Resulta fundamental reforzar las infraestructuras del país para enfrentar inundaciones y, al mismo tiempo, impulsar proyectos que contribuyan a asegurar la disponibilidad de agua en el largo plazo.
En los últimos meses, Chile ha experimentado con mayor intensidad uno de los efectos más visibles del cambio climático: la alteración de los ciclos hidrológicos tradicionales. La alternancia entre sequías prolongadas y precipitaciones extraordinarias refleja una nueva realidad climática, donde fenómenos como El Niño pueden amplificar eventos extremos.
Frente a este escenario, las infraestructuras ya no pueden diseñarse únicamente sobre la base de promedios históricos. Se necesita incorporar criterios de resiliencia, adaptación y continuidad operacional que permitan responder a eventos cada vez más extremos, resguardando la seguridad de las personas, el funcionamiento de las ciudades y las actividades productivas.
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Chile refleja con claridad esta nueva dinámica. Tras cerca de 15 años de megasequía, este año, 2026, ha estado marcado por una seguidilla de eventos de precipitaciones extraordinarias. Sin embargo, estas lluvias no deben instalar una errada sensación de seguridad hídrica. La disponibilidad de agua seguirá condicionada por una creciente variabilidad climática.
Por ello, resulta fundamental reforzar las infraestructuras del país para enfrentar inundaciones y, al mismo tiempo, impulsar proyectos que contribuyan a asegurar la disponibilidad de agua en el largo plazo. Plantas desalinizadoras, sistemas de reúso de aguas tratadas, una mayor capacidad de almacenamiento y redes de distribución más eficientes serán herramientas clave para enfrentar la sequía en épocas de escasez hídrica y la abundancia de agua en períodos de lluvias extremas.
Chile tiene la oportunidad de avanzar hacia una planificación que incorpore sistemáticamente el análisis de riesgos climáticos desde las etapas tempranas de diseño. La experiencia demuestra que el costo de invertir en infraestructura más resiliente y adaptada a los nuevos desafíos que nos impone el cambio climático suele ser significativamente menor que las pérdidas económicas, sociales y humanas derivadas de una falla ante un evento extremo.
El Estado tiene un rol central en la definición de estándares y políticas que impulsen esta transformación. Las empresas, por nuestra parte, debemos aportar conocimiento técnico, innovación y capacidad de ejecución para materializar soluciones concretas. Porque la pregunta ya no es si el clima seguirá cambiando, sino si seremos capaces de anticiparnos con la infraestructura que el país necesita para enfrentar el futuro.
Sobre el autor:
Francisco López López es director de Infraestructuras de ACCIONA Chile.
Las opiniones expresadas son solo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes Chile.
