Lejos de la nostalgia y con la lucidez que da la veteranía, Gordon Sumner, el legendario músico de The Police, desmitifica la jubilación y comparte su visión sobre el éxito, las pasiones intactas y la inevitable marcha del reloj biológico.
El 2 de octubre no es una fecha cualquiera en el calendario de la música rock. Gordon Matthew Thomas Sumner, universalmente inmortalizado como Sting, celebra su 75 cumpleaños.
Un momento vital que, para muchas estrellas, suele sugerir el sosiego del hogar, la calma de la jubilación y la mirada nostálgica hacia el retrovisor. Sin embargo, para el carismático líder de The Police, cumplir tres cuartos de siglo es simplemente otra estación en plena marcha.
Y es que está efeméride lo encuentra en un estado de forma envidiable: recorriendo el planeta con su inseparable bajo Fender al hombro, supervisando su propia producción vinícola entre las colinas de la Toscana y proyectando ese “aura” que conjuga la disciplina física y mental del yoga con la sensibilidad armónica del jazz y el pulso del rock.
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Porque, más allá de su silueta enérgica y de una trayectoria avalada por más de 100 millones de discos vendidos en todo el mundo, se encuentra la historia de superación de un chico de clase trabajadora del norte de Inglaterra: aquel que logró eludir el destino industrial y gris de los astilleros locales para formar parte de la banda sonora del último medio siglo.
De las brumas de los astilleros al olimpo del rock.
La biografía de Gordon Sumner dista mucho de haber comenzado en cuna de oro. Vio la luz el 2 de octubre de 1951 en Wallsend, un enclave industrial cercano a Newcastle. Su padre alternaba el reparto matinal de leche con la ingeniería naval, mientras su madre compaginaba su trabajo de peluquera con una discreta pasión por el piano.
De aquellos primeros años entre niebla y metalurgia perdura una imagen casi cinematográfica que el artista conserva grabada a fuego: “Un barco gigantesco al final de mi calle, elevándose por encima de las casas y tapando el sol”, recordaría tiempo después para la BBC.
En aquella comunidad obrera, el horizonte vital parecía sellado de antemano entre el carbón de las minas o la chapa de los muelles. Sin embargo, el destino tomó otro rumbo gracias a un instrumento olvidado: una vieja guitarra española que un tío suyo dejó en la casa familiar antes de emigrar.
Y es que, aunque Gordon se formó académicamente y ejerció durante dos años como maestro de escuela primaria, las noches pertenecían a la música. En garitos locales templó su técnica al bajo en formaciones de jazz como Phoenix Jazzmen y Last Exit.
Fue durante uno de aquellos directos donde nació la leyenda de su alias. El trombonista Gordon Solomon reparó en el jersey a rayas amarillas y negras que vestía el joven músico, bromeando con que parecía una avispa y rebautizándolo al vuelo como “Sting” (aguijón).
Y así, el apelativo se adhirió a su piel hasta borrar prácticamente su identidad civil: “Ahora es mi nombre. Mis propios hijos me llaman Sting”, admitiría años más tarde ante The Kennedy Center.
El punto de inflexión definitivo ocurrió a finales de 1976. El baterista estadounidense Stewart Copeland lo descubrió sobre un escenario de Newcastle y quedó magnetizado por la presencia y el singular registro agudo de aquel maestro reconvertido a bajista.
Con la incorporación del guitarrista Andy Summers, ‘The Police’ quedó formalmente constituido en 1977. Bajo el camuflaje estético de la emergente ola punk británica, el trío desplegó en realidad una sofisticada arquitectura sonora que entrelazaba el pulso del reggae, las texturas del dub y la melodía pop.
Aquel despegue, no obstante, tuvo que sortear estrecheces casi novelescas. Durante la grabación de su primer álbum, ‘Outlandos d’Amour’ (1978), la precariedad era tal que el grupo no disponía de fondos para comprar cintas vírgenes de grabación.
Décadas más tarde, Sting rememoraba la anécdota con franqueza y un punto de humor: “Fue un delito, pero no teníamos elección: simplemente no podíamos costear cinta de dos pulgadas. ¿Crees que todavía pueden procesarme por eso?”, confesaba en una charla con The Guardian.
Aquel trance inicial dio paso a un huracán de popularidad. Clásicos indiscutibles como ‘Roxanne’, ‘Message in a Bottle’, ‘Every Little Thing She Does Is Magic’ y el monumental ‘Every Breath You Take’ los catapultaron a llenar estadios por todo el planeta.
Pero el éxito masivo suele cobrarse su precio en la convivencia. En 1984, tras tocar techo con el aclamado álbum ‘Synchronicity’, las tensiones internas entre tres personalidades arrolladoras se hicieron insostenibles. Por eso, lejos de acomodarse, Sting decidió marcharse en la cima para emprender una brillante etapa en solitario.
El trío solo volvería a reunirse de forma efímera en 2007 para una gira mundial de despedida que congregó a 2,5 millones de espectadores. Fiel a su lucidez pragmática, el músico británico resumió aquel periplo sin adornos románticos: “Fue un ejercicio de nostalgia. Estábamos rentabilizando un activo, probablemente por última vez”.
Una fortuna de récord sin vocación de dinastía
En el terreno sentimental, la vida de Sting es hoy sinónimo de solidez, aunque sus cimientos se fraguaron en medio de la polémica. Corría 1982 cuando el cantante, casado con la actriz Frances Tomelty (quien acababa de dar a luz a la segunda hija del matrimonio), inició un romance con la productora e intérprete Trudie Styler, vecina y amiga cercana de Frances.
La inevitable separación y el voraz escrutinio de la prensa sensacionalista británica pusieron a prueba el naciente vínculo. No obstante, el tiempo se encargó de disipar el ruido: Sting y Trudie formalizaron su matrimonio en agosto de 1992 y hoy suman más de cuatro décadas juntos.
Lejos de edulcorar la convivencia, el propio artista desmitifica la fórmula de su longevidad afectiva: “Las relaciones no son fáciles, ni creo que sean particularmente naturales, pero nosotros tenemos la suerte de que realmente nos caemos bien”, confesaba con honestidad ante las cámaras de CBS News.
Esa misma lucidez estratégica la ha trasladado a los negocios. En febrero de 2022, Sting vendió la totalidad de su histórico catálogo musical (tanto sus obras en solitario como los clásicos firmados con The Police) a la multinacional Universal Music Publishing Group, por una cantidad estimada en unos 300 millones de dólares.
La operación impulsó su fortuna por encima de los 550 millones de dólares, según los balances de Music Business Worldwide, afianzándolo en la exclusiva cima de las grandes fortunas musicales británicas junto a referentes como Paul McCartney y Elton John.
Sin embargo, quien suponga que este inmenso caudal garantizará una vida de ocio perpetuo a sus seis hijos se equivoca de lleno. Marcado por la cultura del esfuerzo obrero que vivió en su infancia, Sting se ha mostrado inflexible ante el riesgo de criar sucesores acomodados.
“Les he dicho que no quedará mucho dinero porque lo estamos gastando. Tenemos muchos compromisos. Lo que entra, lo gastamos, y no queda mucho. Desde luego no quiero dejarles fondos fiduciarios que se conviertan en albatros alrededor de sus cuellos. Tienen que trabajar”, zanjaba el músico en The Guardian.
La premisa parece haber calado. Tanto sus dos hijos mayores (Joe y Fuschia), fruto de su unión con Frances Tomelty, como los cuatro que nacieron de su relación con Trudie Styler (Brigitte, Jake, Eliot y Giacomo), han construido sus propios horizontes profesionales en disciplinas como el cine, la música o las artes plásticas.
Sting desafía al retiro en su 75 aniversario.
A la par de su trayectoria musical, el compromiso cívico de Sting ha marcado su perfil público. El punto de partida de este activismo se remonta a 1989, cuando una travesía por el corazón de la cuenca amazónica tuvo un encuentro cara a cara con el emblemático líder indígena Raoni Metuktire.
De aquella experiencia surgió, impulsada codo a codo junto a Trudie Styler, la Rainforest Foundation: un proyecto pionero gracias al cual se han blindado millones de hectáreas de bosque tropical para proteger la biodiversidad y los derechos de las comunidades originarias.
Además de eso, en su día a día, el artista reparte sus temporadas entre la vida urbana de Londres y Nueva York y la serenidad de Il Palagio, una imponente villa del siglo XVI situada en las colinas de la Toscana (Italia), adquirida por la pareja a finales de los años noventa.
Lejos de ser un simple refugio vacacional, la finca es un proyecto agrícola vivo y sostenible donde producen vinos orgánicos y aceite de oliva virgen extra de reconocido prestigio internacional.
Y así, al alcanzar los 75 años, la palabra jubilación sigue sin encontrar hueco en su vocabulario.
Embarcado en su reciente gira de formato trío eléctrico, Sting 3.0, Gordon Sumner demuestra que la verdadera vitalidad no depende de la fecha que figure en el documento de identidad, sino de conservar la audacia para continuar reinventándose.
Realizado con información de EFE.
