Los datos del estudio retratan una paradoja reveladora. Solo 10% declara el efectivo como su medio más cómodo, frente al 79% que prefiere la tarjeta; y, sin embargo, su valoración sigue siendo alta. La razón es que tarjetas y efectivo no son completamente opuestos, sino que guardan un grado de complementariedad.

Chile atraviesa una transición acelerada hacia los pagos digitales. Las tarjetas se consolidaron como el principal instrumento de pago cotidiano, mientras el uso del dinero físico retrocede en el gasto diario. Esa caída, sin embargo, no implica una pérdida de legitimidad: existe un amplio consenso ciudadano por mantener el efectivo disponible. Un nuevo estudio de la Universidad del Desarrollo (UDD) y Denaria Chile lo confirma: 92% de los chilenos sostuvo que el efectivo debería seguir siendo una opción de pago disponible para las personas.

Los datos del estudio retratan una paradoja reveladora. Solo 10% declara el efectivo como su medio más cómodo, frente al 79% que prefiere la tarjeta; y, sin embargo, su valoración sigue siendo alta. La razón es que tarjetas y efectivo no son completamente opuestos, sino que guardan un grado de complementariedad. El efectivo se concentra donde lo digital no llega del todo: entre los segmentos menos digitalizados y en espacios como las ferias libres y los mercados, el transporte y la locomoción, las compras de bajo monto y las propinas. En esos ámbitos, el efectivo no compite con la tarjeta: cubre lo que ella no alcanza.

La pregunta correcta, entonces, no es “¿efectivo o digital?”, sino cómo lograr que ambos se complementen. Esa complementariedad se sostiene en tres funciones. La primera es la inclusión: el dinero físico es especialmente importante para las personas de mayor edad y de niveles socioeconómicos más bajos, y la distinción entre bancarización, alfabetización digital y uso autónomo revela una capa de población formalmente habilitada, pero no necesariamente en lo funcional, para el uso de herramientas digitales.

La segunda es la resiliencia. Casi tres de cada diez chilenos declaran tener problemas con los pagos digitales algunas veces o frecuentemente, y la experiencia internacional del apagón ibérico de 2025 y el caso sueco, así como la propia vulnerabilidad de Chile a las catástrofes naturales, muestran que el efectivo es la única infraestructura de pago que opera cuando las redes fallan.

La tercera es la libertad de elección. Defender el efectivo no significa fomentar su uso, sino garantizar el derecho a usarlo: mantener abierta la opción para quien la necesite, con independencia de cuánto se recurra a ella. Ese matiz es clave, porque permite conciliar la defensa del efectivo con el avance de la digitalización en lugar de oponerlos, y resguarda sobre todo a quienes hoy dependen del dinero físico sin frenar a quienes prefieren lo digital.

Esta paradoja no es exclusiva de Chile. En la zona euro, pese a la caída del efectivo en el punto de venta, un 62% considera importante mantener la posibilidad de pagar con él (Banco Central Europeo, 2024); y en España el 83% está en contra de que el efectivo desaparezca (GAD3 y Denaria, 2025). El respaldo al efectivo, aun donde su uso es bajo, es un fenómeno estructural.

El desafío para Chile es dual: evitar que la inercia de la digitalización excluya a quienes aún dependen del efectivo y preservar la resiliencia del sistema sin frenar las ganancias de eficiencia de lo digital. La oportunidad está en abandonar el marco binario —efectivo contra digital— y adoptar uno de complementariedad, donde el efectivo no compite con lo digital, sino que lo respalda.

Su rol futuro es menos el de un medio de pago masivo y más el de una infraestructura de respaldo y un piso de inclusión garantizado. La política pública puede avanzar en dos carriles: garantizar el acceso al efectivo y cuidar que siga siendo una opción práctica, y tender puentes de transición digital para quienes dependen del dinero físico.

Sobre los autores

*Daniela Leitch, directora ejecutiva del CIES UDD y Fernando Yáñez, CEO de Denaria Chile

Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes Chile.