Con el estreno de la secuela de “El diablo viste a la moda”, el icónico personaje interpretado por Meryl Streep volverá a poner al equipo de la revista Runway en tensión. Miranda encarna eficiencia extrema con baja sintonía interpersonal. Y, sin embargo, genera admiración. Acá explicamos, desde la psicología organizacional, por qué.

Hay líderes que no necesitan levantar la voz para ejercer poder. Basta su presencia para que el sistema entero se tense. Miranda Priestly es uno de ellos. En el universo de Runway, no solo dirige una revista: regula el estado emocional y la capacidad de toda la organización.

Desde la neurociencia, esto es crítico. Los líderes pueden activar circuitos de amenaza o de recompensa en sus equipos. Miranda lidera desde la amenaza: urgencia constante, tolerancia cero al error, anticipación permanente. El resultado es un entorno de alto desempeño aparente, pero sostenido sobre una base frágil: estrés crónico, hipervigilancia y muy baja seguridad psicológica. Cuando el cerebro opera en modo amenaza, no innova: sobrevive. La memoria de trabajo y flexibilidad cognitiva se reducen y el aprendizaje se inhibe. Lo que percibimos como excelencia podría ser, en realidad, una forma sofisticada de adaptación a la amenaza.

Hay una escena que lo muestra: Andrea llega de noche a la casa de Miranda a entregar la edición anticipada de la revista Runway. Es considerado un privilegio, pero en realidad es una trampa organizacional. No hay contexto, no hay criterios, no hay posibilidad de preguntar. En un entorno nuevo —donde naturalmente se esperaría aprendizaje— la única señal es implícita: no equivocarse.

A esto se suma un fenómeno bien documentado: el poder tiende a desconectar de la empatía. Miranda encarna eficiencia extrema con baja sintonía interpersonal. Y, sin embargo, genera admiración. ¿Por qué? Porque seguimos asociando liderazgo con dureza y distancia emocional. Aquí aparece la pregunta incómoda: ¿sería juzgada igual si fuera hombre?

La evidencia sugiere que no. Madeline Heilman, investigadora de NYU, ha documentado el double bind de género, donde las mujeres líderes enfrentan una trampa persistente: si son firmes, son percibidas como “frías” y generan antipatía; si son cercanas, como ‘inadecuadas para roles de liderazgo’. Liderar como Miranda Priestly no solo exige resultados, sino sostener una carga cognitiva adicional: la vigilancia constante sobre cómo cada decisión será interpretada.

Pero el mayor problema de este modelo no es su dureza, sino su fragilidad. Este tipo de liderazgo produce obediencia, no compromiso: equipos que obedecen porque temen, no porque entienden ni comparten. No desarrolla sucesores, ni genera autonomía. El sistema funciona mientras ella está. Si se va, no evoluciona, sino que posiblemente colapse.

Ese es el punto ciego de muchos entornos de alto rendimiento: confundir control con liderazgo, y resultados inmediatos con sostenibilidad. Porque el verdadero test de un líder no es cuánto logra mientras está al mando, sino qué sigue funcionando cuando ya no está.

Por tanto, Miranda Priestly no es solo un personaje icónico, sino también un espejo de los liderazgos que hemos validado—y una oportunidad para repensar cómo queremos liderar y qué tipo de organizaciones queremos construir.

Sobre la autora:

Naisa Gormaz es Ph.D en Psicología Organizacional, académica de la Escuela de Negocios UAI, donde enseña en programas de pregrado, postgrado y educación ejecutiva, y es academic director del Master in International Management (CEMS). También se desempeña como consultora organizacional senior y coach ejecutiva, acompañando a líderes y organizaciones en procesos de desarrollo, transformación y toma de decisiones estratégicas.

Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes Chile.