Chile ya eligió ser un hub digital regional. Ahora debe asegurar que su marco regulatorio esté a la altura de esa ambición: proteger sin aislar, regular sin frenar, y construir confianza sin sacrificar competitividad.

En Chile, el debate sobre soberanía digital suele centrarse en una pregunta: ¿dónde están los datos? Pero en la economía digital de 2026 esa mirada es insuficiente. La verdadera soberanía no depende solo de la localización, sino de la capacidad del país para proteger, gestionar y usar la información con estándares claros.

El informe Global Cybersecurity Outlook 2026 del World Economic Forum advierte una caída en la confianza sobre la preparación cibernética. En América Latina, solo un 13% de los líderes encuestados confía en la capacidad de su país para enfrentar incidentes graves. Esto evidencia que el desafío no es solo tecnológico, sino institucional.

En este contexto, los centros de datos y la nube son infraestructura crítica. Sostienen servicios financieros, plataformas digitales y funciones del Estado. La discusión relevante no es dónde residen los datos, sino cómo se protegen frente a actores maliciosos, quién accede y bajo qué reglas. La defensa ante amenazas — desde ransomware hasta ataques de Estado— requiere inteligencia global en tiempo real. Paradójicamente, aislar los datos no los hace más seguros: puede comprometer la capacidad de detectar y responder a incidentes que afectan la infraestructura crítica.

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La confianza exige transparencia. El modelo de responsabilidad compartida define con precisión qué protege el proveedor infraestructura física, cifrado, disponibilidad— y qué controla el cliente —sus datos, accesos y configuraciones—. Esa claridad es clave tanto para reguladores como para ciudadanos.

En ese sentido, Chile enfrenta hoy un punto de inflexión. La implementación de la nueva Ley de Protección de Datos (Ley 21.719), junto a la Ley Marco de Ciberseguridad (Ley 21.663) y la incipiente discusión sobre inteligencia artificial convergen simultáneamente, lo que exige que haya coordinación para evitar duplicidades y sobrecarga regulatoria.

Según el estudio Desbloqueando el Potencial de la IA en Chile – 2025, las empresas chilenas ya destinan cerca del 19% de su inversión tecnológica al cumplimiento regulatorio, y un 73% anticipa que ese costo crecerá. Sin coordinación, la carga normativa puede frenar la innovación que se busca proteger.

Otro aspecto estratégico son las transferencias internacionales de datos. Restringirlas puede reducir competitividad, elevar costos y limitar la innovación. Para un país que concentra cerca del 15% de los data centers de América Latina y se posiciona como hub digital regional, mantener flujos de datos abiertos es estratégico.

Además, la ciberseguridad depende de colaboración global: aislarse puede debilitar la respuesta ante amenazas compartidas. Organismos internacionales han advertido que políticas excesivas de localización de datos afectan el crecimiento. El desafío es diseñar regulaciones que protejan sin aislar, incorporando estándares globales y enfoques basados en riesgo.

Chile tiene la oportunidad de liderar una visión más moderna de soberanía digital. Una que combine seguridad, interoperabilidad y colaboración público privada. Esto implica simplificar el cumplimiento, reconocer certificaciones globales y fortalecer capacidades institucionales.

En definitiva, la soberanía del siglo XXI no se define por fronteras físicas, sino por la capacidad de asegurar que los datos, donde estén, se gestionen con seguridad, transparencia y al servicio del desarrollo del país.

Chile ya eligió ser un hub digital regional. Ahora debe asegurar que su marco regulatorio esté a la altura de esa ambición: proteger sin aislar, regular sin frenar, y construir confianza sin sacrificar competitividad.

Sobre la autora: 

Rafael Mattje es Líder de Tecnología de AWS para el Cono Sur.

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