Durante años emprender estuvo fuertemente condicionado por una barrera de entrada clara: capital y clientes. Posicionarse y crecer en ventas era un trabajo que requería de altos esfuerzos económicos o bien esperar que le boca a boca hiciera lo suyo a lo largo del tiempo, pero sin ahorros para sobrevivir creciendo “lento pero seguro”, era […]
Durante años emprender estuvo fuertemente condicionado por una barrera de entrada clara: capital y clientes. Posicionarse y crecer en ventas era un trabajo que requería de altos esfuerzos económicos o bien esperar que le boca a boca hiciera lo suyo a lo largo del tiempo, pero sin ahorros para sobrevivir creciendo “lento pero seguro”, era el fin de muchos.
Las redes sociales no solo democratizaron la comunicación, sino que también abrieron una nueva vía, mucho más accesible, para construir negocios: la marca personal y la generación de contenido de valor.
Desde mi experiencia puedo afirmar que el trabajo constante en redes sociales ha sido uno de los principales motores de crecimiento de mis proyectos. Partí, como la mayoría de los emprendedores, con un presupuesto limitado el famoso “Circo Pobre”. Sin embargo, a través de contenido continuo y enfocado en aportar valor, logré algo que, en otros contextos, requeriría grandes inversiones o mucho tiempo para crear la reputación: una demanda de clientes sostenida.
Hoy, incluso, en mi empresa Ackermann Propiedades, he optado por mantener un perfil relativamente bajo, no le inyecto dinero a marketing aún. No por falta de oportunidades, sino porque la demanda supera la capacidad interna de respuesta, lo que incluso puede jugar en contra (para emprendedores eso es como un “Happy Problem”), que sobren clientes es el sueño de muchos… Ese es el verdadero poder de una marca personal bien construida.
Pero aquí hay un punto clave: no se trata simplemente de “estar en redes”.
En el último tiempo hemos visto una explosión de contenido que muchas veces se limita a replicar tendencias: bailes, formatos virales o discursos superficiales que buscan aparentar expertise. Y si bien algunos logran resultados en el corto plazo, especialmente los primeros en adoptar una tendencia, construir algo sostenible en el tiempo requiere una estrategia mucho más profunda.
Las marcas personales que perduran no se construyen copiando, sino creando.
Crear implica definir una promesa clara hacia la audiencia: qué pueden esperar de ti. En mi caso, esa promesa ha sido entregar educación financiera de manera simple, en un lenguaje cercano, y acercar la inversión inmobiliaria a quienes quieren aprender. Esa consistencia ha generado dos activos fundamentales: credibilidad y atracción.
Y cuando esos dos elementos se consolidan, las oportunidades aparecen.
Desde invitaciones a ser rostro de marcas, charlas, participaciones en medios, hasta oportunidades de inversión en startups. Pero, sobre todo, se fortalece el activo más importante: la confianza en tu propio negocio.
Este fenómeno no es aislado.
En Chile, vemos cada vez más casos donde redes sociales y emprendimiento convergen con resultados concretos. Un ejemplo es Café Lover, fundado por Camila Elizalde, quien combinó su experiencia en pastelería con una marca personal previamente desarrollada. El resultado fue un posicionamiento acelerado y una demanda inmediata.
Otro caso emblemático es Tía Jasnita, impulsado inicialmente por su hijo Felipe Ñancupil (Otro emprendedor Viral). Partiendo desde un contexto de recursos limitados, lograron, gracias a la visibilidad en redes sociales, escalar rápidamente su operación, abriendo múltiples locales en menos de un año, Nicolás Orellana posicionó su emprendimiento Flycrew gracias a crear su marca y creció como nunca antes con cualquier método tradicional que probó, la empresas “Somos Rentable” gracias a su podcast tienen más demanda que oferta y podría contar al menos 100 casos que se me vienen a la cabeza, pero son miles.
Historias como estas se repiten a lo largo del país. Y no son casualidad.
Diversos estudios respaldan este cambio estructural. Según datos de Statista, más del 58% de la población mundial utiliza redes sociales, lo que las convierte en uno de los canales de comunicación más relevantes para cualquier negocio. A su vez, un informe de HubSpot señala que el contenido educativo y de valor genera significativamente más confianza y conversión que el contenido puramente promocional.
En otras palabras, las reglas del juego cambiaron: hoy no gana el que más invierte, sino el que mejor conecta.
Para los emprendedores, esto abre una oportunidad enorme, pero también plantea un desafío: entender que las redes sociales no son un canal de ventas directo, sino un espacio de construcción de confianza.
Y la confianza no se improvisa.
Se construye con consistencia, autenticidad y, sobre todo, con una propuesta de valor clara. No se trata de viralizarse, sino de ser relevante para un grupo específico de personas.
Porque al final del día, el verdadero activo no es la cantidad de seguidores, sino la calidad de la relación con ellos.
Las redes sociales no reemplazan los fundamentos del negocio, producto, servicio, operación, pero sí redefinen cómo llegamos a las personas. Y en ese cambio, quienes logren entender el valor de construir marca antes que vender, tendrán una ventaja difícil de replicar.
Hoy, más que nunca, emprender también es comunicar.
Y comunicar bien, puede ser la diferencia entre pasar desapercibido o construir algo que realmente trascienda.
*El autor es creador de contenido en educación financiera en Chile. A través de sus redes sociales, su podcast y libro “Con Peras y Finanzas”, se ha dedicado a acercar el mundo de las finanzas personales y la inversión a las personas. Es fundador de Ackermann Propiedades, broker inmobiliario enfocado en inversión, e inversionista angel en startups.
Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes Chile.
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