Durante mucho tiempo, la conversación sobre IA estuvo dominada por la promesa de eficiencia, automatización y productividad. Y esa promesa es real. Las empresas ven oportunidades concretas para aumentar ventas, reducir tiempos, optimizar procesos y mejorar la experiencia de clientes y colaboradores. Sin ir más lejos, de acuerdo con el Índice de Tendencias Laborales 2026 de Microsoft, el 58% de los usuarios de IA afirma que hoy logra producir trabajos que no habría podido realizar hace apenas un año, lo que evidencia el impacto de esta irrupción.

Cuando un directorio empieza a preguntarse cómo adoptar inteligencia artificial (IA) y no solo si debe hacerlo, algo importante ya ocurrió. Esa pregunta que parece básica es en realidad una decisión estratégica sobre qué tipo de organización se quiere ser, a qué ritmo, qué valor se quiere generar, con qué límites y alrededor de qué conversaciones.  

Esto implica un cambio de enfoque. Durante mucho tiempo, la conversación sobre IA estuvo dominada por la promesa de eficiencia, automatización y productividad. Y esa promesa es real. Las empresas ven oportunidades concretas para aumentar ventas, reducir tiempos, optimizar procesos y mejorar la experiencia de clientes y colaboradores. Sin ir más lejos, de acuerdo con el Índice de Tendencias Laborales 2026 de Microsoft, el 58% de los usuarios de IA afirma que hoy logra producir trabajos que no habría podido realizar hace apenas un año, lo que evidencia el impacto de esta irrupción.

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Pero hay una segunda pregunta especialmente relevante que llega con fuerza a nivel de directorio: ¿estamos preparados para capturar ese valor hoy? ¿Podemos responder rápidamente ante los cambios del mercado? Porque la IA no opera en el vacío. Se alimenta de datos, se integra en procesos críticos, interactúa con personas y amplía la superficie de exposición digital de las organizaciones. Por eso, tratar la inteligencia artificial solo como una iniciativa de innovación es un error.

En mi experiencia, muchas organizaciones enfrentan tres cuestiones iniciales. La primera es por dónde empezar. Existe interés, sentido de urgencia y disposición a avanzar, pero no siempre claridad sobre cuál debe ser el primer paso. La segunda es cuál es el valor concreto para el negocio. Los líderes necesitan indicadores claros, ya sea en crecimiento, productividad o eficiencia. La tercera, y quizás la más desafiante, es cómo gestionar el cambio organizacional y cultural que esta transformación exige.

Por eso el rol del directorio se vuelve decisivo; no porque sus miembros deban dominar todos los aspectos técnicos, sino porque les corresponde hacer las preguntas estratégicas y el análisis de riesgo que permiten una adopción responsable, sobre todo teniendo en cuenta que muchas veces los riesgos de seguridad suelen ser invisibles hasta que ocurre un incidente. Y cuando eso pasa, el impacto no es solo tecnológico, puede afectar la continuidad operacional, la confianza de los clientes, la reputación de la marca e incluso la capacidad de la empresa para capturar el valor que esperaba obtener de sus inversiones digitales. Esto es parte de la responsabilidad propia de cualquier directorio.

Y es que la relación entre IA y ciberseguridad no puede tratarse en momentos distintos. Innovar, proteger y ganar resiliencia deben avanzar de forma integrada desde el diseño, porque sin una estrategia sólida de seguridad, la confianza, y por ende el valor y el crecimiento se debilitan. Según el Data Security Index de Microsoft, solo el 47% de las organizaciones afirma estar implementando controles de seguridad específicos para la IA generativa. Al mismo tiempo, ya el 29% de los empleados ha recurrido a agentes de IA, no autorizados por su empleador para realizar tareas laborales.

A esto se suma un factor decisivo: la cultura. Como indica el citado Índice de Tendencias Laborales 2026, aunque el 65% de los usuarios teme quedarse atrás si no usa IA para adaptarse rápidamente, el 45% se siente más seguro concentrándose en los objetivos actuales que rediseñando el trabajo con IA. Barreras como el desconocimiento tecnológico, el temor al reemplazo laboral o las dudas sobre la seguridad de los datos muestran que el desafío, además de incorporar herramientas, es preparar a las personas para usarlas de forma segura y responsable.  

Esa es una tarea de liderazgo. Los directorios deben ayudar a instalar una visión que conecte innovación con confianza, transformación con responsabilidad, velocidad con gobernanza. Cuando esa conversación se eleva a nivel ejecutivo, la organización deja de ver la IA como una moda o un experimento aislado y comienza a tratarla como lo que realmente es: una capacidad estratégica.

La pregunta con la que empezamos, cómo adoptar IA, es también la que distinguirá a las organizaciones que sean exitosas de las que solo la adopten. No por las herramientas que escojan, sino por la velocidad y agilidad con la que puedan responder a los cambios del mercado y la calidad de las conversaciones que sean capaces de sostener: sobre datos, sobre riesgos, sobre cultura, sobre el tipo de liderazgo que este momento exige.

Esta es hoy la responsabilidad más grande de un directorio, la ética, los valores, lo que tiene que prevalecer en la toma de decisiones es más humano que nunca.

Sobre el autor: 

Paula Suárez, directora de soluciones técnicas en Microsoft Latinoamérica.

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