Cómo un joven que perdió el rumbo encontró en la pasión, el trabajo y el propósito el motor que lo impulsó a desafiar la gravedad y convertir su vida en una obra de ingeniería humana.
La escena parece sacada de una película de ciencia ficción: dos espesadores mineros de 28.000 toneladas cada uno, hundidos catorce centímetros, siendo elevados mientras seguían operando. No hay efectos visuales ni dobles de riesgo. Solo ingeniería, propósito y una idea que parecía imposible.
Fue en 2025, cuando el grupo RS, la empresa fundada por Juan Pablo Rodríguez, marcó un récord mundial al lograr lo que nunca antes se había hecho en la historia de la minería estructural. “No se había hecho jamás”, dice Juan Pablo con serenidad. En su voz no habita la arrogancia, sino un asombro genuino. La misma que perdura cuando la pasión, el trabajo y el propósito convergen, y lo imposible, simplemente, se levanta.
El fuego heredado
Galeano decía que la humanidad es un mar de fueguitos. Hay gente de fuego sereno que ni se entera del viento, y gente de fuego loco que llena el aire de chispas. Algunos fuegos no alumbran ni queman; pero otros, otros arden la vida con tantas ganas que no se puede mirarlos sin parpadear, y quien se acerca, se enciende. Juan Pablo Rodríguez es un fuego que enciende. Es difícil mirarlo sin parpadear ni encenderse. Un hombre que ilumina con lo que hace, y también con lo que siente.
Su padre, Juan Manuel Rodríguez, fue su primera chispa: un vendedor viajero que recorría Chile con su maletín lleno de lubricantes y humanidad. “No sabía de teoría —dice Juan Pablo—, pero sabía cómo hacer que las cosas pasaran.” En 1995, su padre lo llevó por primera vez a Chuquicamata, donde, con un soplete en la mano, mostraba a los mineros cómo su producto resistía el fuego. Era más artista que técnico. Veía una bicicleta, una radio, una piedra, y encontraba en cada cosa una historia para comenzar conversaciones con sus clientes. Vendía mirando a los ojos, y su hijo aprendió de él la primera gran lección de su vida: “Si pones el alma en lo que haces, hasta la materia se transforma”.
Si su padre fue fuego y aventura, su madre, María Ester Salazar, fue tierra y raíz. Una mujer fuerte y rigurosa, equilibrio perfecto entre ternura y determinación. “Mi mamá siempre estuvo cuando tenía que estar”, recuerda Juan Pablo; en sus palabras hay admiración, respeto y profundo amor. Le enseñó a leer el mundo con respeto y humildad. “Donde fueres, haz lo que vieres”, le repetía. María Ester es una mujer que cree en el poder de la educación. Ayudó a que jóvenes con talento, pero sin recursos, pudieran estudiar en la Universidad de Chile. Juan Pablo cierra los ojos y piensa (quizás siente) a su madre como una leona que no dejaba que nada ni nadie se acercara demasiado a sus hijos. Era exigente, pero sabia, dice. Su consejo más recordado: “Escucha, aprende, adáptate. Sé cómo el agua y toma la forma del recipiente”. De ella heredó la contención, la resiliencia y la profunda idea de que educar también es proteger.
Juan Pablo fue el menor de tres hermanos, el curioso y observador.
De esa mezcla de visiones y saberes, así, sin saberlo, entre caminos polvorientos y conversaciones cara a cara, comenzó a gestarse el ADN que más tarde daría forma a lo que actualmente es el grupo conformado por RS Imper y RS Ingeniería, uno de los conglomerados más innovadores del país.
Pero como en una competencia de rally, el camino fue todo menos lineal.
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El silencio después del fuego
Durante su adolescencia, el mundo se volvió un lugar demasiado grande para Juan Pablo. Era inquieto, distraído y lleno de preguntas sin respuesta. Hasta que un día, la vida se detuvo: falleció su mejor amigo. El tiempo se rompió en dos. “Tenía 14 años y no entendía nada”, me dice en voz baja y quebrada. Se ausentó del colegio, perdió la motivación. Su matrícula fue cancelada mientras acompañaba a su padre en un viaje a una minera. La tristeza lo hizo mirar el mundo desde otro lugar: desde adentro. Esa herida invisible lo acompañó por años, pero también encendió su segunda chispa: la necesidad de comprender la conexión entre las personas y buscar sentido en lo invisible. Entendió que lo importante no es el lugar donde uno está, sino las relaciones que nos sostienen. Ese aprendizaje sería, décadas después, el corazón humano detrás de su éxito empresarial.
Mar, viento y amor
En primero medio, un encuentro cambió su rumbo. Un compañero le ofreció llevarlo a su casa, pero fue Constanza, la hermana del amigo, quien apareció al volante. Lo dejó a varias cuadras de su casa. “Y menos mal”, dice sonriendo. Desde entonces, no dejó de buscar maneras de volver a verla. Nueve años después, se casaron. Constanza se transformó en ancla y horizonte: la persona que lo sostuvo cuando el viento se volvía insoportable, la que celebró sus victorias, pero sobre todo, la que le recordó que incluso las tormentas traen dirección.
De esa relación nacieron sus dos hijos: Seba y Paz.
Seba, el mayor, tiene 15 años. Es tranquilo, centrado, amante de los autos, el futbol y la música. Certero como un relojero suizo. “Es un niño noble, con pocos amigos, pero buenos. Le gusta el fútbol y andar en moto, y hace poco ganó un premio a la honestidad en el colegio”, dice su padre con orgullo. Respira emocionado y continúa. Paz, de 13, es su reflejo más luminoso. Extrovertida, aventurera y creativa. Cocinera, artista y exploradora. “Donde la pongas, lo pasa bien”, cuenta entre risas. Hace poco viajaron juntos a Isla de Pascua, solo los dos. Bucearon, rieron y se descubrieron. “Ella me enseña a mirar el mundo sin miedo, a volver a asombrarme.”
Dos mundos que se completan y se complementan. Como su padre y su madre. Como el mar y el viento.
El mar, por cierto, también le regaló una experiencia que lo marcaría. De adolescente, su hermano mayor —oficial de la Armada— lo llevó a navegar hasta Puerto Williams, en el extremo austral de Chile. Se embarcó con su guitarra eléctrica y su curiosidad intacta. “Tenía a los marinos enfermos de escucharme tocar”, bromea. Allí aprendió el valor del sacrificio silencioso: los víveres para quienes hacen patria lejos del ruido, la disciplina del mar y el temple del frío. Ese viaje fue un anticipo del hombre que sería: uno que vive para conectar mundos distantes.
Del cielo a la tierra
Después del colegio quiso ser piloto comercial. Se inscribió en una escuela de vuelo, hizo su curso y soñó con ver el mundo desde arriba. Pero el 11 de septiembre de 2001 cambió su destino. Las aerolíneas cerraron sus puertas y el cielo se volvió incierto.
Recordó entonces los viajes con su padre, los motores, la mecánica. Decidió mirar hacia abajo, al terreno, y entenderlo. Entonces se matriculó en INACAP para estudiar ingeniería mecánica automotriz.
Por esos días, vendió su guitarra eléctrica —regalo de su hermana— y se compró un Mustang del 77. Cambió música por motores, pero al final es lo mismo: ritmo, precisión y pasión.
Tenía 21 años y fundó su primer taller con un arriendo de 250 mil pesos, un par de herramientas y un sueño. Entre risas, cuenta que contrataba a sus compañeros del vespertino para que trabajaran con él. Iban a buscar los autos a las casas, los reparaban y los devolvían. Una especie de Uber de mecánica antes de que existiera Uber.
Ese pequeño taller fue su universidad. Allí aprendió de administración, de confianza, de frustración y, sobre todo, de gente.

El rugido del desierto
La pasión por los motores lo llevó más lejos: al rally Dakar y la Baja 1.000. Primero como navegante amateur y luego como profesional. Armó sus autos con las manos, con la poca tecnología disponible, y con una fe que no se enseña en ninguna escuela.
En 2009, corrió el Dakar, la carrera más dura del planeta, y fue de los primeros chilenos en cruzar la meta en la categoría autos. Con menos recursos, menos repuestos y más corazón que nadie. Al año siguiente, en el 2010, corrió representando a Chile junto al gran Carlo De Gavardo.
“El rally me enseñó —dice— que no importa el terreno, importa llegar.” Aprendió a improvisar, a cambiar la ruta cuando la arena lo tragaba, a no rendirse cuando el sol caía. “Las condiciones cambian, los caminos se rompen, las tormentas confunden… pero el que sigue adelante, llega y, por sobre todo, no siempre el camino más fácil es el que te lleva a la meta.
Esa filosofía lo acompañó hasta su siguiente destino: el mundo empresarial.

Ingeniería de propósito
En 2015, junto a Patricio Hauck fundaron RS Ingeniería. Comenzaron con una cafetera, dos computadores y un escritorio prestado por su suegro. Al poco tiempo se integró Danilo Chibey. Hoy, la empresa es un referente internacional en recuperación y mantención de activos críticos para la minería y la industria, utilizando las tecnologías más innovadoras a nivel mundial. Luego, en el año 2016, nace RS Imper, empresa fundada por Juan Pablo, Nicolau Giovanetti y Gerson López, quienes, en conjunto, generaron una innovación casi poética: elevar estructuras sin tocarlas. Con inyecciones subterráneas, consolidan el suelo y devuelven el equilibrio a gigantes dormidos bajo toneladas de historia.
Pero más allá de los logros técnicos, Juan Pablo insiste en que el verdadero secreto está en la forma de mirar. “Mi papá me enseñó que no vendes productos, vendes confianza. Escuchar al cliente, entender su problema y hacerlo propio. Si tú formas parte del problema, también puedes ser parte de la solución.”
El Grupo RS no vende servicios, construye relaciones humanas. Su innovación más poderosa no está en las máquinas, sino en las conversaciones. Conversaciones que pueden darse con un buen vino. Oxymoron, así se llama la marca de vinos que Juan Pablo creó. “Porque la vida está llena de contradicciones inolvidables que nos hacen soñar, crecer y ser quienes somos”: El ingeniero que hace vino. El piloto que busca quietud. El hombre técnico que entiende de emociones.
Hoy, mientras lidera una empresa pionera que eleva estructuras y rejuvenece molinos para la minería, busca lo mismo para su vida: elevar lo que se hunde, recuperar lo que parecía perdido.
Hay historias que desafían la gravedad, y la de Juan Pablo Rodríguez es una de ellas.
No solo por los espesadores que logró levantar, sino porque él mismo aprendió a elevarse sin tocar el suelo.
De su padre aprendió la pasión. De su madre, la resiliencia. Del rally, la resistencia. De la ingeniería, la precisión. Y de la vida, la importancia de alinear el alma con el propósito. “Cuando juntas cuerpo, alma y propósito —dice— es muy difícil que te vaya mal… y muy difícil que te encuentres con gente equivocada.”
Más que un ingeniero, Juan Pablo es un armonizador: un hombre que encontró la frecuencia exacta entre la tierra y el cielo, entre la música y las ruedas, entre el acero y el alma. Porque, al final, hay personas que construyen empresas. Y hay otras —como él— que construyen sentido, propósito y camino.
*RS Imper y RS Ingeniería forman parte del grupo PGG LATAM, presente en Perú, Colombia, Brasil, Panamá, Ecuador, Bolivia, conformándose como el conglomerado de ingeniería más importante de América Latina.
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