La palabra “conservación” puede sonar lejana o abrumadora, pero toda empresa -grande o pequeña- puede aportar su grano de arena.
El Estado por sí solo no puede hacerse cargo de las zonas protegidas. No cuenta con los recursos suficientes para hacerlo de manera efectiva. Chile posee una de las mayores superficies de áreas protegidas de América Latina, pero gran parte de ellas carece de financiamiento, personal y gestión activa. Por eso, el sector privado tiene un rol insustituible en el desarrollo y la administración de reservas de conservación, un modelo que puede complementar y fortalecer la acción pública en la protección de nuestra biodiversidad.
Las reservas de conservación son áreas -públicas o privadas- destinadas voluntariamente a la preservación de ecosistemas, especies y recursos naturales. Pero conservar no solo implica proteger un territorio delimitado: también requiere cuidar el entorno que lo rodea, los corredores biológicos, las fuentes de agua y las comunidades humanas que habitan esos espacios. De poco sirve una reserva aislada si su entorno está degradado. Por eso, trabajar con las comunidades locales es fundamental. Son ellas quienes mejor conocen el territorio, los ciclos del clima, los animales nativos y las amenazas que enfrentan, desde incendios forestales hasta sequías prolongadas.
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En las reservas más exitosas, los planes de manejo se diseñan de manera participativa, integrando a las comunidades en la identificación de riesgos y en la definición de estrategias de conservación. Este enfoque colaborativo no solo mejora los resultados ecológicos, sino que también genera pertenencia, empleo local y desarrollo sostenible. Cuando las personas se sienten parte de la solución, la conservación deja de ser una tarea ajena y se convierte en un proyecto colectivo.
Otro elemento clave es la medición del impacto. La conservación requiere objetivos concretos, indicadores claros y seguimiento permanente. De esa forma se podrán hallar avances o retrocesos en la recuperación de hábitats o en la reducción de amenazas. La ciencia y la tecnología pueden ser grandes aliadas en este proceso, a través del monitoreo satelital, los sensores ambientales y los sistemas de datos abiertos que permitan evaluar resultados y ajustar estrategias.
La palabra “conservación” puede sonar lejana o abrumadora, pero toda empresa -grande o pequeña- puede aportar su grano de arena. Algunas lo hacen financiando investigaciones, otras apoyando a ONG especializadas o desarrollando proyectos de turismo sostenible que generen ingresos sin dañar el ecosistema. La clave está en entender que la conservación no es solo una responsabilidad ética: es una inversión estratégica. Los ecosistemas sanos garantizan agua, aire limpio, suelos fértiles y resiliencia frente al cambio climático.
Hoy Chile tiene una gran oportunidad para consolidar un modelo mixto de protección ambiental, en el que el Estado, el sector privado y las comunidades trabajen juntos. Las reservas de conservación pueden transformarse en un laboratorio vivo de colaboración, innovación y desarrollo sostenible.
*La autora es Subgerente de Conservación de Explora
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