Para aprovechar realmente estas capacidades se necesita información confiable y disponible, sistemas que puedan integrarse con facilidad y una arquitectura suficientemente resiliente y flexible para incorporar nuevas herramientas sin tener que reconstruir procesos cada vez.

La inteligencia artificial está avanzando rápido y está empezando a cambiar la forma en que las empresas operan, analizan información y toman decisiones. La discusión ya no es si va a tener un impacto, sino cuánto de ese potencial será capaz de aprovechar cada institución.

En la industria financiera, eso depende en buena parte de algo menos visible. Muchas organizaciones siguen operando sobre sistemas diseñados hace años, con información distribuida, integraciones complejas y procesos que todavía requieren intervención manual. Sobre esa base es posible incorporar herramientas de IA de manera puntual, pero resulta mucho más difícil integrarlas de manera profunda, eficiente y segura a la operación.

Para aprovechar realmente estas capacidades se necesita información confiable y disponible, sistemas que puedan integrarse con facilidad y una arquitectura suficientemente resiliente y flexible para incorporar nuevas herramientas sin tener que reconstruir procesos cada vez.

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Esta modernización no responde solamente a la AI. La industria financiera está enfrentando además cambios regulatorios y de mercado cada vez más exigentes. Por ejemplo, en Chile, las AFP se están preparando para pasar desde los multifondos a los fondos generacionales. El sistema financiero, al mismo tiempo, avanza hacia Finanzas Abiertas, con mayores exigencias de interoperabilidad, datos y seguridad.

Son cambios distintos, pero tienen algo en común. Una infraestructura rígida hace que cada nueva regulación, nuevo producto o necesidad operacional sea más lenta y costosa de implementar. Con el tiempo, el problema deja de ser solamente cuánto cuesta mantener sistemas antiguos y pasa a ser cuánto limita lo que la organización puede hacer.

Desde nuestra experiencia, una plataforma preparada para el futuro debería permitir absorber mayor complejidad sin aumentar proporcionalmente los recursos, automatizar procesos, integrar nuevas capacidades y entregar información oportuna para tomar mejores decisiones.

Esto es especialmente evidente en servicios financieros, aunque la reflexión probablemente aplica a cualquier industria. Lo que hoy parece suficiente puede transformarse rápidamente en una restricción cuando cambia el entorno.

Pero modernizar tampoco basta. La AI obliga a revisar procesos que muchas veces fueron diseñados para otra realidad y requiere equipos preparados para trabajar de una manera distinta. Tecnología, procesos y personas tienen que avanzar juntos.

Prepararse para el futuro no significa intentar anticipar exactamente qué viene. Significa construir una organización capaz de adaptarse cuando ese cambio llegue.

Sobre el autor

Sebastián Valenzuela es CEO de VMetrix

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