2025 no fue un año fácil para la agenda de sostenibilidad. Conflictos geopolíticos, tensiones comerciales, elecciones polarizadas y presiones inflacionarias parecieron empujar el debate ambiental hacia los márgenes. En Estados Unidos, el lenguaje “verde” se volvió incómodo en la arena política. En Europa, parte de la regulación se flexibilizó en nombre de la competitividad, y […]
2025 no fue un año fácil para la agenda de sostenibilidad. Conflictos geopolíticos, tensiones comerciales, elecciones polarizadas y presiones inflacionarias parecieron empujar el debate ambiental hacia los márgenes. En Estados Unidos, el lenguaje “verde” se volvió incómodo en la arena política. En Europa, parte de la regulación se flexibilizó en nombre de la competitividad, y en los mercados emergentes el costo de la energía tensionó las metas de transición.
Sin embargo, mientras el debate público se entrampaba, los datos contaban otra historia. Lejos de retroceder, la sostenibilidad avanzó en silencio como parte de una lógica económica. Recordaremos 2025 como el año en que la sostenibilidad dejó de explicarse y empezó a ejecutarse, incluso con la cancha en contra.
Primero, el dinero habló claro. La economía verde consolidó su escala y su atractivo financiero. La mayor parte de la inversión energética global se dirigió a tecnologías limpias y el mercado de bonos sostenibles volvió a romper récords. El Green Economy Report 2025 estimó el tamaño del sector sostenible en 5 billones de dólares, con proyección a 7 billones de dólares en 2030. Más relevante aún, los directorios dejaron de ver la sostenibilidad como un “extra reputacional” y comenzaron a integrarla al análisis de riesgo, costo de capital y acceso a financiamiento. El mensaje hacia 2026 muestra que las empresas que conecten métricas ESG con desempeño financiero accederán a capital más barato y estable.
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Segundo, la transición energética cruzó un punto de no retorno. En 2025, más del 90% de la nueva capacidad eléctrica global provino de fuentes renovables, impulsada por la fuerte caída de costos y una demanda corporativa inédita. La IEA confirmó un boom de instalación solar y eólica sin precedentes, impulsado por menores costos (-85% en solar y -70% en baterías desde 2010). En paralelo, la electromovilidad dejó de ser una promesa: uno de cada cuatro autos nuevos vendidos en el mundo fue eléctrico. La electrificación del transporte y de la industria es una realidad y una ventaja competitiva concreta en costos, eficiencia y cumplimiento regulatorio. Por eso, en 2026 integrar la electrificación en la cadena de valor será una decisión estratégica, no opcional.
Tercero, en cuanto a gobernanza la sostenibilidad corporativa se institucionalizó. Pese al ruido mediático sobre un supuesto “retroceso ESG”, la mayoría de las grandes empresas mantuvo o incluso amplió sus estrategias, aunque comunicando menos. Harvard Business Review confirmó en septiembre que el “retroceso ESG” fue más mediático que real. Y la encuesta global de Capgemini mostró que 82% de las organizaciones planea aumentar su inversión ambiental en 2026, viéndola como estrategia de future-proofing. De esta manera, la sostenibilidad pasó del área de comunicaciones a la mesa de gobierno corporativo, como una herramienta de gestión de riesgo operativo y regulatorio. La tendencia muestra que en 2026, no integrarla será una vulnerabilidad.
Cuarto, la sostenibilidad se volvió condición de continuidad operativa en la economía real. El MIT Sustainability Supply Chain Report 2025 reveló que 85% de las empresas mantiene o amplía metas de sostenibilidad en su cadena de valor, incluso bajo presión de costos, mientras que el HSBC Pulse Survey confirmó que 96% de las compañías ven la sostenibilidad como motor de crecimiento. Las cadenas de suministro añadieron criterios ambientales y sociales como parte del abastecimiento, la localización productiva y las decisiones de compra. La electrificación industrial, el auge del almacenamiento energético y la demanda por minerales críticos reconfiguraron industrias completas. Medir, trazar y demostrar impactos dejó de ser un ejercicio voluntario: es lo que permite seguir operando, exportando y financiándose.
Quinto, 2025 confirmó que entramos en la década de la ejecución. El Net Zero Stocktake 2025 confirmó que los compromisos de neutralidad cubren ya más del 90% del PIB mundial, (aunque su calidad aún varía), y Science Based Targets initiative (SBTi) informó que casi 11.000 empresas en 86 países ya han establecido o se han comprometido con medidas alineadas con la ciencia climática. Además, es importante destacar que en los últimos dos años habrá crecido aproximadamente un 66%, pasando de alrededor de 7.500 a fines de 2023 a unas 12.500 compañías estimadas al cierre de este año. En números absolutos, esto significa que alrededor de la mitad de ese crecimiento fue en 2024 y la otra mitad en 2025. Estamos frente a metas con base científica, trayectorias verificables y evidencia auditada. La ventaja competitiva de 2026 no será tener objetivos de sostenibilidad, sino demostrar resultados con datos.
En síntesis, 2025 mostró que la sostenibilidad no retrocede, sino que se integra. Las empresas, los mercados y los reguladores están alineando incentivos, datos y gobernanza hacia una economía más limpia, eficiente y rentable. Ser sostenibles ya no es contradictorio con la idea de ser rentables y esa redefinición debería impulsar un camino donde ambos conceptos sigan avanzando de la mano en los próximos años.
*El autor es Cofundador y Managing Partner de Manuia Consultora y director de empresas
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