No deja de ser curioso cómo el streaming está cada vez más parecido a la televisión por cable, en el sentido de que la oferta inicial era un paquete con todos los contenidos, a un precio conveniente y sin publicidad, y ahora la oferta es con contenidos limitados y que cambian súbita y permanentemente; subidas de precios periódicas, y planes cuyo menor precio se compensa con la presencia de publicidad en los contenidos.
La velocidad con que los consumidores estamos experimentando y adaptándonos a los avances tecnológicos es inédita en la historia humana. Hace un par de años, la IA era una tecnología que utilizábamos sin estar muy consciente de ella, funcionaba como parte de softwares de uso habitual, pero sin control directo (p.ej. algoritmos utilizados en aplicaciones de comercio electrónico). Incluso el lenguaje ha variado: Cuando hablamos de LLMs ya no nos referimos a postgrados de derecho, sino a modelos de entrenamiento de agentes de IA que todos tenemos en nuestros computadores y dispositivos. Por ello, no es raro observar que la economía global se ha volcado a invertir aún más en datacenters y empresas de chips.
La masificación de los servicios de streaming fue anterior, actualmente existe una multiplicidad de servicios para todas las edades y gustos, ofrecidos a partir de algoritmos que recogen las preferencias de los usuarios. Ello provocó que la piratería digital, tan prevalente durante la primera década de este siglo, se batiera en retirada ante la conveniencia de acceder a contenidos con la mejor calidad posible de forma lícita, a un precio muy accesible, y sin riesgo de caer en manos de ciberdelincuentes.
Pese a estos avances, no deja de ser curioso cómo el streaming está cada vez más parecido a la televisión por cable, en el sentido de que la oferta inicial era un paquete con todos los contenidos, a un precio conveniente y sin publicidad, y ahora la oferta es con contenidos limitados y que cambian súbita y permanentemente; subidas de precios periódicas, y planes cuyo menor precio se compensa con la presencia de publicidad en los contenidos.
En la carrera por quedarse con el público, al ver el éxito que tuvo Netflix con su transición del arriendo en formato físico al streaming, estos servicios inicialmente se multiplicaron, bajaron sus precios y propusieron más beneficios que los que ofrecería la TV por cable. Pero ahora vemos la contracara de la masificación: una atomización extrema de plataformas, restricciones para su utilización (p.ej. limitaciones territoriales, o no poder compartir contraseñas), contenido que no está disponible en ninguna plataforma o que debe adquirirse de forma individual, prevalencia de publicidad, y aumentos de precios. Detrás de esto existe un mal cálculo de la industria sobre el valor de sus contenidos, forzada por una competencia para quedarse con el mayor número de usuarios, porque el mercado castiga a quienes no crecen en esta métrica. El futuro no se ve mejor: un número relevante de especialistas ha comentado que la eventual fusión entre Netflix (o Paramount) y Warner/HBO consolidará una industria que ya se ve concentrada, con la predecible consecuencia de nuevos aumentos de precios para los usuarios y reducción de la oferta.
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En tal escenario, la piratería digital ha vuelto a aparecer, especialmente ante precios que han ido subiendo sin que los usuarios puedan apreciar en qué mejoras en el servicio se traducen esos aumentos. Según The Guardian, el acceso a sitios ilegales destreaming creció de 130 mil millones de visitas en 2020 a 216 mil millones de visitas en 2024. Ahora, en vez de usar sistemas de torrents, existen varias opciones de portales tipo Netflix, con amplios catálogos que no respetan diferencias entre empresas, que operan bien técnicamente y que ofrecen contenidos en alta definición, y si bien se mantiene el riesgo de caer en phishing u otras prácticas nocivas, muchos usuarios ya se manejan con estas prácticas y disponen de herramientas para evitarlas.
Esto demuestra lo elástica que es la demanda de estos servicios. No solo por una cuestión estructural, dado que ningún servicio tiene todos los contenidos, sino que el aumento de precios y la forma de contratación incentiva a los consumidores a estar permanentemente cancelando y contratando servicios. Y dentro de esa elasticidad, no puede sino considerarse a los portales piratas como competidores, con el riesgo de que nuevamente -tal como a inicios del siglo- la preferencia de los consumidores por estos sistemas, dada su facilidad de uso, haga que las plataformas lícitas consideren como una buena opción el demandar a sus usuarios (como sucedió con Napster).
Además, deja en evidencia una característica propia de las plataformas digitales: existe preferencia por los portales lícitos que reúnan el catálogo más amplio posible, como es el caso de Prime Video (que adquirió el catálogo de MGM), Disney (con 20th Century Fox) y ahora Netflix, o Paramount, que a sus propios contenidos agregará los de Warner/HBO, dependiendo de la decisión de los accionistas de Warner (y de las autoridades de libre competencia).
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Más allá de la propiedad intelectual que poseen, las plataformas lícitas debieran revisar las ofertas piratas para identificar aquellos elementos que incentivan al público a utilizarlas, tales como interfaces simples, ausencia de restricciones territoriales, y un componente social más profundo, relacionado tanto a precios, como a preferencias como la generada por las plataformas de música.
Por supuesto que el mundo del cine, la TV y el streaming en general podría seguir un camino distinto: el de demandas y lobby para incrementar las penas por estas prácticas, pero la historia nos ha enseñado que esas conductas no incentivan a los usuarios a volver a los servicios lícitos ni menos a mejorar la imagen de las empresas que adoptan una actitud percibida como hostil por sus clientes.
La fórmula para derrotar a la piratería pareciera ser sencilla: catálogos amplios de contenidos, precios competitivos, menores restricciones de uso y plataformas con funcionalidades simples y fáciles de utilizar, a todo lo cual el uso de la IA podría contribuir. Es de esperar que la actual coyuntura nos lleve a esa ruta, en que los consumidores perciban el valor agregado que reciben de estas plataformas y entiendan las justificaciones de las empresas para subir los precios y establecer otras restricciones.
- Sobre el autor: Martin Mois es socio de Aninat Abogados, especializado en asuntos de tecnología. Ha asesorado tanto a empresas locales y extranjeras, en formación o ya consolidadas, en materias de derecho y tecnología, como la protección y explotación de sus activos intangibles, transferencia tecnológica, la implementación contractual de sus modelos de negocios y sus aspectos relacionados como protección de datos personales.
