Su papá fue de los principales exportadores de zapatos de cuero chileno en los 80 y, luego de estudiar, Gianina Rodríguez decidió entrar a la fábrica para recuperar el negocio familiar e iniciar otro bajo sus propias reglas.
Fue la única de tres hermanos que se dedicó a darle continuidad al negocio de su padre: la zapatería. Y cuando este murió, hace un año, se cuestionó si se había metido en la industria de zapatos de cuero por honor a su padre o por ella: “Lo hice y lo sigo haciendo por mí. Es lo que me gusta y había un sello, pero yo también construí algo propio, que es mi marca“, responde Gianina Rodríguez, la fundadora de Giani Dafirenze, en entrevista con Forbes Chile.
En los años 80, Juan José Rodríguez fundó la fábrica de zapatos de cuero chileno ‘Joao’, que en su temporada más exitosa llegó a producir cerca de 1.000 pares diarios y a tener a más de 200 empleados. Desde allí se exportaban a México, Estados Unidos y algunos países de Europa.
“El olor a cuero es el olor de mi papá. Cada día, cuando llegaba a la casa, era este olor como cuando abres una caja de zapatos: cuero, pegamento”, recuerda Rodríguez. Ella estudió ingeniería comercial en la Pontificia Universidad Católica, pero siempre amó el diseño y tomaba cursos cada verano en Buenos Aires. Coleccionaba revistas de moda, diseñaba su ropa y le encantaban los colores, lo que posteriormente fue uno de los diferenciadores de su marca para salir de los tradicionales negro y café que usaba su papá en los zapatos.
LA CASI QUIEBRA Y TRANSFORMACIÓN DEL NEGOCIO
A principios de los 2000, la fábrica Joao estaba tocando fondo. Sólo exportaban y vendían a otros, pero cuando esos otros se dieron cuenta que podían traer material más barato y, por ende, vender más barato, empezaron a dejar de comprarle al papá de Gianina. De 200 empleados, pasó a tener 15 y la familia pasó a estar complicada financieramente. Todo empeoraba.
“Mi papá fue muy tardío en crear una marca y, luego, cuando la crea y nace Dafirenze, ya no tenía ni el capital, ni la energía que podría haber tenido al inicio”, cuenta. Fue entonces que, mientras estudiaba en la universidad, inició su trabajo en la fábrica como diseñadora para la marca y empezaron a lanzar zapatos de colores.
“Cuando diseñaba zapatillas eran unas locuras totales, con colores y nombres locos como ‘lúcuma a la crema’. Yo sentía que todo tenía que ser distinto, porque todo lo que había en Chile eran los mismos colores, los mismos zapatos, todo era aburrido. Entonces yo decía: ‘Papá, esto hay que cambiarlo, hay que diseñarlo de nuevo, hay que crear otro mundo”, dice la emprendedora.
Gianina se graduó en 2009 y empezó a trabajar en un banco, como responsable del área de convenios. “¿Qué hacía yo ahí?, es una pregunta que aún me hago”, se ríe. Duró allí un año y medio pero sabía que no era lo que le apasionaba. “Un día me llama mi papá y me dice: ‘¿Sabes qué? Dejemos el leseo y vente a trabajar conmigo y ayúdame a levantar esta empresa de una vez por todas. ¿Para qué renegáis de tu futuro, si a ti lo que te gusta son los zapatos? Si tú eres como yo'”.
GIANI DAFIRENZE

Gianina tenía la visión de diseñar una marca aparte, pero sabía que no era el momento. Primero tenía que volver a poner en marcha el negocio de su papá. La urgencia era capitalizar la empresa y le llegó una oportunidad: empezaron a hacerle los zapatos al retail, como Umbrale y París, y eso funcionó.
Luego llegó su momento. Participó en una agrupación de diseñadores emergentes, Monjitas Alamoda, y todo lo que llevaba, lo vendía: en un día podía vender 30 pares de zapatos y el stock se agotaba en horas. Fue así que nació Giani Dafirenze como sociedad en 2011, aparte de la empresa de su papá y despegaron sin tienda física, haciendo los zapatos en la fábrica de 300 m2, situada en Vicuña Mackenna con Avenida Matta, y un ecommerce.
“Con mi marido era como poner el pie para la casa propia, o hacer el e-commerce y nos fuimos por el e-commerce que nos duró como 3 años el desarrollo propio, después nos fuimos a Shopify”, relata.
En la actualidad el canal más importante de ventas de Giani Dafirenze sigue siendo el e-commerce, con el 60% de las ventas en todo Chile y, aunque en 2015 hicieron una inversión de 100 millones de pesos para abrir tienda física en el mall Casa Costanera, cerraron en 2020, tras la pandemia y ahora mantienen dos tiendas: en Parque Arauco y Cenco Costanera.
Hoy venden alrededor de 3.000 pares de zapatos mensuales y tienen una facturación entre los 180 – 200 millones de pesos mensuales, lo que los hace rentables aún cuando fabrican con cuero de proveedores chilenos en un 90% -la mitad de sus proveedores han quebrado- y sólo un 10% de China y Brasil para colecciones pequeñas y más económicas.
“Este año ha sido difícil. Es una industria sumamente golpeada y hoy día todavía compramos acá, pero la verdad es que estamos bien preocupados de estar viendo ferias y cosas para tener proveedores de afuera. Estamos mirando mucho Argentina y Brasil”, indica.
ENSEÑAR EL OFICIO

Para la emprendedora, hoy día los consumidores están valorando mucho más de dónde vienen los productos, cómo se hacen, de dónde salen los materiales con los que se fabrican y las consecuencias que conlleva. Por lo que, a pesar de los momentos duros, confía en que su marca siempre pueda salir adelante.
En este contexto, resalta la importancia del oficio del zapatero y su cruzada por recuperarlo. “Esta es una industria en donde son muy necesarias las manos y tienen que ser sumamente especializadas, y eso es un grave problema acá porque lo que veo es que la gente que trabajaba con mi papá, venían de familias de zapateros, pero ellos decidieron decirles a sus hijos que se fueran a estudiar a la universidad y no se dedicaran a esto. No hubo un recambio generacional”, subraya.
El próximo plan de Rodríguez es poder abrir la fábrica a otros que quieran conocer del oficio, ser parte, fabricar; desde el emprendedor que quiere hacer 200 pares para venderlo, a quizás alguien que quiera solo aprender.
Sin embargo, ella que es madre de dos hijos -uno de cinco años y otro apenas de tres meses-, quiere darles la misma libertad que le dio su padre a sus tres hijos. Y si es que se dedican a esto, sea por pasión.
“‘No me lo mejore, maestro’, le decía mi papá a los zapateros cuando le querían cambiar algo al zapato. Cuando él quiso cambiar mis colores yo también le dije lo mismo: ‘No me lo mejore, maestro’. Sin duda, esto lo hice por él, pero también por mí”, finaliza.

