En Chile, esta evolución ya tiene una expresión concreta. Operaciones recientes de la Unidad de Crímenes Digitales de Microsoft identificaron más de 7.700 víctimas vinculadas a Lumma Stealer, Fox Tempest y RedVDS. Más que una cifra aislada, estos datos muestran la dimensión local de un fenómeno global y la necesidad de mirar la ciberseguridad como un asunto de continuidad operacional, confianza y protección de activos estratégicos.
Durante los últimos años, las organizaciones se han preguntado cómo incorporar inteligencia artificial para ser más productivas, eficientes y competitivas. Hoy esa pregunta quedó incompleta. La verdadera ventaja no estará solo en adoptar IA antes que otros, sino en hacerlo con la capacidad de proteger operaciones, datos e identidades en un entorno donde las amenazas también aprenden, se automatizan y escalan.
Esta no es una discusión futura ni exclusivamente tecnológica. La IA está acelerando tanto las oportunidades como las amenazas, y eso obliga a mirar la ciberseguridad como una condición para competir. Para los directorios y equipos ejecutivos, la pregunta ya no es solo si una organización debe innovar, sino si está construyendo las capacidades necesarias para hacerlo de manera segura, resiliente y sostenible.
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Esta nueva realidad también cambia la relación entre velocidad y preparación. Los atacantes pueden probar, adaptar y escalar sus métodos con una rapidez inédita, mientras muchas organizaciones todavía dependen de procesos lentos, equipos fragmentados o respuestas diseñadas para incidentes menos sofisticados. Esa diferencia de ritmo es uno de los mayores desafíos actuales: la defensa debe ser capaz de aprender, anticipar y coordinarse con la misma agilidad con que evolucionan las amenazas.
En Chile, esta evolución ya tiene una expresión concreta. Operaciones recientes de la Unidad de Crímenes Digitales de Microsoft identificaron más de 7.700 víctimas vinculadas a Lumma Stealer, Fox Tempest y RedVDS. Más que una cifra aislada, estos datos muestran la dimensión local de un fenómeno global y la necesidad de mirar la ciberseguridad como un asunto de continuidad operacional, confianza y protección de activos estratégicos.
Una de las tendencias más relevantes es el crecimiento de los infostealers, programas diseñados para extraer credenciales, contraseñas, tokens de sesión y otros datos desde los dispositivos de las víctimas. Esto modifica una premisa que durante mucho tiempo orientó la defensa digital: los atacantes ya no necesariamente necesitan entrar por la fuerza. Por eso, proteger la identidad, monitorear comportamientos anómalos y responder rápidamente ante el robo de credenciales debe estar en el centro de cualquier estrategia actual de seguridad.
La inteligencia artificial, sin embargo, no solo amplifica la capacidad ofensiva. También ofrece una oportunidad para fortalecer la defensa. La misma tecnología que permite reconocer patrones en grandes volúmenes de datos puede ayudar a detectar señales tempranas, priorizar alertas, identificar comportamientos inusuales y automatizar respuestas antes de que un incidente escale.
Las organizaciones que todavía dependen exclusivamente de controles estáticos, procesos manuales y respuestas fragmentadas tendrán cada vez más dificultades para enfrentar amenazas que operan de manera automatizada y adaptativa. Por eso, la defensa debe evolucionar hacia modelos capaces de anticipar, aprender y actuar con rapidez.
Esto obliga a revisar tres conversaciones al interior de las organizaciones. La primera es la conversación sobre riesgo: la ciberseguridad no puede seguir tratándose como un asunto exclusivamente técnico o como una partida presupuestaria que se activa después de un incidente.
La segunda es la conversación sobre liderazgo: directorios y equipos ejecutivos no necesitan convertirse en especialistas en malware, pero sí deben comprender cómo sus sistemas pueden ser vulnerados y cómo pueden ser protegidos.
La tercera es la conversación sobre cultura: ninguna estrategia de seguridad será suficiente si las personas no saben reconocer una suplantación, proteger sus credenciales o reportar una actividad sospechosa. La preparación de los colaboradores debe ser continua y conectada con situaciones reales.
Finalmente, está la conversación sobre colaboración. El cibercrimen no respeta fronteras ni sectores, por lo que ninguna organización puede enfrentarlo de manera aislada. El intercambio oportuno de inteligencia, la cooperación entre empresas y organismos públicos, la coordinación con las fuerzas del orden y la colaboración internacional son componentes esenciales de una defensa efectiva.
Y esta es justamente una de las experiencias más valiosas de mi reciente visita a Chile, donde compartimos conocimientos con alumnos de la Escuela Militar, policías, gremios empresariales y otros actores de la ciberseguridad que están activamente capacitando y trabajando con las organizaciones del país. En un contexto de mayor atención regulatoria y legislativa sobre la protección digital, esta articulación entre capacidades públicas, privadas y académicas resulta especialmente valiosa.
Este tipo de trabajo se refleja, por ejemplo, en las operaciones conjuntas con nuestros socios, respaldadas por una orden judicial, contra redes como Lumma Stealer, donde se logró incautar 1.400 dominios. Acciones de esta naturaleza demuestran que la disrupción requiere combinar capacidades técnicas, herramientas legales e intercambio de información. No se trata solo de bloquear una amenaza, sino de comprender su modelo operativo y afectar la infraestructura que la sostiene.
La pregunta, entonces, ya no es únicamente qué puede hacer la IA por una organización, sino qué debe hacer esa organización para protegerse en un mundo donde los atacantes también cuentan con ella. La respuesta exige orquestar tecnología, liderazgo, cultura y colaboración sobre bases sólidas de confianza. Innovar de manera sostenible dependerá de esa capacidad: avanzar más rápido, sí, pero también defenderse mejor.
Sobre la autora
Jimena Mora Corredor es Senior Corporate Counsel de la Unidad de Crímenes Digitales de Microsoft.
Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes Chile.
