El vino abre una nueva conversación sobre territorio, hospitalidad y cultura. Daniel Greve, responsable regional de The World’s 50 Best para Sudamérica, habla desde Santiago de Chile, primera capital latinoamericana en acoger la ceremonia de The World’s 50 Best Vineyards.

El vino dejó de ser solo un tema de barricas, taninos y notas de cata para adquirir cuerpo, a través de los años, como experiencia de alta hospitalidad, diseño y contemplación. Cuando Santiago de Chile de la bienvenida a la gran gala de The World’s 50 Best Vineyards 2026, el 16 de noviembre, el país no sólo celebrará esta evolución reflejada en sus bodegas, también el papel protagónico de los valles sudamericanos en el enoturismo mundial, y su potencial para proyectar la riqueza de la cultura vitivinícola y gastronómica de Latinoamérica.

La capital ha estado preparada desde hace varios años para un evento de esta relevancia, así lo afirma Daniel Greve, responsable regional de The World’s 50 Best para Sudamérica, quien desempeñó un rol fundamental para que Santiago se impusiera frente a postulantes de todo el mundo y se convirtiera en la primera capital de Latinoamérica en albergar la ceremonia de premiación de este listado que nació en el 2019.

Una de sus principales virtudes es estar rodeada de viñedos. Al desplazarse en auto desde el municipio de Vitacura hacia el sector precordillerano, como Peñalolén, en menos de una hora se llega a Viña Aquitania, un proyecto fundado por el reconocido enólogo Felipe de Solminihac junto a socios vinculados a importantes bodegas de Burdeos como Cos d’Estournel y Château Margaux.

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A poca distancia de la ciudad también se localiza Puente Alto, la capital de Cordillera, una de las provincias donde se elaboran algunos de los vinos más emblemáticos de Chile, como Viñedo Chadwick y Don Melchor (de Concha y Toro). A esto se suman las propuestas de viñas como Carmen y Santa Rita, abriendo un abanico que va desde etiquetas de gran prestigio hasta alternativas más accesibles.

EL PERSONAJE CENTRAL

En los últimos 15 años, dice Greve, todo lo que pasa con la vitivinicultura tiene que ver mucho más con el campo que con la bodega misma. El viñedo funciona como un gran purificador que atrapa el dióxido de carbono, un punto clave en la línea de la sustentabilidad que nos preocupa a todos.

Donde el agua es un recurso sumamente limitado, los viñedos están diseñados para que el fruto aproveche al máximo las virtudes del suelo y el clima. Se trata de cuidar cada gota, sabiendo que la parra necesita cierto estrés hídrico controlado para desarrollar un buen sabor.

“Cuando la planta sufre ese estrés, toma una decisión casi maternal: concentra toda su energía en la fruta en lugar del follaje para proteger la semilla y asegurar la preservación de la especie. Cuanto más pequeña es la uva, más se concentra esa esencia”.

El cronista gastronómico con más de dos décadas de trayectoria y apasionado de los vinos asegura que, además de manejar razonablemente el agua, las bodegas chilenas implementan programas de comercio justo, certificaciones orgánicas y prácticas biodinámicas.

“Se genera, así, un círculo virtuoso: si tu vecino se vuelve orgánico, también terminas transformándote para reducir el uso de agroquímicos”. Desde su experiencia, son pocas las bodegas de la región que han quedado rezagadas en la adopción de estas prácticas, las cuales se complementan con estrategias de economía circular y la creación de corredores biológicos para conservar la vegetación nativa.

Al integrar el entorno, la viticultura contemporánea se vuelve más diversa y adquiere la capacidad de autorregularse mediante su propia flora y fauna. “Al final, un viñedo equilibrado da como resultado vinos equilibrados”.

Dicho equilibrio, sin embargo, está íntimamente condicionado por la geografía. Chile ejemplifica esta relación a través de sus marcadas variaciones climáticas: un norte cálido, un centro-sur mediterráneo y un extremo sur de bajas temperaturas. En la franja central, la corta distancia entre la cordillera de los Andes y el Océano Pacífico ejerce una influencia directa sobre los valles. Esta configuración territorial define el carácter de la producción, originando vinos de montaña con estructura firme y exponentes costeros de perfil vibrante y salino.

Esta evolución agrícola y el profundo entendimiento del entorno han exaltado las cualidades de las creaciones enológicas de la región. En el pasado, ilustra Greve, las etiquetas chilenas y argentinas solían elegirse principalmente por ser opciones seguras y accesibles; en la actualidad son reconocidas por otros aspectos de valor. “La vitivinicultura latinoamericana contemporánea ha alcanzado un estándar de alta calidad, sumando un atributo que se ajusta a las dinámicas de consumo actuales: es una calidad rápidamente abordable”.

Esta característica marca un contraste claro frente a los clásicos europeos. A diferencia de los tradicionales vinos franceses, italianos o españoles, que suelen exigir años de guarda para mostrar su potencial, los exponentes sudamericanos no requieren de esa espera. Aunque conservan una excelente capacidad de envejecimiento, su gran atractivo radica en ser redondos, amables y expresivos desde su juventud.

VISIÓN HOLÍSTICA

“Si pruebas un buen vino, es muy probable que en tu próximo viaje quieras conocer exactamente el viñedo donde se produjo”, comenta Greve. Este creciente interés de las personas, así como la relación entre vino y territorio, han transformado también la manera en que algunas bodegas interpretan el turismo.

En los valles vitivinícolas de Chile, Argentina y Uruguay (particularmente alrededor de Canelones, Maldonado y Colonia), proyectos de distintas escalas han comenzado a abrir sus puertas con una mirada más amplia: espacios concebidos para el visitante, recorridos que explican el proceso con mayor detalle y propuestas gastronómicas que ponen en valor los productos y las tradiciones de cada lugar.

“Cuando una viña se abre al turismo de esta manera, en el fondo nos dice que, lejos de vender una botella, le interesa conectar con el viajero desde el origen, desde la tierra donde nace todo. Es una experiencia profunda que te vincula con la vida misma”.

Cuanto más integral es un proyecto, más sólida y natural puede ser su conexión con los entusiastas y conocedores. Aportar elementos que les permitan comprender el paisaje que lo hizo posible, conocer a quienes participan en su elaboración y descubrir la cultura que lo rodea es fundamental.

Esa es, precisamente, la perspectiva desde la cual se construye el listado The World’s 50 Best Vineyards. Greve subraya que la evaluación considera la experiencia del visitante en su conjunto —desde las catas y los recorridos hasta la hospitalidad, la arquitectura, la gastronomía, el entorno y la sostenibilidad— y no la calidad del vino.

Coronada como The World’s Best Vineyard 2025, Vik es un referente de esta visión. Ubicada en el Valle de Millahue, dentro del Valle del Cachapoal, en la Región de O’Higgins, la propiedad integra viticultura, arquitectura, sustentabilidad, gastronomía, arte y diseño. El proyecto comprende una extensa reserva natural, viñedos distribuidos en distintos microclimas, una bodega de arquitectura contemporánea y un espacio de hospedaje que permite prolongar la experiencia más allá de la degustación.

“El tour por los viñedos y la bodega es impecable y muestra todo el proceso, incluso el armado de las barricas. Es una rareza ver una tonelería dentro de la misma bodega: compran la madera cruda a un proveedor francés muy prestigioso y se encargan de todo, desde el tostado con maderas de árboles nativos caídos. Ahí es donde cobran sentido los conceptos de terroir y barrica”, explica el especialista chileno.

Este es, en esencia, un proyecto holístico: una propuesta donde el vino es el punto de partida de una historia mucho más vasta. Y ahí es donde Greve ve las oportunidades para América Latina.

“Porque el vino es eso: materia viva, naturaleza y territorio”. Es también la suma de múltiples decisiones y saberes que empiezan mucho antes de descorchar una botella. Por eso su futuro en Latinoamérica no solamente depende de producir grandes etiquetas, sino de contar mejor todo aquello que existe alrededor de ellas. El contexto parece especialmente fértil. Latinoamérica atraviesa un periodo de creciente visibilidad gastronómica y vitivinícola, con una agenda internacional que pone al continente en el núcleo de la conversación.

“Es muy potente y poderoso; prácticamente Latinoamérica va a tener la agenda de todo noviembre. El 4 arrancamos en Lima con la cumbre de The World’s 50 Best Restaurants; el 16 con The World’s 50 Best Vineyards en Santiago; y el primero de diciembre cerramos el año con la ceremonia de los Latin America’s 50 Best Restaurants en Guadalajara, México. [La región] está en uno de los mejores momentos”, concluye quien articula el trabajo entre el sector público y privado para posicionar a los destinos latinoamericanos en el mapa mundial del vino y la gastronomía.