En los concursos y vitrinas para startups y emprendimientos tecnológicos lo que está en juego no es patentable, sino que corresponde a conocimiento estratégico, know how o secretos comerciales, cuyo valor depende precisamente de que se mantengan bajo control.

En Chile se han multiplicado las convocatorias, concursos y vitrinas para startups y emprendimientos tecnológicos. Desde iniciativas en agro y biotech hasta programas vinculados a minería, energía o defensa, todas ellas invitan a innovar, mostrar y escalar, lo que sin duda constituye una señal positiva para el ecosistema.

Sin embargo, en este entusiasmo por promover la innovación, hay una dimensión que sigue siendo tratada de manera secundaria, casi como un aspecto formal, cuando en realidad es profundamente estratégica. Se trata de la propiedad intelectual.

En general, estas iniciativas regulan elementos básicos, como la titularidad de los desarrollos o ciertos resguardos de confidencialidad. No obstante, los riesgos más relevantes no suelen producirse en ese plano, sino en la forma en que las startups participan y, en particular, en cómo gestionan la información que deciden exponer.

Porque en estos espacios no solo se presentan productos o servicios, sino que se expone conocimiento, esto es, soluciones tecnológicas, modelos, algoritmos y desarrollos que muchas veces constituyen el principal activo del emprendimiento. Ese activo puede verse afectado por distintas vías. Desde luego, existe el riesgo de apropiación indebida por terceros, pero también hay otros menos evidentes y, en la práctica, más frecuentes.

“La confidencialidad no es un obstáculo para innovar, sino una herramienta que, bien utilizada, permite compatibilizar la exposición con la protección”.

Uno de ellos es la pérdida de novedad, requisito esencial para la protección por patente. En términos simples, una invención debe ser nueva, lo que implica que no puede haber sido divulgada previamente de manera pública. Así, una presentación, un pitch o incluso una conversación mal gestionada pueden comprometer esa novedad y, con ello, cerrar la posibilidad de proteger la innovación. Pero no es el único riesgo. En muchos casos, lo que está en juego no es patentable, sino que corresponde a conocimiento estratégico, know how o secretos comerciales, cuyo valor depende precisamente de que se mantengan bajo control. La ley exige que estos se resguarden de manera razonable para poder hacerlos valer, de modo que una exposición descuidada no solo afecta la posibilidad de patentar, sino que también puede implicar la pérdida de protección sobre ese tipo de activos. A esto se suma el problema de la titularidad, que puede volverse difusa si no se han definido previamente las reglas en contextos de colaboración o interacción.

Nada de esto significa que no se deba participar en este tipo de iniciativas. Por el contrario, es perfectamente posible concursar, presentar y difundir proyectos, siempre que se haga con una estrategia adecuada. La confidencialidad no es un obstáculo para innovar, sino una herramienta que, bien utilizada, permite compatibilizar la exposición con la protección.

Este no es un problema nuevo. A fines del siglo XIX, muchos inventores se negaban a participar en ferias internacionales por temor a que sus desarrollos fueran copiados o quedaran desprotegidos. La situación llegó a tal punto que, en la Exposición de Viena de 1873, varios decidieron simplemente no asistir, lo que llevó a los Estados a generar mecanismos que permitieran mostrar innovaciones sin perder derechos, dando origen al Convenio de París de 1883 para la Protección de la Propiedad Industrial, el primer gran tratado multilateral de propiedad intelectual, fundamental aun hoy.

Más de un siglo después, el problema persiste, aunque de manera más sofisticada.

En sectores como biotech, minería o agro, donde startups interactúan con actores de mayor escala y con capacidad real de ejecución, la asimetría es evidente, pues unos aportan la innovación mientras otros cuentan con los medios para desarrollarla, de modo que una gestión deficiente de la propiedad intelectual puede traducirse en pérdidas de valor significativas.

Lo llamativo es que esta dimensión sigue siendo marginal en el diseño de muchas convocatorias, que promueven la exposición sin necesariamente entregar herramientas para gestionarla, configurando así una brecha silenciosa entre la generación de conocimiento y su captura efectiva. La propiedad intelectual no es un trámite posterior, sino parte de la estrategia del negocio, en cuanto define qué se muestra, cuándo se protege y desde qué posición se negocia, por lo que una gestión adecuada comienza antes de postular o concursar, y no una vez que el proyecto ya ha sido expuesto.

En este contexto, resulta razonable preguntarse si quienes diseñan estas iniciativas no debieran asumir un rol más activo en la difusión de buenas prácticas básicas, fortaleciendo el ecosistema sin necesidad de complejizar los programas. Mientras ello no ocurra, la responsabilidad seguirá recayendo principalmente en los propios emprendedores, quienes deberán equilibrar la visibilización de sus proyectos con su adecuada protección.

Participar sigue siendo una buena idea, pero hacerlo sin estrategia puede implicar costos que no siempre son evidentes en el corto plazo. Por eso, para quienes están evaluando involucrarse en este tipo de instancias, detenerse oportunamente en estos aspectos puede marcar una diferencia sustantiva, ya que muchas veces bastan ajustes simples para evitar pérdidas de valor difíciles de revertir. Así que, de aquí en adelante, el desafío no es solo innovar y concursar, sino también resguardar y capitalizar.

Sobre el autor:

Maximiliano Santa Cruz S. es socio de Santa Cruz IP y exdirector de INAPI

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