Hoy la IA ya está transformando la manera en que las empresas operan, toman decisiones y se relacionan con sus clientes.

Semanas atrás, el Papa León XIV hacía noticia alrededor del mundo con su encíclica “Magnífica Humanitas”, abriendo una discusión urgente y necesaria sobre el uso de la Inteligencia Artificial: ¿cómo aseguramos que esta tecnología esté efectivamente al servicio de las personas y del desarrollo de la sociedad?

Hoy la IA ya está transformando la manera en que las empresas operan, toman decisiones y se relacionan con sus clientes. Su potencial para aumentar productividad, eficiencia e innovación es enorme, especialmente para pequeñas y medianas empresas que ahora pueden acceder a capacidades antes reservadas para grandes corporaciones.

Sin embargo, el principal desafío no es tecnológico, sino ético. La velocidad de adopción de herramientas de IA muchas veces supera la capacidad de las organizaciones para establecer criterios claros sobre privacidad, seguridad de datos, transparencia o impacto laboral. Y en un contexto donde los algoritmos pueden influir directamente en decisiones comerciales, financieras y operacionales, la responsabilidad deja de ser opcional.

La discusión planteada por el Papa es especialmente relevante para el mundo empresarial: el desarrollo tecnológico no puede avanzar desconectado de principios humanos y morales.

La inteligencia artificial debe entenderse como una herramienta para potenciar el talento humano, no para reemplazar indiscriminadamente a las personas ni para generar espacios de opacidad o desconfianza. Su adopción requiere gobernanza, estándares éticos y una mirada de largo plazo.

El futuro de los negocios dependerá no solo de quién implemente más IA, sino de quién sea capaz de utilizarla con mayor responsabilidad y confianza.

Sobre el autor

Diego González es CEO Defontana

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