Es la manifestación más cruda de un planeta que clama por auxilio, mostrándonos que la crisis climática ya no es una amenaza lejana, sino una realidad cotidiana que destruye y desata el caos de nuestra seguridad.

Observar hoy el mapa de Chile es contemplar una geografía golpeada por la violencia de los contrastes. Pasamos casi dos décadas de una angustiante mega sequía a temporales e inundaciones implacables que arrasan hogares, caminos, puentes y lo más importante; vidas. Ver el río salir de su cauce o la tierra ceder en nuestros valles, no es sólo una imagen meteorológica en el noticiero; es un dolor profundo en el corazón de nuestro país.

Es la manifestación más cruda de un planeta que clama por auxilio, mostrándonos que la crisis climática ya no es una amenaza lejana, sino una realidad cotidiana que destruye y desata el caos de nuestra seguridad.

La violencia de la naturaleza nos sobrecoge de norte a sur. Ver trombas marinas y tornados golpear los techos en el Biobío y el Maule, o contemplar cómo precipitaciones torrenciales activan las quebradas del árido norte en Arica, Atacama y Coquimbo, no son postales aisladas del invierno, son el síntoma inequívoco de un planeta que ha alterado sus reglas y que nos exige despertar antes de que la emergencia sea irreversible.

Estos eventos meteorológicos han ido amplificando su frecuencia y severidad debido al calentamiento global y a los efectos del cambio climático. Reportes de la ONU sobre reducción de riesgos advierten pérdidas multimillonarias en el mundo, y las ciudades, origen del 70% de las emisiones, pagarán el precio más alto si no adaptan su infraestructura.

En Chile, por nuestra particular exposición y vulnerabilidad geográfica, cada grado de aumento en la temperatura transforma una lluvia de invierno en una amenaza existencial para miles de familias. Es cierto, nuestro país aporta sólo el 0,26% de las emisiones globales, sin embargo, no podemos escudarnos en la pequeñez de nuestra huella para posponer la grandeza de nuestro compromiso.

El Estado tiene el deber ineludible de acelerar inversiones en energías renovables, electromovilidad y gestión hídrica. Pero la transformación no ocurrirá sin el sector privado. Las empresas no pueden ser espectadoras de un territorio que se inunda o se seca.

Integrar metas ambiciosas en el marco de la Agenda 2030 ya no es una opción éticamente deseable; es el único camino estratégico para la supervivencia corporativa, la reputación y la lealtad de la sociedad. A través de la alianza “Unidos por la Acción Climática” nos hemos reunido cinco organizaciones de sostenibilidad, para trabajar junto a las empresas y al sector público.

Tras un exitoso trabajo en 2025, nuestro ciclo 2026 tiene un foco crítico: el caso de negocio de la resiliencia corporativa, siendo nuestro objetivo, demostrar que la gestión de riesgos climáticos financieros y la adaptación climática, son clave para la competitividad y la continuidad operacional del sector privado.

El trabajo incorpora la construcción del “caso de negocio” de la resiliencia corporativa, mediante la revisión de metodologías de valorización de riesgos financieros bajo los estándares internacionales NIIF S1 y S2 (regulados por la CMF a través de la NCG N519).

Como Pacto Global creemos fundamental demostrar a los mercados y directores de empresas que gestionar estos riesgos es una estrategia de protección material de los activos, que mejora el perfil de riesgo de los proyectos y atrae inversión sostenible al país.

*La autora es directora ejecutiva Pacto Global Chile, ONU

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