Mientras la agricultura utiliza cerca del 70% del agua extraída a nivel global, más de un tercio de los alimentos producidos se pierde o desperdicia a lo largo de la cadena alimentaria.
Cada 17 de junio, el Día Mundial de Lucha contra la Desertificación y la Sequía nos recuerda una realidad cada vez más evidente: el agua es un recurso finito cuya disponibilidad está bajo una presión creciente. El avance de la crisis climática, la degradación de los suelos y la escasez hídrica amenazan la producción de alimentos y, con ello, la seguridad alimentaria de millones de personas en el mundo.
Sin embargo, existe una contradicción que rara vez ocupa el centro de esta discusión. Mientras la agricultura utiliza cerca del 70% del agua extraída a nivel global, más de un tercio de los alimentos producidos se pierde o desperdicia a lo largo de la cadena alimentaria. En otras palabras, no solo estamos botando comida: también estamos desperdiciando enormes cantidades de agua, suelo, energía y trabajo humano.
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La desertificación y la sequía suelen abordarse desde la gestión hídrica, la infraestructura o la adaptación de los sistemas productivos. Y, sin duda, todos esos esfuerzos son indispensables. Pero reducir el desperdicio de alimentos también debe formar parte de la solución. Cada alimento que evitamos perder representa agua que no fue utilizada en vano y recursos naturales que no fueron explotados innecesariamente.
En Chile, esta realidad es especialmente urgente. El estrés hídrico lleva años condicionando el desarrollo de distintos territorios y, según destacó la FAO a fines de 2025, el país sigue enfrentando los efectos de más de quince años de megasequía, acompañados por una disminución sostenida de las precipitaciones, el retroceso de los glaciares y el aumento de las temperaturas. Sus consecuencias ya son visibles en los hogares, los ecosistemas y las actividades productivas.
En este contexto, combatir el desperdicio alimentario es mucho más que una acción de eficiencia o solidaridad. Es una respuesta concreta a la crisis hídrica que enfrentamos. Cada tonelada de alimentos desperdiciados implica también miles de litros de agua perdidos innecesariamente. Y cuando la escasez avanza, cuidar el agua deja de ser solo una tarea ambiental para convertirse en una prioridad sanitaria, económica e, incluso, geopolítica.
Si queremos enfrentar seriamente la desertificación y la sequía, debemos entender que la solución no termina en producir mejor. También pasa por valorar mejor aquello que ya producimos. Porque en tiempos de escasez, desperdiciar alimentos es un lujo que ni Chile ni el mundo pueden permitirse.
Sobre el autor
Natalia Paredes es gerente general de Cheaf Chile.
Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes Chile.
