Mientras el bienestar cuenta con un fuerte apoyo directivo, con niveles de compromiso que se ubican entre 71% y 75%, ese respaldo todavía no se traduce en un sistema capaz de demostrar su aporte.

El bienestar corporativo chileno tiene un problema de medición, no de recursos. Las empresas arman programas y asignan presupuesto, pero nadie determina qué logró esa inversión, y Mercer WellCheck Pro, la herramienta de diagnóstico que usamos para evaluar la madurez de las compañías chilenas en esta materia, confirma que ninguna de las organizaciones analizadas llega a cuantificar el retorno de lo que destinan a estas iniciativas.

Los números reflejan que se prefiere seguir invirtiendo, evitando comprobar si lo que se hace realmente funciona. La brecha se hace evidente al seguir el recorrido de ese gasto: 82% de las empresas evaluadas tiene un programa de bienestar integral, 77% cuenta con financiamiento aprobado y 71% dispone de una política formalizada, mientras un 47% mide la experiencia de sus colaboradores y apenas un 24% evalúa el impacto. Esto constata que las compañías saben cuánto gastan y qué ofrecen, pero tienen menos certezas sobre los resultados que obtienen.

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Este vacío cobra mayor relevancia al considerar el peso que los propios trabajadores le dan a estas prestaciones. El estudio regional Health on Demand 2025 de Mercer muestra que un 46% renunciaría a un aumento salarial de 10% a cambio de mejores beneficios y un 29% haría lo mismo por una mejor atención y cobertura médica. Si las personas les atribuyen ese nivel de importancia, es difícil justificar que las organizaciones otorguen recursos, pero sin saber qué efectos consiguen.

Ahí surge una contradicción más profunda. Mientras el bienestar cuenta con un fuerte apoyo directivo, con niveles de compromiso que se ubican entre 71% y 75%, ese respaldo todavía no se traduce en un sistema capaz de demostrar su aporte. El tema ya ganó espacio en la agenda ejecutiva, pero el desafío ahora es convertir esa voluntad en objetivos e indicadores concretos.

A esto se suma cuánto conocen las compañías a sus colaboradores, ya que el diagnóstico muestra que un 47% no ha identificado grupos con necesidades y preferencias distintas, mientras un 24% cuenta con esa segmentación, pero no la tiene conectada con su propuesta de valor, y solo un 12% declara tener arquetipos definidos y alineados. Sin ese entendimiento, los beneficios se enfocan en un colaborador promedio que no representa a toda la organización, sin ajustarse a lo que las personas valoran.

Una estrategia de bienestar madura parte por definir qué resultado busca y a qué colaboradores debe llegar, para luego observar si los beneficios efectivamente responden a ese objetivo. Eso permite dejar de administrar un portafolio por inercia y empezar a distinguir qué programas justifican los recursos que reciben, y dónde existen carencias que todavía no están siendo abordadas.

Ahí está el cambio que necesita el bienestar corporativo en Chile. El siguiente paso es usar la evidencia para decidir qué iniciativas mantener y dónde concentrar recursos. Cuando una organización entiende y comprueba el aporte de los beneficios que ofrece, el presupuesto que se asigna a los beneficios deja de ser una mera declaración de buenas intenciones para convertirse en un activo estratégico permanente.

Sobre la autora

Marcela Ávalos es Subgerente de Consultoría en Beneficios, Mercer Marsh Beneficios

Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes Chile.