Cuando cruzamos la falta de preparación para la IA con la brecha histórica de género en tecnología, el diagnóstico se vuelve aún más claro: si el futuro se está programando hoy, no podemos permitir que se programe sin diversidad.
Durante décadas, la historia de la tecnología se escribió —casi sin darnos cuenta— con un sesgo: el de una narrativa mayoritariamente masculina. Hoy, sin embargo, la tecnología dejó de ser un “sector” para convertirse en el espacio donde se definen los cambios que impactarán la productividad, la seguridad, la competitividad y, sobre todo, la calidad de vida de las personas. Por eso, la participación laboral femenina en este entorno resulta clave: aporta perspectivas diversas, impulsa la innovación y contribuye a construir un futuro con mayor pertenencia inclusiva, donde el impacto positivo de la tecnología se extienda a toda la sociedad.
En el escenario actual, la inteligencia artificial marca un punto de inflexión. El desafío ya no es si vamos a usar IA, sino cómo la vamos a integrar en nuestras organizaciones de manera responsable, segura y con resultados reales. Y aquí aparece una alerta que no podemos ignorar: aunque la IA ya está presente en la mayoría de las empresas, el 71% de los líderes reconoce que su fuerza laboral no está preparada para aprovechar plenamente su potencial. En la misma línea, más de la mitad admite no contar con el talento necesario para gestionarla y casi la mitad de los CEO percibe resistencia activa de los equipos frente a esta tecnología, según el People Readiness Report 2025. Esa brecha de preparación no es un dato técnico; es una señal cultural y estratégica. La tecnología avanza rápido, pero la adopción humana —la confianza, las habilidades, la cultura— avanza a otro ritmo.
En este Día de la Mujer, es imperativo analizar esta realidad no solo desde la brecha, sino también como una oportunidad estratégica. Porque cuando cruzamos la falta de preparación para la IA con la brecha histórica de género en tecnología, el diagnóstico se vuelve aún más claro: si el futuro se está programando hoy, no podemos permitir que se programe sin diversidad. En América Latina, aunque las mujeres son mayoría en la educación superior, su participación en carreras de programación y desarrollo tecnológico sigue siendo muy baja y, en países como Chile, apenas alcanza cifras de dos dígitos. Garantizar la participación de más mujeres en la adopción, el uso y la gobernanza de la IA no es solo un objetivo de equidad: es una condición para construir un futuro más inclusivo, más innovador y sostenible.
Esta convicción no es teórica. Se apoya en aprendizajes concretos de mi propia trayectoria liderando transformaciones tecnológicas. En este 8 de marzo, mientras celebramos el Día Internacional de la Mujer, miro mi recorrido de más de tres décadas en tecnología y confirmo el papel crucial que desempeñan la diversidad y la inclusión en el éxito organizativo. A lo largo de mi carrera, he comprobado una y otra vez cómo los equipos diversos — con distintos orígenes, experiencias y miradas — son más innovadores, más resilientes y toman mejores decisiones. Hoy me quedo con tres aprendizajes que se vuelven especialmente relevantes.
El primero es que las organizaciones que prosperan no son las que “acumulan” soluciones, sino las que alinean tecnología, estrategia y personas, y fomentan un entorno donde todas las voces son valoradas y empoderadas. Modernizar en serio exige aceptar una verdad incómoda: las operaciones no se detienen, los sistemas heredados conviven con nuevas demandas y, cuando el cambio se intenta por fragmentos y sin una hoja de ruta compartida e inclusiva, aparecen prioridades en conflicto y decisiones que se postergan hasta que el costo de no cambiar se vuelve mayor.
El segundo aprendizaje es que la modernización —y, con mayor razón, la adopción de la inteligencia artificial— no se resuelve solo con herramientas: se resuelve con liderazgo. Cuando existe alineación desde el inicio entre tecnología, finanzas, operaciones, recursos humanos y comunicaciones, la transformación deja de ser un proyecto aislado y se convierte en una decisión estratégica. Y cuando ese liderazgo se sostiene en una cultura que habilita el aprendizaje y valora la diversidad, ocurre algo decisivo: los equipos pasan del miedo a la curiosidad y de la resistencia al orgullo de construir juntos desde diferentes talentos y perspectivas.
El tercer aprendizaje es que la transformación siempre es humana y, por eso, la diversidad no es un tema paralelo, sino parte del motor de la innovación. La evidencia es clara: las organizaciones con equipos de liderazgo más diversos tienen más probabilidades de innovar y obtener mejores resultados. Lo veo en la práctica todos los días: equipos diversos abordan mejor los problemas complejos, hacen preguntas distintas y conectan de manera más profunda con clientes y usuarios. Pero también sé —por experiencia— que nada de esto escala si no acompañamos a las personas con habilidades, confianza y oportunidades reales. En un mundo que acelera con la IA, incluir a más mujeres en la adopción y la gobernanza tecnológica no es solo justicia: es calidad, responsabilidad y futuro.
Por eso, mi compromiso en este 8M es personal: seguir abriendo espacios, siendo puente y multiplicando referentes para que más niñas y mujeres se animen a entrar, crecer y liderar en tecnología. Porque cada vez que una mujer se atreve, no solo cambia su historia, sino que abre el camino. Y cuando ese camino se ensancha, el futuro se vuelve un poco más justo, un poco más nuestro y, definitivamente, más humano.
SOBRE LA AUTORA
María Soledad Matos es gerente general de Kyndryl Chile.
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