El director del McKinsey Global Institute visitó el país para presentar “A Century of Plenty”, el libro que desafía el pesimismo global con datos de un siglo de prosperidad puestos en perspectiva y una pregunta incómoda: ¿qué pasa si el mayor problema del mundo no es la guerra, ni el cambio climático, sino que dejamos de creer en el progreso? Su mensaje va dirigido a quienes hoy tienen menos de 30 años.
Hay algo que Chris Bradley sabe perfectamente antes de abrir la boca: lo que va a decir va a sonar raro. “En este momento, tener una visión optimista del futuro se siente contracultural”, admite, casi como disculpándose. Pero Bradley no es un optimista ingenuo. Es director del McKinsey Global Institute (MGI), el think tank económico de la firma de consultoría más influyente del mundo, y llegó a Chile con números bajo el brazo.
El motivo de este, su segundo viaje al país, fue el lanzamiento de “A Century of Plenty: A Story of Progress for Generations to Come (Un siglo de prosperidad: una historia de progreso para las generaciones venideras)”, el libro que coescribió junto a sus colegas del MGI y que, en esencia, propone una tesis tan simple como provocadora: la humanidad tiene todo lo que necesita para que, hacia el año 2100, cada persona en el planeta viva con el estándar de vida de Suiza. O mejor.
La pregunta que trae el libro no es si eso es posible. Es si todavía creemos que lo sea. O, más precisamente aún, cómo hacer para que los jóvenes menores de 30 años —quienes nunca han vivido la prosperidad del pasado— puedan creer que es posible.
Y Chile, para Bradley, encaja perfecto en esa oportunidad.
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De nacionalidad australiana, Bradley cree que Chile y su país tienen mucho en común: las reservas de cobre para empezar. Y el libro de MGI sin duda dedica varias páginas a los desafíos de la crisis energética global y al rol que juegan yacimientos locales como La Escondida. Pero el argumento más agudo de Bradley sobre cómo llevar a Chile al estándar de la prosperidad no es sobre recursos ni sobre demografía. Es sobre memoria.
“¿Cuál es la experiencia vivida de un treintañero en tu economía?”, pregunta, y la respuesta es incómoda: un joven de 30 años en Chile hoy no vivió el período de alto crecimiento. Solo conoce, como adulto, la última década, en que Chile creció por debajo del promedio mundial.
“Yo recuerdo el Chile de alto crecimiento, y ni siquiera viví aquí”, dice. “Pero si tienes 30 años, nunca has experimentado a Chile como economía de alto crecimiento. ¿Por qué tendrías entonces en tu imaginario la idea de lo que se siente? Nunca lo has visto”.
La consecuencia de esa brecha generacional no es solo económica. Es política y cultural: es muy difícil construir un consenso pro crecimiento en una sociedad donde las generaciones más jóvenes no tienen referencia de lo que eso significa. La inversión paró. El dinamismo se fue. Y con ellos, también la imaginación de lo que Chile podría ser.
Para Bradley, ese es el nudo que Chile tiene que desatar. La fórmula del MGI es, en su versión más simple, la misma pregunta formulada de tres maneras: ¿cómo volvemos a ser una economía de alta inversión? ¿Cómo atraemos a grandes empresas para que hagan grandes cosas aquí? ¿Cómo hacemos que los mejores talentos quieran quedarse?
“Son todas la misma pregunta”, reafirma el investigador.
LA CRISIS QUE NADIE ESTÁ NOMBRANDO
Con un mundo en guerra, mercados volátiles y la inteligencia artificial amenazando con reemplazar trabajos antes de que nadie entienda bien cómo funciona, Bradley llega a sostener que el mayor problema global no es ninguno de esos. Es otra cosa.
“La mayor crisis que tenemos no es una crisis energética, ni una guerra, ni nada de eso”, dice. “La mayor crisis es lo que llamamos una crisis de esperanza”.
Los datos lo respaldan con una contundencia que incomoda. “Si le preguntas al estadounidense promedio si cree que la próxima generación estará mejor que la anterior, solo el 20% dice que sí. Al brasileño promedio, el 30%. Al francés promedio, apenas el 6%. Es un problema muy fundamental —dice Bradley—, porque no se puede construir un mundo en el que nadie cree”.
Esa frase se convirtió, según él mismo cuenta, en el proyecto central del libro: devolver la posibilidad del progreso al debate. No como consigna, sino como argumento.
CIEN AÑOS EN PERSPECTIVA
Para sostener ese argumento, Bradley y su equipo hicieron algo que pocos se toman el tiempo de hacer: mirar hacia atrás cien años completos. La excusa fue el centenario de McKinsey; el resultado, una radiografía de la historia económica moderna que desafía casi todos los relatos catastrofistas.
“En los últimos cien años, la economía global es 24 veces más grande que antes. Los ingresos promedio se multiplicaron por seis. Y se añadieron 40 años a la expectativa de vida”. Lo que hoy parece obvio —una tableta de penicilina por 20 centavos— fue durante décadas una promesa inimaginable.
Lo que más le importa a Bradley de esa historia no es el resultado, sino la trayectoria: enfatiza que no fue una línea recta. Hubo guerras mundiales, pandemias, crisis energéticas, revoluciones culturales. Y el progreso, en términos generales, sobrevivió a todas. “Nuestra conclusión es que el progreso fue bastante resiliente a los shocks. De hecho, a veces los shocks tuvieron el sorprendente efecto de generar aún más progreso”, asegura.
El ejemplo favorito de Bradley es el programa espacial Apolo en plena Guerra Fría. “Sin Sputnik, no hay Apolo”, dice. En el fondo, postula que lo que hoy parece competencia geopolítica amenazante puede ser, visto en retrospectiva, como una oportunidad.
EL PISO MÍNIMO: VIVIR COMO SUIZO
El corazón del libro es un ejercicio mental que Bradley describe con precisión matemática. Tomaron el país más rico del mundo con alto bienestar y cohesión social —Suiza, con un PIB per cápita superior a los 80.000 dólares, trenes puntuales y sin ejército— y se preguntaron: ¿podría cada ser humano en el planeta vivir así hacia 2100?
Y si bien el optimismo es una característica que cunde en el mundo del emprendimiento, y tiene a Elon Musk como uno de sus exponentes máximos, diciendo que la humanidad avanza hacia la prosperidad, Bradley esquiva la referencia y se queda con su data: “No necesito creer en ciencia ficción ni en viajes a Marte para creer en Suiza”, despeja. “El problema es que Suiza solo tiene 9 millones de personas. Apenas uno de cada mil seres humanos”, precisa.
Para que ese uno en mil se convierta en ocho mil millones, la economía mundial tendría que ser 8,5 veces más grande que hoy. Una cifra que suena absurda hasta que Bradley la descompone: no hay una sola restricción física —materiales, energía, alimentos, ideas— que lo haga imposible. La única restricción real, concluye, es humana.
Y para Chile, ese escenario futuro tiene una traducción concreta: “El ingreso per cápita de Chile subiría seis veces, y para 2100 Chile tendría el doble del ingreso que tiene Estados Unidos hoy”.
PARA QUIÉN ES EL LIBRO
Bradley es explícito al respecto: el libro no está escrito para los que ya creen en el crecimiento. Está escrito para los que dejaron de creer y para los jóvenes que solo conocen la crisis, la incertidumbre y el pesimismo como estado permanente. Para una generación que en Chile no tiene el recuerdo de lo que fue el auge.
“Los pesimistas no construyen el nuevo Chile”, dice, con una convicción que no suena a eslogan sino a diagnóstico. “El nuevo Chile lo construyen los optimistas”, sentencia.
Es, quizás, el argumento más viejo del mundo. Pero Bradley lo trae con 100 años de datos recolectados por el McKinsey Global Institute y la autoridad de quien ha visto demasiadas economías estancarse para saber que el problema casi nunca es la falta de recursos. Casi siempre es la falta de imaginación.
LA ECONOMÍA PESADA: EL COBRE Y EL LITIO
Chris Bradley tiene una lectura muy específica de por qué la posición del país en la economía global podría volverse estratégica en las próximas décadas, aunque no de la manera en que suele pensarse.
La clave está en lo que el MGI llama las “grandes arenas de la competencia”: 18 sectores —IA, robótica, electrificación, biofronteras— que ya concentran más de la mitad del crecimiento de capitalización bursátil mundial. Y hay algo que une a casi todas: son sectores “pesados”.
“Estamos acostumbrados a que la industria tecnológica sea invisible, algo que no puedes ver aunque sobrevueles una ciudad. Pero la economía de la IA es pesada”, dice Bradley. Un centro de datos a escala de gigawatt equivale, en términos de consumo energético, a un millón de hogares. Necesita cobre para conducir esa electricidad. Necesita litio para almacenarla en baterías. Necesita infraestructura física en cada país donde opere.
Eso cambia el debate energético de fondo. Hasta ahora, la discusión ha girado en torno a la transición energética como meta ambiental. Pero Bradley ve otra urgencia tomando forma: “¿Qué tan rápido podemos incorporar electricidad a nuestro sistema? Una economía de IA es, ante todo, una economía electrificada. Y esa electrificación no es abstracta: tiene peso, tiene forma y requiere exactamente los materiales en los que Chile es potencia mundial”.
LA IA COMO REEMPLAZO A LOS NACIMIENTOS
Hay un argumento en la visita de Bradley que va más allá del optimismo y que a Chile le debería resultar especialmente incómodo: la demografía.
El MGI mide el porcentaje de población en edad de trabajar en cada economía, y la trayectoria de Chile es una de las más pronunciadas de la OCDE. “Chile alcanzó su peak de población en edad de trabajar en los últimos años y descenderá mucho más rápido que el resto del mundo occidental y de la OCDE”, augura. La razón es simple: la natalidad cayó y los niños que no nacieron hace veinte años son los trabajadores que no habrá mañana.
“La IA en Chile no es un extra opcional”, dice Bradley con énfasis. “Es el ingrediente esencial y necesario para que una economía de alta productividad funcione con una demografía tan cambiante”. Dice que sin un salto de productividad real, la contracción de la fuerza laboral se convierte en una trampa sin salida.
Y esa productividad, advierte, no llegará importada desde California o Virginia en forma de suscripción de software. La IA tendrá una enorme huella energética e infraestructural en cada país donde opere. La forma en que cada economía la integre a sus procesos locales determinará si genera prosperidad real o simplemente desplaza empleos. Asegura que para Chile, con sus recursos y sus déficits, esa integración es una urgencia, no una opción.
