La captura de Nicolás Maduro y Cilia Flores fue la noticia más destacada desde el inicio del conflicto entre Estados Unidos y el régimen en Venezuela. En esta crónica una periodista venezolana de Forbes Chile, que por su seguridad decide no firmar, cuenta cómo fue vivirla dentro del país.

Vibra el teléfono. No para de vibrar. Me despierto desorientada y tengo cuatro llamadas perdidas y varios mensajes. El primero que leo dice: “ESTÁN BOMBARDEANDO CARACAS. ¿ESTÁS DESPIERTA?”. ‘Otra fake news que se creyó mi prima que está fuera del país’, pienso. Reviso Instagram. Siento escalofríos y empiezo a temblar. En medios internacionales veo videos verificados de aviones militares sobrevolando Caracas y mucho fuego. Es cierto. Son las 2:55 de la madrugada y recién empieza el que será mi eterno 3 de enero de 2026.

Yo estoy dentro de Venezuela, en una ciudad a cuatro horas de Caracas y volví hace un mes, en medio de la tensión por el conflicto entre Estados Unidos y el régimen de Nicolás Maduro, y la suspensión de vuelos que casi me deja en un limbo y pasando las fiestas navideñas lejos de mi familia. Pero no creía que esto podía pasar. No creía que una operación militar -ordenada por Donald Trump- intervendría Venezuela, atacaría sectores claves de Caracas y detendrían a Nicolás Maduro y su esposa, Cilia Flores, para ser llevados y juzgados en Estados Unidos. 

A partir de allí todo se sintió como si estuviera en una película. Miedo. Mucho miedo. Ganas de llorar, de gritar, ¿quitarán la luz?, ¿cortarán el internet?. En Caracas resonaban los sonidos de las explosiones, los gritos de las personas y, al teléfono con una amiga, llegó la recomendación: “Cuídate mucho y no salgas de casa”.

“En Chile, país al que emigré hace ocho años, mis amigos celebraban y me preguntaban si mi familia y yo estábamos bien. El contraste era total, pues fuera de mi casa no se escuchaba nada. Ni siquiera el sonido de los autos. Las calles estaban vacías. El terror era colectivo”.

Si quitaban el internet, no había forma de saber lo que pasaba, pues las redes sociales son el único medio por el que se informa la población. Casi nadie que esté en Venezuela se atreve a postear. Los pocos medios de comunicación existentes son los del Estado y los digitales independientes; estos últimos se han visto cada vez más acorralados y amenazados, se limitan a funcionar con personajes hechos con Inteligencia Artificial para no ser identificados y con sus editores y directores fuera del país.

Los mensajes oficiales de los aliados de Maduro que estaban en el país se resumían en “vamos a pasar a una lucha armada” y todos estaban imaginando que en las próximas horas podría darse una guerra civil.

En Chile, país al que emigré hace ocho años, mis amigos celebraban y me preguntaban si mi familia y yo estábamos bien. El contraste era total, pues fuera de mi casa no se escuchaba nada. Ni siquiera el sonido de los autos. Las calles estaban vacías. El terror era colectivo.

“Los pocos medios de comunicación existentes son los del Estado y los digitales independientes; estos últimos se han visto cada vez más acorralados y amenazados, se limitan a funcionar con personajes hechos con Inteligencia Artificial para no ser identificados”.

Amanecía de a poco y la tensión aumentaba. Tenía que comprar comida para los próximos días, así que a las 9:30 de la mañana, sin dormir nada ni desayunar, salí a recorrer la ciudad en busca de algún local abierto. Los pocos que se atrevieron a abrir tenían filas interminables para entrar, al igual que las estaciones de gasolina y funcionarios de la policía custodiaban. 

Las personas de la fila nos mirábamos fijo pero no nos atrevíamos a hablar lo que gritábamos por los ojos. El miedo ya era una de las emociones a las que más nos habíamos acostumbrado. Sólo queríamos comprar lo más rápido posible y encerrarnos de nuevo en casa. 

“Los mensajes oficiales de los aliados de Maduro que estaban en el país se resumían en “vamos a pasar a una lucha armada” y todos estaban imaginando que en las próximas horas podría darse una guerra civil”.

Termino de escribir este relato desde el patio de mi casa, aún sin dormir, y con un dolor de cabeza que no ha tenido piedad durante el día. La mezcla de emociones continúa. Tenía 11 años cuando Hugo Chávez asumió el poder en mi país y desde entonces he visto el declive de mi tierra, de la que nunca quise salir y a la que amo profundamente. Relatar esto es mi obligación y mi deber. Pero también lo es proteger a mi familia ante la incertidumbre y el miedo sigue. Por eso decido no firmar esta nota.