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Chile ante una economía global en “K”

Chile se enfrenta así, en el 2022, a problemas globales que comparte con el resto de las economías

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Santiago de Chile. Foto: Pexels.

Una de las cosas más interesantes de mi reciente visita a Chile, a mediados de mayo, ha sido comparar el entorno económico actual con el de mi anterior visita a Santiago, a principios de diciembre de 2019. El mundo ha vivido, entre esas dos fechas, un episodio muy traumático: la pandemia, que ha dejado secuelas duraderas en la sociedad. Chile tiene que gestionar hoy, igual que el resto del mundo, esas secuelas, junto a sus problemas particulares.

A fines de 2019 Chile estaba preocupado por los disturbios callejeros, que habían perturbado por primera vez en muchos años la paz social y amenazaban la estabilidad institucional, pero la economia global disfrutaba de un crecimiento bastante solido, había un escenario monetario muy amable y no parecía haber nubes en el horizonte. China crecía a doble dígito, impulsando el crecimiento global y la inflación llevaba más de una década sin hacer acto de presencia, pese a las políticas monetarias ultra expansivas de dinero barato practicadas por la FED y otros Bancos Centrales. De alguna manera el mundo creía haber encontrado definitivamente la fórmula para conseguir un crecimiento estable sin tensiones ni desequilibrios.

La pandemia ha cambiado ese idílico escenario, y tras la euforia inicial que creó la aparición de las vacunas, hoy la amenaza de una desaceleración global se suma a la realidad de una inflación desbocada que apareció en verano de 2021 como una subida de precios aparentemente transitoria, pero que está demostrando ser más persistente y estructural de lo que inicialmente se pensaba.

La guerra de Ucrania ha empeorado aún más esa combinación de crecimiento e inflación, provocando algo más de inflación y algo menos de crecimiento y añadiendo un nuevo factor de preocupación a la incertidumbre global, al emerger Rusia en escena y reclamar su papel en el nuevo orden global post pandemia. Es difícil cuantificar cuánto más de inflación y cuánto menos de crecimiento provocará este conflicto, pero lo que sí podemos afirmar sin ninguna duda es que, aunque occidente gane finalmente la batalla a Putin, el golpe a la economía ya se ha producido.

Chile se enfrenta así, en el 2022, a problemas globales que comparte con el resto de las economías, además de tener que lidiar con sus propios problemas domésticos. El proceso de elaboración de una nueva Constitución y el comienzo de un nuevo gobierno cuyo programa contiene no pocos elementos de indefinición no aparecen, por tanto, en el mejor momento posible para Chile. La economía china, que es el principal mercado de exportación para Chile, se desacelera a gran velocidad, y puede entrar incluso en PIB negativo este segundo trimestre del año. A diferencia de 2008, cuando China estimuló su economía y ayudó al resto del mundo a salir de  la  crisis provocada por la quiebra de Lehman, ahora no cabe esperar que el gobierno chino tenga ni en este contexto  la intención ni los recursos necesarios para rescatar a otras economías, y se conformará, si puede, con salvar la suya propia.

En este contexto la FED ha iniciado, tal vez demasiado tarde, el proceso de normalización monetaria, cuyo objetivo es devolver los tipos de interés a su nivel normal y retirar del mercado la liquidez extra que se había inyectado en el 2020 para sostener a una economía confinada. El  mantenimiento de esa liquidez y de esos tipos de interés artificialmente bajos no tiene ningún sentido en una economía que vuelve a la normalidad. El Banco de Chile se había anticipado iniciando a partir del pasado verano, correctamente, un proceso de subida de tipos de interés que está siendo muy intenso y acelerado. El temor es que esta subida del precio del dinero pueda afectar de forma importante al crecimiento económico chileno, que de hecho este año 2022 va a experimentar una fuerte caída desde los elevados niveles de 2021.

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No todo son noticias negativas, sin embargo. Por un lado, es difícil que la FED y los restantes Bancos Centrales lleven hasta el final su ambicioso plan de normalización monetaria. Unas economías tan endeudadas y crecientemente subsidiadas como lo son la economía norteamericana y europea actuales no son compatibles con un endurecimiento monetario completo, y el nuevo contrato social posiblemente exija cierto nivel permanente de asistencia financiera a la economía por parte de los Bancos Centrales, que pueden verse obligados a soportar niveles de inflación algo superiores a los que desearían.

Pero además, y esto es mucho más importante que lo anterior, la pandemia ha acelerado y ha hecho irreversible el modelo económico de innovación disruptiva permanente, la economía post Covid es una economía inmersa en lo que el economista austriaco Joseph Schumpeter llamó la “destrucción creativa” , un proceso casi darwinista en el que los países, empresas y sectores que sepan innovar, tomar las medidas oportunas y hacer las reformas necesarias para dar solidez a su economía, van a ser ganadores. Solo que en el siglo XXI los ganadores son exponenciales y los perdedores también lo son, generando una divergencia entre ambos, en forma de “K” que lleva a los perdedores hacia la desaparición o la irrelevancia, a pesar de las redes de asistencia social establecidas. Saber elegir bien las empresas en las que invertir es fundamental para obtener retorno, y eso es lo que ha llevado a Renta 4 a estar en el número uno del ranking de rentabilidad de carteras publicado por El Mercurio varios años seguidos, con gran diferencia sobre el siguiente. Parte del acierto ha sido seleccionar buenas empresas chilenas, que han subido mucho.

Vamos a un mundo en el que una parte de la economía va a estar protegida y una parte de la población va a estar subsidiada, pero otra parte de la economía va a ser muy competitiva, innovadora y abierta al exterior, y quienes deseen crear valor deberán estar en la pata de arriba de la “K”. El premio a estar en esa pata de arriba de la “K” es muy atractivo, porque hoy el mundo tiene un PIB global de 100 trillones de dólares y ese es un tamaño de  economía nunca visto antes en la historia, que además irá aumentando poco a poco en el largo plazo, por el crecimiento de la población y de la productividad.

No somos catastrofistas ni apocalípticos, aunque a corto plazo la inflación, los cuellos de botella en los suministros, la crisis energética y la subida de los fletes y de las materias primas básicas son problemas que sumergen a la economía en un baño de realismo, frente al ingenuo optimismo , un tanto infantil, en el que se había instalado la sociedad post Covid, alimentada por un océano de dinero barato. El dinero va a ser algo menos barato y algo menos abundante, y eso está generando ya y va a seguir generando en el futuro ajustes como los que estamos viendo en las Bolsas y en otros activos.

En las proyecciones que hicimos en Renta 4 en diciembre de 2021, al presentar el informe de estrategia de 2022, planteábamos recortes para el S&P hasta los 3.700 puntos, porque los mercados daban ya claras señales de sobrevaloración en ese momento, desde el punto de vista del análisis fundamental. En el 2022 han llegado los ajustes, que pueden continuar, pero aunque las Bolsas caigan todavía un poco más, esos niveles seguirían siendo compatibles con un mercado alcista de largo plazo, porque la economía seguirá creciendo en el largo plazo aunque sea a ritmo moderado, y, sobre todo, porque seguirá siendo una economía de innovación permanente y de alta transformación disruptiva, en la que quienes sepan hacer las cosas bien van a crear mucho valor.

Este es el reto de Chile en el 2022 , crear valor a través de la innovación y la transformación.  A nuestro juicio, la mejor manera de afrontar el reto es con un modelo de capitalismo consciente basado en la iniciativa privada como motor básico de la creación de riqueza y de bienestar general, sin perjuicio del papel del Estado como redistribuidor y como garante de los servicios sociales y asistenciales propios de la sociedad del siglo XXI.

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Chile debe aspirar a estar en la pata de arriba de la “K” y los mercados financieros, son un aliado en ese objetivo y van a tener un papel muy importante en el siglo XXI, orientando las inversiones y orientando las políticas económicas, y ayudando a la economía y a la sociedad a superar los complejos retos del siglo XXI.

Juan Carlos Ureta.
*El autor es presidente de Renta 4 Banco.

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