Por estos días, las distintas iniciativas para reactivar el crecimiento vuelven a poner la discusión sobre inversión, reformas y regulación en el centro de la agenda. Pero hay una dimensión que sigue quedando fuera: la productividad real de las empresas. El crecimiento no implica necesariamente productividad y ésta, no depende solo de la política pública, […]

Por estos días, las distintas iniciativas para reactivar el crecimiento vuelven a poner la discusión sobre inversión, reformas y regulación en el centro de la agenda. Pero hay una dimensión que sigue quedando fuera: la productividad real de las empresas.

El crecimiento no implica necesariamente productividad y ésta, no depende solo de la política pública, sino -cada vez más- de la capacidad de las empresas de operar mejor, adaptarse y competir. En ese escenario, la tecnología dejó de ser opcional: hoy es el principal habilitante de la productividad. Sin adopción efectiva, cualquier agenda procrecimiento tendrá impacto limitado.

Lo ocurrido en Reino Unido tras la crisis financiera de 2008 ofrece una lección difícil de ignorar. La economía creció y el empleo se recuperó, pero la productividad se estancó por más de una década, según cifras oficiales. El fenómeno fue bautizado como el productivity puzzle y se transformó en uno de los principales debates económicos del país.

Pese al acceso a capital y tecnología, el Bank of England y la OECD mostraron que el problema fue la baja difusión de estos avances más allá de un grupo acotado de empresas líderes. La brecha entre firmas avanzadas y rezagadas terminó arrastrando la productividad agregada.

Más allá de un caso académico, la experiencia inglesa es una advertencia pertinente, toda vez que nuestras cifras reflejan una tensión similar. En Chile, el crecimiento ha bordeado el 2% en la última década, mientras la productividad permanece estancada, según el Banco Central, pese a una inversión cercana al 22% del PIB.

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La pregunta no es solo cuánto invertimos, sino qué tan productivo es ese capital. En ese sentido, hay al menos cuatro dimensiones donde se juega esta brecha. 

Primero, la política pública por sí sola no genera productividad. Puede crear condiciones, pero el resultado depende de la adopción efectiva en las empresas. 

Segundo, la competencia importa. Las economías donde las empresas se ven obligadas a mejorar tienden a cerrar más rápido las brechas de productividad. 

Tercero, la gestión dejó de ser un tema interno y pasó a ser un factor económico. Empresas que integran datos, rediseñan procesos y toman mejores decisiones simplemente operan en otra liga.

Cuarto, el contexto tecnológico cambió. A diferencia de lo ocurrido en episodios como el de Reino Unido, hoy la tecnología avanza e impacta los procesos productivos a una velocidad mucho mayor. Eso hace que los costos de una adopción lenta no sean graduales: las brechas de productividad no solo persisten, sino que tienden a ampliarse con mayor rapidez.

La evidencia comparada es consistente: las diferencias de productividad entre empresas de un mismo sector pueden ser mayores que entre países. Sin mejoras en gestión, procesos y uso de tecnología, mayor inversión no se traduce en productividad. Ese es el riesgo: una economía que crece, pero que no logra volverse más productiva. En otras palabras, una versión local del productivity puzzle.

Si Chile quiere retomar una trayectoria económica robusta, el debate debe ampliarse hacia lo que ocurre dentro de las empresas. Porque el crecimiento puede recuperarse. La productividad no. Y cuando ésta se rezaga, sus efectos persisten por años.

Sobre el autor: 

Francisco Guzmán es presidente Asociación de Empresas de Tecnologías de la Información A.G.

Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes Chile.