La biología demuestra que lo desconocido no siempre es peligroso, y que juzgar una solución antes de probarla suele costar más caro que el riesgo que se quiere evitar; algo que las empresas de la región todavía no terminan de aprender.
La tecnología está entrando en territorios de la medicina con avances que, hace apenas unos años, tan solo hubieran sido posibles en la ciencia ficción, aunque cuanto más capaces somos de modificar el cuerpo humano y de regenerar órganos, más nos enfrentamos a una paradoja: el progreso científico avanza más rápido que la capacidad para desprendernos de los prejuicios. ¿Y si esta paradoja no se limitara a la medicina y también estuviera condicionando las decisiones que se toman en las empresas?
Para entender este dilema, empecemos por la medicina, donde encontraremos algunas de las claves para comprender los prejuicios y descubrir cómo pueden condicionar nuestras decisiones. Así después trasladaremos esas lecciones a los consejos y comités de dirección de las empresas de Latinoamérica.
El 25 de julio de 2013, la revista Science publicó un experimento que sacudió a la comunidad científica: investigadores del Centro RIKEN-MIT para la Genética de Circuitos Neuronales habían conseguido implantar un falso recuerdo en el cerebro de un ratón.
La noticia llegó rápidamente a medios como The Washington Post y The New York Times, porque el descubrimiento cuestionaba una de las ideas que durante siglos hemos considerado incuestionables: que nuestros recuerdos son un registro fiable de lo que hemos vivido. El experimento buscaba localizar el engrama, la huella física que deja un recuerdo en el cerebro.
Para conseguirlo utilizaron la optogenética, una técnica que permite activar determinadas neuronas mediante la luz: primero colocaron a un ratón en un espacio neutro y marcaron las neuronas que se activaban mientras lo exploraba; después lo trasladaron a otro lugar, donde recibió una descarga eléctrica y experimentó miedo, y finalmente lo llevaron a un tercer espacio, completamente seguro, donde activaron mediante un láser las neuronas correspondientes al primer recuerdo.
El hallazgo fue contundente: el ratón se paralizó de miedo en un lugar donde nunca había ocurrido nada malo, porque los científicos habían conseguido asociar artificialmente ese recuerdo con una emoción traumática. Habían creado, en definitiva, un recuerdo falso.
El descubrimiento revelaba algo mucho más profundo: la memoria no es un archivo inmutable, sino un sistema biológico que puede modificarse. Puede ser manipulada, alterada e incluso, potencialmente, recuperada.
A su vez, este experimento abría también una puerta especialmente esperanzadora: determinados recuerdos que parecen perdidos en situaciones como el Alzheimer temprano, la privación extrema de sueño o las adicciones podrían no haber desaparecido, sino quedar inaccesibles.
La lección para las empresas de este trabajo es sencilla: no debemos confundir desconocimiento con peligro. Cuando algo rompe los esquemas conocidos, la reacción instintiva suele ser protegernos y rechazarlo.
No lo juzgues sin probar
Por otra parte, la medicina lleva décadas enfrentándose a uno de sus problemas más difíciles, la escasez de órganos para trasplantes, mientras miles de personas esperan un órgano compatible y observan en tiempo real el deterioro su estado de salud. Ante esta realidad, la ciencia ha comenzado a explorar una posibilidad que durante mucho tiempo pareció propia de la imaginación: utilizar órganos de animales para salvar vidas humanas.
Uno de los avances más llamativos se produjo con el trasplante de un riñón procedente de un cerdo criado en Yucatán. El objetivo era comprobar si un órgano animal podía funcionar dentro del organismo humano y mantener sus funciones esenciales.
El órgano se implantó en un paciente estadounidense en estado terminal, cuya situación requería una alternativa ante la imposibilidad de recurrir a un trasplante convencional, y el logro fue notable: el riñón de cerdo lo mantuvo con vida durante 271 días sin necesidad de diálisis, hasta que el órgano comenzó a fallar y el paciente pudo acceder, finalmente, a un riñón de donante humano.
El experimento forma parte de una línea de investigación conocida como xenotrasplante, que busca superar la barrera biológica entre especies y convertir determinados órganos animales en una posible fuente alternativa para los trasplantes humanos.
El reto era evidente: un riñón de cerdo no está diseñado para funcionar dentro de un cuerpo humano, de manera que los científicos recurrieron a una de las herramientas más revolucionarias de la biología moderna, CRISPR-Cas9, cuyo funcionamiento puede entenderse como una especie de tijera molecular que permite localizar una secuencia concreta de ADN y cortarla para modificarla.
En este caso se realizaron 69 modificaciones genéticas sobre el genoma del animal, un trabajo de edición que resultó decisivo para que el órgano funcionara el tiempo suficiente como para batir un récord.
Con este contexto, el aprendizaje para las organizaciones es sencillo: no deberíamos juzgar una solución antes de probarla, porque, seamos realistas, ¿dejaríamos que le implantaran el órgano de un cerdo, o el de un cerdo enano, a alguien cercano? Es evidente que cuando una idea rompe con lo conocido, el primer impulso suele ser descartarla por parecer extraña o arriesgada, pero innovar exige precisamente suspender ese juicio inicial y sustituirlo por evidencia.
A veces la solución está ahí pero no la vemos
Si hay algo que caracteriza a la ciencia es su capacidad para encontrar respuestas donde nadie las estaba buscando. Y quizá uno de los ejemplos más fascinantes se encuentre en un animal diminuto: el pez cebra.
Mientras los seres humanos tenemos una aptitud muy limitada para regenerar órganos, este pequeño pez posee una habilidad poco común: puede regenerar determinados órganos dañados y hacerlo sin dejar cicatrices. Allí donde el organismo humano responde al daño formando tejido cicatricial, el pez cebra es capaz de activar mecanismos que permiten reconstruir el tejido perdido.
Desde el último tiempo, la inteligencia artificial está siendo utilizada para estudiar al pez cebra analizando grandes cantidades de imágenes obtenidas mediante microscopía. Los investigadores pueden seguir, prácticamente célula a célula, qué ocurre después de una lesión: qué células desaparecen, cuáles se multiplican, cómo se desplazan y cómo contribuyen a reconstruir el órgano.
En otras palabras, la IA permite comparar miles de imágenes tomadas en diferentes momentos y detectar patrones en el proceso de regeneración que serían muy difíciles de identificar únicamente mediante observación humana.
Quizás, algún día, todo este conocimiento permita curar una lesión hoy irreversible y que la ciencia que ahora estudia a un pequeño pez termine salvándonos la vida a todos.
En definitiva, todo apunta a que en problemas que durante años dimos por imposibles, la respuesta acaso ya exista y todavía no hayamos descubierto cómo encontrarla, lo que abre enormes oportunidades tanto en la medicina como en el mundo de los negocios.
No podemos dejar pasar este tren
¿Y dejará pasar Latinoamérica la oportunidad de marcar un antes y un después en muchos de sus problemas? ¿O, mejor dicho, de sus grandes retos?
La región sigue teniendo una importante brecha de acceso sanitario. Mientras que gran parte del mundo se prepara para la incorporación de avances que hasta hace poco parecían inalcanzables, según la Organización Panamericana de la Salud (OPS, con datos a diciembre de 2024), el 35.2% de la población de las Américas declara tener necesidades de atención sanitaria no cubiertas, porcentaje que asciende al 38.5% entre los grupos de menores ingresos.
Además, y de acuerdo con la misma fuente, alrededor del 30% de la población no accede a servicios sanitarios por motivos económicos y un 21% no busca atención debido a barreras geográficas.
En este escenario, uno de los grandes problemas de estas latitudes es la escasez y mala distribución de profesionales sanitarios. De hecho, este mismo organismo estima que, si no se toman medidas, para 2030 el continente podría enfrentarse a un déficit de entre 600,000 y 2 millones de trabajadores de la salud.
La buena noticia está en que tecnologías como la inteligencia artificial podrían ayudar a multiplicar el rendimiento de los profesionales sanitarios: analizar pruebas médicas con rapidez, detectar patrones que pueden pasar desapercibidos, anticipar enfermedades, priorizar a los pacientes más urgentes y facilitar el acceso a conocimiento especializado en zonas donde no hay suficientes médicos, además de mejorar la gestión de los sistemas sanitarios, desde prever dónde harán falta profesionales hasta optimizar recursos y reducir tiempos de espera. Es decir, estamos, de nuevo, frente a un problema que tiene solución.
No obstante, ¿es este el único problema al que se enfrentan la región, la sociedad o las empresas? Sabemos que no: los grandes retos que afronta el territorio, desde la productividad y el acceso al talento hasta la eficiencia, la innovación o la sostenibilidad, no encontrarán respuesta si seguimos buscando soluciones únicamente en los lugares de siempre.
Quizás, por fin, ha llegado el momento de que nuestros consejos de administración y comités de dirección se permitan mirar más allá de los prejuicios, cuestionar algunas certezas y abrirse a nuevas posibilidades, porque las soluciones pueden estar ahí fuera y el verdadero reto para las empresas latinoamericanas tal vez no sea encontrarlas, sino atreverse a buscarlas.
(*) La autora es una de las voces más influyentes del mundo en tecnología, liderazgo y tendencias de futuro. Doctora en Sociología, asesora a la Comisión Europea y a la OCDE en inteligencia artificial y transformación cultural. Ha sido distinguida durante tres años consecutivos como una de las diez profesionales más influyentes de España y recibió el Premio Nacional de Management por su labor divulgativa en IA.
