Mientras gran parte del debate sigue concentrado en el uso de asistentes conversacionales o en la automatización de tareas, los países que lideran esta revolución están invirtiendo en algo mucho más profundo: capacidades propias para desarrollar, adaptar y gobernar modelos de IA fundacional.
Durante los últimos treinta años, Chile apostó por desarrollar infraestructura para integrarse a la economía digital. Expandimos la conectividad, modernizamos las telecomunicaciones y avanzamos en la digitalización del Estado. Ese esfuerzo fue fundamental para competir en la economía de Internet. Sin embargo, el reto que hoy enfrentamos es diferente: la infraestructura estratégica ya no estará compuesta solo por redes, sino también por capacidades de inteligencia artificial.
Mientras gran parte del debate sigue concentrado en el uso de asistentes conversacionales o en la automatización de tareas, los países que lideran esta revolución están invirtiendo en algo mucho más profundo: capacidades propias para desarrollar, adaptar y gobernar modelos de IA fundacional.
Un modelo fundacional es una tecnología de propósito general, entrenada con grandes volúmenes de información y adaptable a múltiples tareas. La IA soberana, en cambio, no es un tipo de modelo: es la capacidad de decidir qué tecnología se utiliza, dónde se procesan los datos, cómo se auditan sus resultados y cómo se evita depender de un único proveedor.
El paso siguiente son las operaciones cognitivas: sistemas capaces de comprender el contexto de una organización, aprender de sus datos y reglas, proponer o tomar decisiones con trazabilidad y ejecutar acciones sobre procesos reales. Es el cambio desde una IA que responde preguntas hacia una inteligencia que ayuda a operar empresas, infraestructura y servicios públicos. Ahí se construye independencia cognitiva.
Chile no parte de cero. Ya cuenta con una Política Nacional de Inteligencia Artificial, un plan de acción, un Plan Nacional de Data Centers y la experiencia de Latam-GPT. El desafío no es anunciar otra política general, sino articular estas piezas con responsables, plazos, presupuesto y resultados medibles.
Esto exige mucho más que enseñar a usar asistentes. Las empresas y startups deben aprender a preparar datos, adaptar y evaluar modelos, conectarlos con sus sistemas y transformar resultados en decisiones y acciones medibles. También debemos demostrar a la inversión extranjera que Chile no es solo un lugar donde instalar servidores: podemos procesar datos, desarrollar inteligencia especializada y ejecutar soluciones desde el país. La inversión que necesitamos debe transferir tecnología, formar talento y crear capacidad productiva local.
Chile no necesita competir con Estados Unidos o China entrenando, a cualquier costo, el modelo más grande. El camino razonable es híbrido: contratar tecnología de frontera cuando sea eficiente, adaptar modelos abiertos a necesidades locales y construir capacidades propias donde estén en juego datos, conocimiento o decisiones críticas. Independencia no significa aislamiento; significa poder elegir, migrar, auditar y seguir operando.
La próxima brecha no será entre quienes usan o no un asistente de IA. Será entre los países que arriendan inteligencia y aquellos capaces de construir, gobernar y acumular conocimiento propio. Chile ya tiene varias de las piezas. Es tiempo de integrarlas y ejecutarlas como una política de Estado.
Sobre el autor
Aaron Cassorla es CEO y Co-Fundador de Omnix
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