Chile comparte una tendencia con varios países desarrollados, pero ellos comenzaron a caer desde más arriba. Los datos de PISA no permiten concluir que el celular, las redes sociales o la inteligencia artificial hayan causado la caída. Tenemos evidencia que abre preguntas interesantes, no una respuesta causal.

Hace casi ya dos décadas, los economistas Eric Hanushek y Ludger Woessmann documentaron que un aumento de 25 puntos en la prueba PISA está correlacionado en un incremento de hasta 0,5 puntos porcentuales en la tasa de crecimiento anual del PIB a largo plazo.

Ante el complicado panorama económico actual, es clave para el país analizar lo ocurrido con los resultados de la prueba PISA. Al observar la trayectoria completa, aparece un patrón bastante claro: los aprendizajes en Chile dibujan una U invertida.

Comenzamos en los años 2000 desde niveles relativamente bajos, mejoramos durante varios años y luego comenzamos a retroceder. En lectura, Chile pasó de 410 puntos a comienzos de los 2000 a 459 en 2015. En matemáticas subimos de 411 puntos en 2006 a 423 en 2012 y 2015. En 2025 estamos en 436 y 403 puntos, respectivamente. Estamos nuevamente cerca de los niveles que observábamos hace veinte años.

Este resultado contrasta con lo que ha ocurrido con las notas en los colegios chilenos, que han aumentado de manera sostenida. Las notas y PISA miden cosas distintas y no corresponde compararlas mecánicamente. Pero la divergencia es llamativa. Si miráramos solamente las calificaciones escolares, tendríamos la impresión de que los aprendizajes han mejorado mucho. Las pruebas externas no muestran lo mismo.

Lo interesante es que la U invertida no es un fenómeno exclusivamente chileno. Algo parecido aparece cuando uno mira la trayectoria promedio de los países de la OCDE. Durante la última década los resultados han caído con fuerza, especialmente en lectura y matemáticas. Alemania tiene una trayectoria particularmente parecida a la chilena. Primero mejoró y después retrocedió hasta alcanzar en 2025 sus resultados más bajos desde que participa en PISA. España también ha experimentado una caída importante.

Chile comparte entonces una tendencia con varios países desarrollados. La diferencia es que ellos comenzaron a caer desde más arriba. Chile ya estaba bajo el promedio de la OCDE cuando empezó el retroceso y hoy vuelve hacia resultados que había dejado atrás muchos años antes.

Pero no todos los países siguen esta trayectoria y ahí aparecen dos contrastes interesantes: por un lado está América Latina. Chile sigue estando entre los países con mejores resultados de la región. En lectura obtiene 436 puntos, frente a 423 de Uruguay, 408 de Brasil y México y 399 de Colombia. Pero las trayectorias de estos países son bastante distintas. Varios se incorporaron a PISA más tarde y algunos han ampliado fuertemente la cobertura de su educación secundaria. Brasil se ha mantenido relativamente estable en los últimos años y Uruguay acaba de alcanzar su mejor resultado histórico en ciencias. No hay una U invertida latinoamericana comparable a la de Chile.

Por otro lado está Asia. Japón, Corea y Singapur también tienen algunas caídas recientes, pero no muestran en general la misma reversión de largo plazo. Y, más importante aún, siguen muy lejos del resto en sus niveles de aprendizaje.

Esto se ve especialmente bien entre los estudiantes de mayor desempeño. En matemáticas, prácticamente ningún estudiante chileno alcanza los niveles 5 o 6 de PISA. En Uruguay llega alrededor del 1%, en España el 4% y en Alemania el 8%. Mientras que en Japón es 22%, en Corea 23%, Singapur 37% y en las regiones participantes de China llega a 54%.

La comparación internacional deja entonces una imagen interesante. Chile está arriba dentro de una región de bajos aprendizajes. Sigue debajo de los países desarrollados, varios de los cuales están retrocediendo de manera parecida a nosotros. Y permanece muy lejos de los sistemas educativos que están en la frontera mundial.

¿Por qué Chile y buena parte de los países de la OCDE mejoraron o se mantuvieron durante años y luego comenzaron a retroceder? PISA 2025 entrega algunos datos interesantes para empezar a pensar esta pregunta. Uno de ellos es el aumento de los llamados “hasty readers”, estudiantes que responden incorrectamente algunas preguntas con excesiva rapidez. También se observa que la caída en lectura es mayor cuando los estudiantes se enfrentan a textos más largos. Son patrones compatibles con mayores dificultades para sostener la atención durante una tarea de lectura.

Es difícil no relacionar esto con algunos de los cambios ocurridos durante el mismo período. Cambiaron los hábitos de lectura, se masificaron los smartphones y las redes sociales, y aumentó enormemente el tiempo que pasamos frente a pantallas. El informe “Growing up in the social media age”, basado en datos de la prueba PISA 2022, reveló que los jóvenes de 15 años en Chile lideran el ranking en uso de redes sociales, con un promedio de más de 45 horas semanales. Y no podemos olvidar que, recientemente, en Estados Unidos, 29 estados demandaron a Meta por diseñar plataformas como Facebook e Instagram para que resulten adictivos para niños y adolescentes, impidiendo reducir su uso. A todo esto hay que sumarle la irrupción de la inteligencia artificial.

Por ahora estas son solo hipótesis. Los datos de PISA no permiten concluir que el celular, las redes sociales o la inteligencia artificial hayan causado la caída. Tenemos evidencia que abre preguntas interesantes, no una respuesta causal.

Lo que sí sabemos es que aprender ocurre hoy en un entorno muy diferente al de hace veinte años. La escuela compite por la atención de los estudiantes con estímulos permanentes. Al mismo tiempo, la IA permite obtener en segundos respuestas que antes requerían bastante más trabajo.

En ese contexto me parece equivocado elegir entre recuperar aprendizajes básicos y preparar a los estudiantes para un mundo con inteligencia artificial. Necesitamos ambas cosas. Leer y comprender bien, manejar herramientas matemáticas, sostener la atención y perseverar frente a un problema siguen siendo fundamentales. También lo son aprender de manera autónoma, formular buenas preguntas y evaluar críticamente las respuestas que entrega una máquina.

La U invertida muestra que Chile fue capaz de mejorar durante varios años y que después la trayectoria cambió de dirección. Algo parecido ha ocurrido en buena parte de los países desarrollados. La pregunta ahora es hasta dónde llegará ese retroceso.

Me atrevo a dejar una hipótesis: si los cambios en los hábitos de lectura y en nuestra capacidad de sostener la atención son parte de la explicación, es posible que en PISA 2029 la U invertida sea todavía más pronunciada. Para entonces habrá pasado además una generación completa de estudiantes por un entorno marcado por smartphones, redes sociales y, cada vez más, IA. No sabemos si ocurrirá. Quizás lo más importante es que todavía estamos a tiempo de evitarlo.

Sobre el autor:

Por Sebastián Gallegos es académico de la Escuela de Negocios UAI.

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