Con una capacidad de financiamiento ampliada a US$205 mil millones y la posibilidad de destinar recursos a países de alto ingreso como Chile, la DFC puede transformarse en un catalizador de proyectos estratégicos en energía, transición energética, infraestructura digital y cadenas de suministro críticas.
Chile enfrenta una oportunidad histórica para profundizar su relación económica con Estados Unidos, en un contexto global donde la inversión, la seguridad económica y las cadenas de suministro se han transformado en prioridades estratégicas. En este escenario, atraer mayor inversión estadounidense será clave para que el país retome una senda de crecimiento sostenido, genere empleo y desarrolle proyectos de largo plazo en sectores estratégicos.
La relación entre Chile y Estados Unidos es una relación de Estado, sustentada en el Tratado de Libre Comercio, el Convenio para Evitar la Doble Tributación y décadas de cooperación económica. Esa base institucional robusta es una ventaja comparativa que pocos países pueden exhibir. Estados Unidos sigue apostando por Chile porque ofrecemos estabilidad, reglas claras y certeza jurídica, atributos especialmente valorados en un entorno internacional cada vez más exigente.
Sin embargo, la oportunidad no se materializa sola. Requiere acción. Por una parte, debemos fortalecer y profundizar la relación económica bilateral, consolidando los instrumentos que entregan previsibilidad a la inversión y generando espacios concretos de articulación entre empresas, autoridades y proyectos. Por otra, es indispensable avanzar en una agenda interna pro-crecimiento que aborde con decisión habilitantes críticos como la permisología, la modernización regulatoria y la seguridad, entendida como condición básica para el desarrollo.
El año 2026 se configura como especialmente relevante. Coinciden una agenda explícitamente pro-inversión desde la Embajada de Estados Unidos en Chile, un pipeline robusto de proyectos en sectores como minerales críticos, energía e infraestructura digital, precios del cobre en niveles altos y un nuevo ciclo político con foco en crecimiento y ejecución. Todo ello abre una ventana concreta que debemos saber aprovechar.
En este contexto, instrumentos como la U.S. International Development Finance Corporation (DFC) adquieren especial relevancia. Con una capacidad de financiamiento ampliada a US$205 mil millones y la posibilidad de destinar recursos a países de alto ingreso como Chile, la DFC puede transformarse en un catalizador de proyectos estratégicos en energía, transición energética, infraestructura digital y cadenas de suministro críticas. Experiencias recientes en América Latina muestran cómo este tipo de financiamiento puede fortalecer infraestructura estratégica y diversificar cadenas productivas en sectores sensibles para la seguridad económica.
La pregunta no es si existe una oportunidad. La oportunidad es evidente. La pregunta es si tendremos la capacidad de transformarla en inversión concreta, en proyectos ejecutados y en crecimiento sostenible. En un mundo donde el capital compite por certeza y eficiencia, no basta con tener ventajas comparativas: debemos garantizar capacidad de ejecución.
Este año 2026 puede marcar un punto de inflexión en la relación económica entre Chile y Estados Unidos. Aprovecharlo dependerá de nuestra capacidad de actuar con foco, coordinación y sentido de urgencia. La oportunidad está abierta; convertirla en desarrollo real es ahora nuestra responsabilidad.
Sobre el autor:
Nicolás Goldstein es presidente de AmCham Chile y Presidente Ejecutivo de Accenture Hispanoamérica.
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