La médico veterinaria Marcela Delgado, fundadora y CEO de la biotech Sudvet, empezó formulando pócimas botánicas para su madre con cáncer y terminó reduciendo en un 75% los antiparasitarios y en un 50% los antibióticos en salmones. Su tesis es la llamada One Health —que la salud del animal, del humano y del planeta son una sola—. Su empresa hoy opera en tres continentes y está a punto de lanzar productos antienvejecimieto y antiestrés para personas.
Hace frío en la austral Puerto Varas. Marcela Delgado saca del refrigerador un frasco y lo mira a contraluz. Adentro hay un shot de su propia formulación: jengibre, limón, pimienta, tahina y hongo melena de león. Lo prepara en su cocina para quien lo necesite —una amiga que amaneció enferma, ella misma en temporada de estrés— y funciona con una lógica curativa que no tiene fronteras de especie: apagar la inflamación, encender la inmunidad, bajar el estrés oxidativo. Es exactamente la misma lógica con la que, a miles de kilómetros de esa cocina, protege a millones de salmones en las aguas frías del sur de Chile y de Noruega.
Esa continuidad —del pez al humano— es la tesis fundacional de Sudvet Corp., la biotecnológica que Delgado levantó desde cero y que hoy reduce de manera drástica el uso de antibióticos y antiparasitarios en una de las industrias más cuestionadas por sus prácticas sanitarias. Y es también el puente que la empresa está por cruzar: después de una década perfeccionando soluciones botánicas para peces, Sudvet prepara el lanzamiento de una línea de suplementos para personas. Para Delgado, no es diversificación. Es llegar, por fin, al destino que siempre tuvo a la vista.
“El concepto es lograr mejorar el One Health“, dice. “El bienestar y la salud del medio ambiente, de la humanidad, de los animales”, agrega.
One Health, se traduce como Una Sola Salud, y es un enfoque integral de la medicina humana, animal y ambiental que en los últimos años han adoptado organizaciones globales como OMS, FAO y WAHO.
UNA MUJER EN UN MUNDO DE HOMBRES
Delgado es de Punta Arenas. Entró a estudiar a la universidad a los 17 años, demasiado chica y sin certezas: le gustaba la química —tenía premios en olimpiadas y promedio 7-, pero la fórmula por la fórmula no la llenaba. “A mí me gustaba hacer lo que hago hoy: investigar y desarrollar algo más allá. Una medicina integral”, recuerda,
El primer año de Veterinaria viajó a Puerto Montt a mirar de cerca la industria del salmón. Hizo su práctica en el laboratorio Biovac, de la mano de Mario Puchi y Enrique Madrid, en una época en que las empresas no tenían veterinarios propios y dependían de laboratorios que prestaban asistencia técnica. Aprendió todo: desde una técnica de laboratorio hasta lo que ocurre en una planta de proceso. Empezó trabajando gratis. “Era por amor a lo que quería hacer”, define.
En 2001 ya era jefa de Producción y Salud en AquaChile, en la Región de Aysén: una de apenas cuatro o cinco mujeres en una industria de hombres, y una de las poquísimas con un cargo de responsabilidad. “Era una industria como la minería. Siempre me validé técnicamente, porque es difícil, y logré estar en este mundo de hombres y ser reputada”, dice.
EL CÁNCER QUE LO CAMBIÓ TODO
El punto de quiebre no llegó desde la industria, sino desde su casa. En 2007 su madre fue diagnosticada con un cáncer grado 3. Entre quimioterapias y radioterapias, Delgado —que había cursado además dos años de estudios de medicina— vio cómo los tratamientos derrumbaban la inmunidad de su madre: la línea blanca caía a niveles peligrosos. Y empezó a formular.
Buscó extractos vegetales en Australia, Japón y Estados Unidos, donde el campo estaba mucho más validado. Escribió correos, conectó laboratorios, mandó a su madre a hacerse exámenes afuera —”si en Chile evalúas 25 parámetros, allá puedes medir más de 350″— y fue componiendo un enfoque que bautizaría después como nutrición celular: usar la alimentación, los suplementos y el ambiente para modular qué genes se encienden y cuáles se apagan. Epigenética aplicada. Su madre, con un cáncer avanzado, se recuperó.
Esa experiencia fue el laboratorio involuntario de todo lo que vino. Delgado entendió que el estrés, la inflamación, la baja inmunidad y la enfermedad son un mismo círculo —”es lo mismo que nos pasa a nosotros y a los animales”— y que ese círculo se podía intervenir sin recurrir de entrada al fármaco. Cuando volvió a mirar a sus salmones, ya no vio peces: vio el mismo mecanismo celular esperando ser tratado con la misma inteligencia.
LA HEREJÍA BOTÁNICA
Trasladar esa convicción a la salmonicultura fue, durante años, un ejercicio de fe contra la corriente. Cuando Delgado empezó a hablar de bienestar animal —hacia 2010 y 2013, mucho antes de que el término entrara en la agenda de la industria— la respuesta osciló entre la incredulidad y la indiferencia. “Me decían: ¿y para qué?, si el pescado me lo voy a comer igual”, comenta. Ella respondía con biología: los peces tienen cortisol, lactato, dopamina, serotonina; se estresan, cambian de color, se enferman. Y ese estrés se traduce en más mortalidad, menor crecimiento y, tarde o temprano, en antibióticos.
Los primeros productos fueron, literalmente, un spa para peces: aditivos antiestrés que reducían la mortalidad y mejoraban el consumo de alimento durante el transporte. Pero el escepticismo más duro vino de la industria farmacéutica y de los reguladores. Delgado tuvo que construir desde cero el marco que no existía: trabajó con el SAG, Sernapesca y Directemar para instalar en Chile el concepto de producto no farmacológico, la categoría que permitiría a un fitogénico existir sin ser tratado como un medicamento. “Yo creé ese concepto acá”, asegura.
Su argumento nunca fue el reemplazo total del fármaco, y en esto es enfática: “Los fármacos son necesarios cuando son necesarios”. Su propuesta era la medicina integral —los botánicos como coadyuvantes, como estrategia preventiva, como forma de mejorar incluso la biodisponibilidad de un antibiótico cuando este resulta inevitable—. Y tenía un flanco científico que los fármacos de molécula única no podían cubrir: una planta aporta múltiples metabolitos que actúan sobre varios blancos a la vez, lo que dificulta que los patógenos generen resistencia.
El punto de inflexión tuvo nombre propio: Calibus, la primera estrategia botánica del mundo contra el Caligus, el piojo de mar que es la bestia negra de la salmonicultura. El parásito genera pérdidas de miles de millones de dólares al año entre Chile y Noruega —menor crecimiento, mayor mortalidad, más huella de carbono— y arrastraba, además, una creciente resistencia a los antiparasitarios tradicionales. Cuando Delgado mostró resultados, el primer mundo volteó a mirar. “Ahí Noruega empezó a estar encima”, recuerda. El SAG autorizó el producto en 2019 y en 2020 entró de lleno a los centros de cultivo.
La conquista, dice, una batalla por la credibilidad de una latina en mesas de directorio “casi de película”. “Éramos latinos: creían que no íbamos a cumplir”, cuenta. Su carta de negociación fue la sustentabilidad entendida en grande: dos tercios del planeta son agua. “Si ustedes quieren trabajar en sustentabilidad de verdad, es el ambiente acuático el que hay que cuidar”. Hoy, dice, son ellos los que vienen a buscarla.
LOS NÚMEROS DE UNA CONVICCIÓN
Sudvet nació en 2013 sin un peso de apoyo institucional. Delgado financió los primeros años a pulso: vendió su auto, vendió su casa de campo, sostuvo en paralelo hasta cinco pequeños negocios —ropa, quesos y papas del campo, repostería, productos de aromaterapia— y pidió préstamos familiares. Los ensayos en unidades experimentales validadas costaban decenas de miles de dólares cada uno, y buena parte los pagaba ella para poder demostrar lo que nadie más creía.
Trece años después, la empresa —de origen chileno y con base en Estados Unidos— es otra cosa. Un equipo de unas 47 personas repartido entre Chile, Estados Unidos y Australia. Una docena de formulaciones, con diez productos ya en el mercado y dos más en desarrollo. Presencia comercial en Noruega, Escocia, Irlanda, Islandia, Australia, Estados Unidos y Ecuador —este último, con un producto orientado al camarón—. Y una penetración que en Chile supera el 90% de las empresas salmoneras. Todo desarrollado, producido y comercializado por la propia compañía, que decidió internalizar la distribución tras una mala experiencia con un gran distribuidor internacional. En los últimos cinco años, Sudvet ha crecido en torno al 30% anual.
Los resultados sanitarios son su mejor carta de presentación. Según Delgado, la introducción de sus botánicos ha permitido reducir el uso de antibióticos en un 50% y el de antiparasitarios en un 75%, con mortalidades bajo el 5% y más de 2.000 millones de peces protegidos. Algunos centros ya cosechan con cero antibióticos. Este año, Sudvet ganó un premio de innovación por su proyecto “ciclo cero” y se incorporó como miembro de dos clústeres clave del rubro: el NCE Seafood Innovation noruego, con base en Bergen, y el escocés SAIC. En paralelo, abrió oficinas en Noruega y prepara su desembarco en Escocia.
Nada de esto, insiste, estuvo nunca en venta. Varias farmacéuticas han intentado comprar sus patentes. “Pero el activo más importante de Sudvet es la credibilidad, la visión. Mientras del otro lado haya solo un tema comercial, es difícil llegar a un acuerdo”, define.
DEL MAR A LOS HUMANOS
Sudvet prepara el lanzamiento de una línea de suplementos para humanos —desarrollada, como todo lo suyo, en Estados Unidos, con ingredientes de Australia, Nueva Zelanda y Japón— en un mercado, el del bienestar y la longevidad, que crece a tasas que la industria del salmón solo puede envidiar. Antienvejecimiento, inmunidad, antioxidantes, concentración, sueño. Las mismas familias de compuestos, la misma lógica de nutrición celular que ya probó en peces y, antes que en peces, en su propia madre.
Para Delgado, este no es un giro de negocio: es el cierre del círculo. “Yo quiero dedicarme, cuando sea vegetal, a esto”, dice, medio en broma. “Pero primero tengo que sacar a estos hermanos adelante” —los peces— “para que bajen los antibióticos y se entienda”. Una sola salud, tres continentes y más de dos mil millones de peces respaldan su mirada.
