Desechar la capacitación formal sería un error. Bien diseñada, no solo transmite habilidades. También instala estándares, alinea criterios y abre espacios para discutir el cómo y el para qué hacemos las cosas.

Sence sí, Sence no. Mientras el debate sobre la eliminación de la franquicia del Servicio Nacional de Capacitación y Empleo se toma la agenda, los datos ayudan a poner el foco donde importa: el estado real de la capacitación en Chile.

El último sondeo “Pulso by Rankmi”, que sumó más de 7.600 respuestas en Latinoamérica, muestra que Chile tiene la menor frecuencia de capacitación laboral en Latinoamérica. Solo un 30,2% de los trabajadores se capacita mensualmente, y concentra la mayor proporción de personas que declara no capacitarse nunca (9,7%).

La realidad de fondo es simple, nadie nace sabiendo. Desarrollar capacidades es condición para la productividad, la movilidad laboral y el crecimiento de las empresas. Más aún en un contexto como el que enfrentamos, marcado por la aceleración tecnológica y la irrupción de la inteligencia artificial, donde aprender pasó a ser algo básico para mejorar el desempeño.

Hay brechas en calidad y pertinencia, y eso explica parte de las críticas. Pero desechar la capacitación formal sería un error. Bien diseñada, no solo transmite habilidades. También instala estándares, alinea criterios y abre espacios para discutir el cómo y el para qué hacemos las cosas.

La paradoja es evidente: la capacitación se valora con nota casi perfecta (9,1 de 10 en Chile), pero esa valoración no se traduce en práctica. Uno de cada cuatro trabajadores se capacita de forma insuficiente, por lo que la brecha no es de intención, sino que es de ejecución.

Parte del problema está en cómo diseñamos el aprendizaje. El mercado opera bajo lógicas tradicionales -cursos online (51,9%), presenciales (43,5%)- mientras formatos más efectivos como mentoring o micro contenidos siguen siendo los más escasos. No es casualidad que en México exista hasta 1,8 veces más acceso a mentorías que en Chile.

El contraste generacional también es claro. La Generación Z alcanza un 48,1% de capacitación mensual y prefiere formatos dinámicos y experienciales. Seguir diseñando programas con lógicas tradicionales para ellos no es solo ineficiente, sino que ya más parece un error estructural.

El desafío no es solo normativo. Es diseñar sistemas más frecuentes, más flexibles y conectados con la realidad del trabajo. Terminar con “la capacitación anual” y diversificar los formatos es urgente.

Porque el problema no es que las personas no quieran aprender. Es que las organizaciones aún no logran estar a la altura de esa expectativa. Si cerramos esa brecha, la capacitación dejará de ser un trámite y pasará a ser lo que debe ser: la base para que un equipo sea realmente bueno, pueda seguir creciendo y mejorando.

Sobre el autor:

Felipe Cuadra es co fundador y CHRO de Rankmi.

Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes Chile.