La ciberseguridad debe ocupar un lugar permanente en la agenda de los directorios. No solo por las sanciones que pueden derivarse del incumplimiento normativo, sino porque están en juego la continuidad operacional, la seguridad de clientes y trabajadores; y, por último, la confianza.

Octubre, declarado Mes de la Ciberseguridad por la Ley N° 21.113, adquiere en 2026 una relevancia especial. Las actividades de concientización, coordinación y preparación ante incidentes son una oportunidad para recordar que los ciberataques dejaron de ser un problema exclusivo de los equipos informáticos. Hoy pueden comprometer servicios esenciales, afectar la salud de las personas y paralizar operaciones completas.

Hace unos días conocimos el caso de un ciberataque a una cadena de supermercados europea que, según lo informado, habría afectado sistemas de control de temperatura. Por lo tanto, el riesgo no se limitó a una eventual exposición de datos personales de los clientes: también puso sobre la mesa la posible pérdida de alimentos, problemas sanitarios e interrupciones en el abastecimiento. El ejemplo ilustra una realidad cada vez más evidente: cuando la tecnología sostiene procesos físicos, una falla digital puede tener consecuencias muy concretas más allá del ciberespacio.

A ello se suma la inteligencia artificial. Las mismas herramientas que ayudan a detectar anomalías y fortalecer defensas pueden ser utilizadas por atacantes para identificar vulnerabilidades, automatizar intentos de intrusión y elaborar engaños más convincentes. No significa que toda amenaza sea nueva, sino que su velocidad y escala aumentan considerablemente. Por eso, reaccionar después de un incidente ya no es una estrategia relegada al área de ciberseguridad o seguridad informática.

La ciberseguridad debe ocupar un lugar permanente en la agenda de los directorios. No solo por las sanciones que pueden derivarse del incumplimiento normativo, sino porque están en juego la continuidad operacional, la seguridad de clientes y trabajadores; y, por último, la confianza. Un directorio debería saber cuáles son los procesos críticos de la organización, qué ocurriría si se interrumpieran y cuánto tiempo tomaría recuperarlos.

Chile cuenta hoy con una Agencia Nacional de Ciberseguridad en funcionamiento y un marco regulatorio que eleva las exigencias de gestión. Al mismo tiempo, la evolución de las reglas sobre datos personales y el debate sobre inteligencia artificial obligan a las empresas a prepararse sin esperar a que cada detalle normativo esté resuelto. Cumplir la ley es indispensable, pero la resiliencia exige ir más allá del cumplimiento formal.

Ese esfuerzo comienza por las personas. La capacitación no puede reducirse a una charla anual ni a recordar que no se deben abrir enlaces sospechosos. Debe incluir ejercicios de respuesta, responsabilidades claras, canales de reporte y prácticas que permitan medir si los entornos organizacionales están realmente preparados ante este entorno dinámico. También requiere integrar a proveedores o terceras partes, porque como hemos visto en el último tiempo, un incidente informático puede propagarse por toda la cadena de valor.

Este Mes de la Ciberseguridad permite realizar un análisis profundo a nuestros procesos internos, que nos permita responder, ya no solo cómo evitar un ataque, sino también para saber cómo seguir operando y proteger a las personas cuando esto ocurra. Invertir en prevención, coordinación y capacidad de recuperación, finalmente es invertir en la continuidad del negocio y en la confianza de todos los actores involucrados. Este debe volverse un compromiso del directorio para toda la organización; por lo mismo, en un escenario de amenazas informáticas cambiantes, la preparación es nuestra mejor certeza.

Sobre el autor:

Juan Pablo González es Director Nuevas Tecnologías e IA de az

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