que convivirá con esta tecnología durante toda su vida personal y laboral.

Quizás la señal más optimista del estudio es precisamente esa. Aun cuando existe preocupación por la salud mental, la seguridad y el entorno que enfrentan los jóvenes, la sociedad parece reconocer que no todas las tecnologías producen los mismos efectos. Y esa capacidad de distinguir entre riesgo y oportunidad será probablemente una de las competencias más importantes del futuro.

Porque el desafío ya no es desconectarse del mundo digital. El desafío es aprender a usarlo mejor. Y, en el caso de la inteligencia artificial, hacerlo de una manera que amplíe las oportunidades de las personas, en lugar de limitarse a capturar su atención.

Sobre el autor

Nicolás Fritis es CEO Ipsos Chile.

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