Una gota de cloro puede desinfectar agua pero, en exceso, contaminarla. Saber esa diferencia lo cambia todo. One Health, o Una Salud, lleva esa idea a un terreno concreto: la naturaleza funciona interrelacionadamente y lo que ocurre en una parte, incluida la acción humana, repercute en las demás. En 2016, una floración de Pseudochattonella en […]
Una gota de cloro puede desinfectar agua pero, en exceso, contaminarla. Saber esa diferencia lo cambia todo. One Health, o Una Salud, lleva esa idea a un terreno concreto: la naturaleza funciona interrelacionadamente y lo que ocurre en una parte, incluida la acción humana, repercute en las demás.
En 2016, una floración de Pseudochattonella en Reloncaví mató cerca de 25 millones de salmones, la mayor mortalidad de peces de cultivo asociada a una floración algal registrada hasta entonces, con pérdidas por US$800 millones. Luego, la expansión de Alexandrium catenella elevó la toxina paralizante en mariscos, cerró zonas de extracción y golpeó a comunidades costeras. El ecosistema alterado afectó la salud animal, la producción de alimentos, la seguridad sanitaria, el empleo y nuestra capacidad exportadora.
En 2026, Chile sigue siendo el segundo productor mundial de salmón y el año pasado sus exportaciones de salmón y trucha superaron los US$6.500 millones, gracias a que podemos acreditar estándares, trazabilidad y condiciones sanitarias.
Pero también hay externalidades. En 2025, el sector salmonero utilizó 415,4 toneladas de antimicrobianos, un 18,3% más que el año anterior. Esto no significa que el salmón tenga antibióticos, pero sí que quedan residuos en el agua. La FAO estima que hasta 80% de los antibióticos administrados a peces pueden excretarse al agua. Allí, residuos, bacterias y genes de resistencia pueden propagarse. La OMS advierte que el medio acuático puede ser reservorio y vehículo de resistencia antimicrobiana, con efectos potenciales en animales, ecosistemas, personas y economía.
Un análisis de la Organización Mundial de Sanidad Animal, con datos de 204 países y 621 zonas, estimó que esa resistencia podría elevar los costos sanitarios mundiales en US$159 mil millones anuales hacia 2050. Y que invertir en innovación farmacéutica y acceso a tratamientos de calidad podría generar un retorno global de US$28 por dólar invertido.
¿Qué podemos hacer desde la academia? Formar, investigar y responder con evidencia. En la Universidad de Concepción se investiga cómo remover antibióticos de sistemas acuáticos, prevenir zoonosis marinas, estudiar la resistencia antimicrobiana y mejorar la alerta temprana ante floraciones algales nocivas. Son distintas disciplinas, pero bajo una misma idea: entender cómo se conectan ambiente, animales y personas para anticipar los problemas y reducir sus efectos.
Eso debemos hacer las universidades: investigación de frontera, formar profesionales capaces de leer el mar, el laboratorio, el huerto, el hospital y el planeta como un sistema, y producir conocimiento para decidir antes de que los problemas se conviertan en crisis.
La prevención tiene una dificultad: cuando funciona, no ocurre nada. No mueren peces, no se cierran caletas ni colapsan hospitales. Lo que no ocurrió no figura en balances, rara vez se agradece y casi nunca hace noticia. Aun así, probablemente sea una de las inversiones más rentables de un país. Y nos da soberanía.
Porque Chile no exporta solo salmones, cerezas o alimentos. Exporta confianza.
Sobre la autora
Jacqueline Sepúlveda es rectora de la Universidad de Concepcion.
Las opiniones expresadas son solo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes Chile.
